El cuarteto de la guerrilla de Carlos Montemayor o de cómo la imaginación de la realidad devino aporte historiográfico

El cuarteto de la guerrilla of Carlos Montemayor or how imagination of reality became in historiographical contribution

El cuarteto de la guerrilla Carlos Montemayor ou como a imaginação de realidade se tornou contribuição historiográfica

Arturo E. García Niño[1]

RECIBIDO: 25-11-2013 ACEPTADO: 19-12-2013

 

“No hay ficción y no ficción, hay tan sólo narrativa.”
 E.L. Doctorow

 

 “La muerte no es buena para comenzar el día.”
 Carlos Montemayor

 

Pre/texto (a manera de instantánea acerca de lo que aquí se contará)

El asalto en 1965 al cuartel militar de Ciudad Madera, Chihuahua, México, por un grupo armado fue el arranque de una <guerrilla recurrente> que devino presencia irrecusable de la segunda mitad del siglo XX mexicano y que tendría su auge en el tránsito de los años sesenta a los setentas, periodo conocido como el de nuestra “guerra sucia”.

     La acción armada de 1965 aparentemente le resultó incómodo como tópico de investigación tanto a los historiadores de la izquierda partidaria como a los de la academia mexicana, quienes no se ocuparon de indagar al respecto de los motivos y consecuencias de ese puñado de combatientes que en el amanecer del 23 de septiembre del año ya citado decidieron <tomar el cielo por asalto> ante la cerrazón de las instancias y los procesos legales, así como ante la represión de los gobiernos estatal y  federal. Tuvo que venir un novelista, Carlos Montemayor, para cubrir ese hueco con la publicación, en 2003, de Las armas del alba, obra que asume el asalto al cuartel de Madera como eje temático.

     Partiendo del texto señalado líneas atrás el presente trabajo tiene como uno de sus objetivos analizarlo en relación interdiscursiva con Guerra en el paraíso (1991), La fuga (2007) y Las mujeres del alba (2010)[2], las otras tres novelas de Montemayor acerca de la guerrilla en México -sin obviar, por supuesto, las otras novelas del autor: Mal de piedra (1980), Minas del retorno (1982) y Los informes secretos (1999), así como el relato Operativo en el trópico (1994), los cuales se hermanan con la <tetralogía de la guerrilla> al través de la apuesta por la condición humana, cambiante ésta según la realidad social en que se inserte aquella, como eje amalgamador de la obra montemayoriana-, para extraer algunas conclusiones provisionales en torno a cómo, en algunos casos, ante la carencia o poca producción desde el análisis histórico sobre un tema X la narrativa de ficción deviene aporte historiográfico, en el entendido de que la narrativa historiográfica y la periodística tienen la obligación de dar cuenta de los hechos -a partir de las evidencias documentales y/u orales primarias y secundarias- como acontecieron y de ahí extraer sus interpretaciones; y la narrativa de ficción tiene la obligación de imaginar -a partir también de las fuentes primarias y secundarias a la mano-, de dar cuenta de ellos -de los hechos- como pudieron, o mejor aún como debieron, haber acontecido .

     Asimismo, otro de los objetivos es reivindicar esta parte de la obra de Montemayor más allá de los usos panfletarios que algunos hacen de la misma       -para ponerla al servicio de movimientos políticos de viejo y obvio cuño populista setentero autodenominados de izquierda-, y más acá del injusto desdén, también panfletario e ideologizado, que un gran sector de nuestra <república de las letras> ha manifestado por ella. Vaya y valga, entonces, en aras de ser justos a la hora de los justos, esta sincera intentona ensayística en pro de un autor por muchas razones entrañable y ya imprescindible para la comprensión a cabalidad de la segunda mitad de ese nuestro Siglo XX mexicano que parece aún no termina, como no terminan aún las condiciones reales de existencia a las cuales nuestro autor intentó siempre dar respuesta con una obra actual por fuerza de sí misma y que aguarda el arribo a ella de sus mejores lectores,

                                                     

Mapa de sitio

     Alboreando el jueves 23 de septiembre de 1965 el cuartel militar de Madera, en el estado de Chihuahua, fue asaltado por un comando guerrillero integrado por trece combatientes y cuyas cabezas visibles eran el médico Pablo Gómez Ramírez y el profesor Arturo Gámiz García, muertos ambos el día de la fecha en el lugar de los hechos.[3] Dicha acción, militar para el caso, inspirada a todas luces en el asalto al cuartel Moncada y en la Revolución Cubana, vendría a ser la última y cimera de una serie iniciada con movilizaciones sociales en el campo chihuahuense y de un proceso de autodefensa campesina frente a los caciques acaparadores de bosques, quienes de siempre contaron con el contubernio del gobierno estatal y con el respaldo, o por lo menos la tolerancia cómplice, del gobierno federal. Fue también, y sobre todo, la acción mayor y fallida[4] de la primera guerrilla de ideología socialista en el México postrevolucionario, la piedra de toque y evento fundacional y primigenio del movimiento guerrillero que cobraría importancia fundamental, para bien -la voluntad de ser consecuentes y llegar a la entrega de la propia vida en aras de un proyecto de sociedad- y para mal -la descomposición interna, la lucha fratricida por el poder, la intolerancia sectaria conducente a los asesinatos, llamados eufemísticamente <ejecuciones>, entre los propios guerrilleros y de aquellos considerados <enemigos de clase>- en la historia de las luchas sociales en el país durante los años setenta del siglo XX, durante el periodo conocido hoy como el de <la guerra sucia> mexicana.

     Como sea, y más acá de las acusaciones de abigeos y gavilleros que cayeron desde todos los niveles de gobierno y los medios de información masiva[5] sobre el grupo armado que llevó a cabo el ataque, la acción guerrillera en Madera se incrustó en la memoria regional/nacional y devino tema incómodo tanto para las burocracias partidistas de una izquierda dogmática y prosoviética de aquellos tiempos -y de los que siguieron- como para la academia mexicana, motivo por el que quizás la historiografía mexicana se ocupó poco, muy poco, del hecho durante más de cuarenta años transcurridos desde que éste ocurrió,[6] quedando la entrega de las vidas de los guerrilleros y luchadores sociales como algo aislado, voluntarioso, descontextualizado y sin procesos vitales antecedentes ni consecuentes.

     El tiempo dejaría intacta la acción armada y los muertos como tales pasaron a formar parte de los  miles que como ellos han ofrendado y vienen ofrendando en México sus vidas en aras de la justicia social; de la fraternidad, la libertad y la igualdad, pues. Cierto que los nombres de algunos de ellos vencieron a la anonimia y dejaron de ser simple estadística para convertirse en referentes estatales, regionales y nacionales, pero cierto también que todos aparecen sin historia, sin vida real antes de su muerte; más aún: menos sabemos de los sobrevivientes, de quienes lograron escapar al cerco luego de cometido el asalto. Y este fue el vacío informativo e interpretativo que vino a cubrir la aparición de Las armas del alba,[7] novela de Carlos Montemayor y un ejercicio narrativo que trasciende a la novela histórica, porque aquí no existen personajes ficticios que actúan en un momento histórico determinado que sirve de espacio escénico. No. Estamos frente a la inaugural aproximación analítica de un autor que utiliza los recursos de la novela para dar cuenta de lo acontecido -homólogo en este sentido del William Styron de Las confesiones de Nat Turner; el Gore Vidal de Burr, 1876, Washington D. C., y La edad de oro; el James Ellroy del “Cuarteto  de los Ángeles” y la trilogía de “American Magazine”; o el Mario Vargas Llosa de La guerra del fin del mundo- mediante una sólida base informativa construida con fuentes documentales y, sobre todo, testimonios orales, producto ello de adentrarse en los terrenos cerrados de la clandestinidad, de las catacumbas que han arropado y servido de protección a los movimientos armados, a sus promotores, a sus familiares y a su base social ampliada -donde existe hoy todavía gente que a lo largo de los años ha cambiado de nombre y apellido hasta cuatro veces, independientemente de haberse convertido en trashumantes del territorio nacional-; pero de igual manera obteniendo información metido en las cloacas policiales y en las de la inteligencia militar.

     Así, no temiendo ni rehuyendo al conflicto político que en sí mismo representaba el caso Madera, nuestro autor construyó un texto relacionado temáticamente con su Guerra en el paraíso como precedente literario, aunque no histórico - novela ésta que indaga e interpreta los procesos de existencia y lucha de la Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres, guerrilla comandada por el profesor Lucio Cabañas Barrientos en la sierra de Guerrero y heredera de Madera-, que inserta la novelística en el terreno de la historiografía, ofreciendo el primer punto de vista ordenado y sistemático sobre la acción guerrilla en Madera y deviniendo ambas novelas, aunadas a La fuga y a Las mujeres del alba del propio Montemayor, los textos -así, sólo esto, sin etiquetas de géneros o subgéneros- más importantes publicados hasta hoy sobre la guerrilla guerrerense cabañista, sobre la guerrilla chihuahuense y sobre la guerrilla toda en México.

     

La guerrilla como tópico en la literatura mexicana

     En una aproximación un tanto <suprarotular y a botepronto> a la narrativa sobre los movimientos armados mexicanos de los setenta se detectan, desde nuestra particular perspectiva, dos vertientes más o menos claras:[8] una que bien pudiéramos llamar autobiográfica desde adentro -escrita por aquellos que fueron participantes en dichos movimientos o por quienes obtuvieron de primera mano los testimonios- y otra que vendría a ser autobiográfica desde afuera o desde la periferia -escrita por aquellos que conocieron a miembros de la guerrilla o a gente cercana a éstos o a quienes generacionalmente les marcó el movimiento armado o a quienes les interesó dejar testimonio de los procesos armados  e intentar hacer una disección del hacer guerrillero-. En el primer caso estarían las novelas de Salvador Castañeda Por qué no dijiste todo (1980)[9]y  Los diques del tiempo (diario desde la cárcel) (1991). En el segundo caso incluiríamos Al cielo por asalto, de Agustín Ramos (1979);[10] Veinte de cobre: memoria de la clandestinidad (1997),[11] novela de Fritz Glockner  -hijo de Napoleón Glockner, miembro de las Fuerzas de Liberación Nacional, antecedente y origen del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, y asesinado en los setenta-; Nuestra alma melancólica en conserva, de Agustín Del Moral Tejeda (1997);[12] y en cierta medida, y tangencialmente, La guerra de Galio (1990),[13] de Héctor Aguilar Camín, y La sangre vacía, de Rubén Salazar Mallén (1982).[14] Vale decir que las dos novelas ya citadas de Carlos Montemayor, así como La Fuga y Las mujeres del alba, estarían también ubicadas en este segundo grupo, sin por ello perder las precisiones de método, estructura y óptica otorgantes de esas características específicas que las hacen diferentes de las demás y las convierten en un aporte historiográfico definitivo acerca de las guerrillas chihuahuense y guerrerense.

     Las diez obras enunciadas líneas atrás condensan, desde nuestra óptica, los puntos de vista conocidos hasta hoy sobre dichos movimientos en México[15] y son las muestras con que contamos y que sirven de puntos de referencia para contrastar los cuatro trabajos de Montemayor, escritor dotado de una sensibilidad, de un compromiso social, de una perspicacia y una acuciosidad demostrados no sólo en su solvente narrativa, sino en su obra ensayística y en su trabajo como filólogo, traductor, autor de óperas y poeta.

    

Montemayor y la tetralogía de la guerrilla en México

     Los temas de interés para Montemayor -miembro de la Academia Mexicana de la Lengua, así como traductor de la poesía griega, latina e indígena y de la mejor Carmina Burana en nuestro idioma- presentan un hilo conductor que los hilvana: la apuesta por lo humano y por el ejercicio vital en y contra de la injusticia; algunas muestras narrativas de ello son Operativo en el trópico o el árbol de la vida de Stephen Mariner -cuento ganador del Premio Internacional Juan Rulfo convocado anualmente por Radio Francia Internacional-, Mal de Piedra y Minas del retorno, Los informes secretos. En el terreno del ensayo podemos ejemplificar con Los pueblos indios de México (2001), y Chiapas, La Rebelión indígena de México (2000a), donde su filiación con los movimientos populares queda de manifiesto. Mención aparte debe hacerse de Rehacer la historia (2000b), ejemplo de imaginación y método para el interrogatorio de fuentes documentales, así como el ejercicio heurístico y hermenéutico más sólido que se haya llevado a efecto con los archivos conocidos sobre el Movimiento del 68.

     El compromiso manifiesto y probado de Carlos Montemayor con el ser humano que lucha por una mejor vida bajo la égida de la justicia social, además de su cercanía geográfica y generacional -nació en 1947 en Parral, Chihuahua-, impulsaron, sin duda, la escritura de Las armas del alba y le dejaron marcada la impronta del autor, misma que también se manifiesta en Guerra en el paraíso, en La fuga y en Las mujeres del alba. Los dos primeros y el último son textos narrados a varias voces que se superponen para ir creando una expresión coral donde cada actor/actriz aporta y desde ahí, desde su expresión personal -que deviene social por fuerza de los acontecimientos y por el involucramiento de los actores/actrices en las diversas fases de ellos-, se autodefine, se ubica y toma partido sin caer en  el maniqueísmo que conduce a la mitificación de unos y a la defenestración de otros; el tercero de ellos es una muestra de periplo <odiséico> huyendo de las Islas Marías rumbo a tierra firme, donde la guerrilla chihuahuense es el pasado inmediato originario del andar de los dos personajes centrales  -el guerrillero Ramón Mendoza, sobreviviente del asalto al cuartel de Madera, y el preso común Cuauhtémoc Hernández, apodado “Mono Blanco”-[16] que le ha definido el devenir al primero de ellos y que rampante continúa siendo su faro guía en la fuga/retorno.

Croquis del asalto al cuartel de Madera. <em>Madera 1965</em>.
Croquis del asalto al cuartel de Madera. Madera 1965.

     Al terminar de leer Las armas del alba, La fuga y Las mujeres del alba uno sabe que estas novelas debió haberlas escrito y publicado Montemayor antes que Guerra en el paraíso, y no sólo porque cronológicamente los hechos narrados en las primeras preceden   -y son precedente- a lo acontecido en la segunda novela del cuarteto, sino porque lo contado y sus actores le son más cercanos al autor. El porqué no ocurrió así es cosa del novelista. Sin embargo, en la obra sobre la guerrilla de Lucio Cabañas ya aparecían datos y detalles que dejaban en claro que el escritor siempre consideró a Madera como el origen de los movimientos armados de los setenta -incluso a lo largo de ella se decanta una certeza: que el propio Lucio Cabañas Barrientos se consideraba críticamente heredero del grupo chihuahuense y de la Asociación Cívica Nacional Revolucionaria de Genaro Vázquez Rojas, ya que de ambos habla con  respeto siempre-; por ejemplo: de la página 166 a la 170 de Guerra en el paraíso, transcurre un diálogo, fechado el 7 de noviembre de 1966, entre Cabañas mucho antes de tomar las armas y Lupita   -miembro del grupo que asaltó el cuartel de Madera-, donde ésta pide el apoyo del profesor para los guerrilleros que aún están en la sierra chihuahuense y Lucio le dice que fueron infiltrados por el militar -capitán Cárdenas Barajas- que los entrenó y que aún continúa ayudándolos -incluso él aporta el dinero con el cual la mujer se traslada a Guerrero-, que por eso los estaban esperando en el amanecer del 23 de septiembre las tropas del cuartel -hecho que se comprueba en la página 139 de Las armas del alba y en la 108 de La fuga-; y ahí mismo, en Guerra en el paraíso, deja caer Cabañas una pregunta que ha sido compartida por muchos durante los casi cuarenta años que han transcurrido desde ese amanecer en Madera: “¿Tenían tanta prisa en morir?”, dice (170). Y en Las armas del alba, un diálogo entre Javier García Travesi y Salvador del Toro, agentes del ministerio público federal enviados para conducir el caso, apuntala la tesis de la infiltración y/o la delación; del Toro pregunta:

     “-¿Los esperaban?

     “-Revisa los diarios. Han publicado resúmenes de los hechos de armas

      de la gente de Gámiz anteriores al asalto al cuartel de Madera...

     “-Los denunciaron, entonces.

     “-Alguien soltó la información, podría ser. O estaban infiltrados...” (100)

     En La fuga, al preguntarle “Mono Blanco” a Ramón Mendoza -apodado “El Gatillero” en la prisión a causa de  haber matado a un policía- por qué habían atacado el cuartel y si había sentido miedo éste le responde que el miedo había sido un estorbo y que el ataque había fallado porque, como había sabido después, hubo una traición:

     “Nos traicionó el oficial que nos daba entrenamiento militar en la ciudad de

     México. Por eso más de cien soldados estaban acampados afuera. Nosotros

     éramos once y podíamos haber sometido a la guarnición que estaba en el

     cuartel, que no eran más de cuarenta. Los tuvimos bajo control. Pero desde

     la laguna, a nuestra espalda, comenzaron a avanzar más de cien soldados.

     Así fue, Cuauhtémoc.” (108)

     La infiltración que produjo la delación generó, a fin de cuentas, que los guerrilleros fueran esperados por el ejército, situación que se vio agravada por el hecho de que durante tres meses el grupo armado careció de noticias acerca de los movimientos de las tropas, como se describe en escenas transcurridas durante el primer tercio del mes de septiembre (Las armas del alba: 179-187). Ahí mismo asistimos a la discusión sobre la decisión del asalto y cómo Salvador Gaytán y Pablo Gómez manifiestan oposición por considerar que no se tienen las condiciones para ello; sin embargo, la argumentación de Arturo Gámiz consigue el apoyo suficiente para ir en pos del cuartel:

     “-¿Por qué atacaron Saúl [Gómez, sobrino de Pablo], si los grupos no habían

       podido reunirse?

     “-Ellos discutieron si se atacaba en esas condiciones o no. Creo que mi tío

      propuso no atacar… Parece que la última decisión la tomó Arturo.[17]

     “-Las acciones armadas anteriores habían sido exitosas. Arturo y Salomón

     [Gaytán] se sentían seguros.

     “-Sí, habían emboscado a agentes judiciales y a soldados. No habían fallado.

      Tenían confianza.

     (…)

     “-Esa idea de que nos traicionaron surgió casi inmediatamente, 

      ¿recuerdas?…Y no detuvieron a nadie…No catearon casas que tenían

      perfectamente localizadas. Era más bien un cerco para aterrorizarnos. Pero

      seguíamos pensando que sólo tú y yo podíamos actuar abiertamente.

     “-Tres semanas, Saúl, luego entramos en la clandestinidad.

     “-Sí, después de dos meses hablábamos ya del ‘movimiento 23 de

      septiembre´, lo que se pudiera llamar la tendencia estudiantil.” (Las armas del

     alba: 137-138)

     Un detalle interesante que aparece tanto en Guerra en el paraíso como en Las armas del alba es que la izquierda partidista de su tiempo no sólo manifiesta oposición a la lucha armada como vía de acceso al poder y medio para lograr la justicia social, sino que incluso muchos de sus integrantes llegan  a ser delatores. Lo anterior es, quizás, el motivo por el cual existió durante mucho tiempo -¿o existe aún?- una tendencia en los partidos de izquierda mexicanos para negar el reconocimiento del caso Madera, y de otros movimientos armados subsecuentes, como escalones valederos en la construcción de la democracia nacional, sin que ello implique en automático optar por la violencia como vía única de transformación social.

     El haber salido de la lógica prosoviética dominante en los sesenta y setenta condenó a dichos movimientos armados al olvido o, en el mejor de los casos, a ser acusados de manifestar una visión estrecha, local, de muy corto plazo y, como se decía en el caló político de la época, <espontaneísta>, lo que se desmiente con la lectura de por lo menos tres de las obras de Montemayor -Guerra en el paraíso, Las armas del alba y Las mujeres del alba-. En ellas nos percatamos de que el asalto no fue para nada un acto aislado y aventurero, sino la culminación o el último eslabón de una serie de movilizaciones regionales en demanda de justicia social, defensa de la tierra y autodefensa campesina frente a la represión y violencia de los terratenientes apoyados por los gobiernos estatal y federal; y esto se vuelve a manifestar y se reafirma como refuerzo en La fuga:

     “No había confusión en nosotros. Arturo Gámiz [dice Ramón Mendoza] lo

     decía muy claramente. (...) Teníamos que hacerlo en algún momento. Y

     comenzaron a matar gente nuestra. Cuando Salomón Gaytán se enfrentó a

     Florentino Ibarra y a buena ley se le adelantó con velocidad en el arma, ya

     nada se pudo detener después, porque enviaron al ejército y a la policía

     detrás de nosotros. Casi dos años antes de que nos propusiéramos atacar

     el cuartel de Ciudad Madera. ¿Me entiende? La lucha ya había empezado

     así, antes.” (112-113)

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     De ahí, de los hechos anteriores, se proyectó un proceso de organización campesino estudiantil, con la participación principal y destacada de los estudiantes normalistas, que mantenía relaciones entre sí y hacia fuera de sus propios procesos orgánicos y que se dimanaba hacia otras organizaciones regionales para impulsar un movimiento nacional, y que terminó derivándose hacia la lucha armada por la cerrazón de las vías legales y el incremento de la violencia  gubernamental (Las armas del alba: 58, 59, 69, 96):

     “-Pensábamos que la acción tendría una gran repercusión a nivel campesino y

      de escuelas normales rurales. En ese momento había una efervescencia

      tremenda y mucho contacto con otras normales rurales; yo recuerdo que Pablo

      y Arturo sostuvieron pláticas en el Mexe, de Hidalgo, y en San Marcos,

      Zacatecas.” (137)

          Respecto a la posición de la Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres acerca de los alcances y objetivos de su actuar creemos que lo expuesto en la nota 12 de este texto ilustra sobre los alcances del mismo. Asimismo, puede leerse en muchos pasajes de Guerra en el paraíso que muchos miembros de organizaciones guerrilleras urbanas subieron a  la sierra de Guerrero en labores pedagógicas y para recibir adiestramiento físico y militar, así como la promoción de Cabañas en torno a crear una dirigencia general del movimiento armado nacional. Es claro también que Lucio Cabañas tuvo el cuidado de no hacer tabla rasa con todos los militantes del Partido Comunista Mexicano, precisando que si bien su postura como organización era opuesta a la lucha armada, no todos sus miembros eran delatores ni colaboraban con el gobierno:

      “-Por eso ustedes deben conocer nuestra organización, nuestro trabajo en los

      pueblos -intervino Lucio-. También ayudarnos en el estudio. Porque aquí la

      gente es campesina y a muchos hay que enseñarlos a leer y a escribir, y no

      sólo a discutir por los libros que no se han leído. Nosotros ofrecemos la sierra

      para una reunión de todas las organizaciones partidarias. Y también ayuda

      para suministrar equipo…      

      “-Pero insisto en el problema del Partido Comunista -repitió el de Los Guajiros-        

      Muchos compañeros desconfían porque tratan de negociar entre los grupos

      armados y el gobierno.

      “-Hace algunos meses me reuní con ellos –aceptó Lucio-. No quieren una  

      lucha armada, así es. Pero no veo por qué desconfiar. Hay algunos dentro del

      Partido que están de nuestra parte. Sería equivocado desconfiar de todos.”

      (Guerra en el paraíso: 67)

     Guerra en el paraíso, Las armas del alba, La fuga y Las mujeres del alba, sobre todo el segundo, son trabajos narrativos sostenidos por una acuciosa investigación documental y de campo bajo un acontecer histórico que los contiene y los define; y en este sentido son eminentemente textos de no ficción, realistas, productos de una inteligencia analítica e interpretativa poco común; son también obras donde el talento como narrador de su autor aporta la cuota de ficción necesaria y justa que echa a andar la imaginación sin que ésta pierda jamás el contacto con lo realmente existente, sin mentir, pero sin sucumbir ante el corsé que la propia historia tiene de suyo por ser eso ya: historia.[18]

      En la novela que da cuenta de la guerrilla en Guerrero durante los años setenta las temporalidades y los espacios se van sobreponiendo y las voces se expresan a la manera de un coro operístico. La narración transcurre entre noviembre de 1971 -momento del secuestro de Jaime Castrejón Díez, gerente de la Coca-Cola en Guerrero, por el grupo guerrillero de Genaro Vázquez Rojas-, con algunos flash back a 1967 -la huída del profesor Lucio cabañas a la sierra luego de la represión gubernamental a un mitin pacífico en que participaba-, y diciembre de 1974 -la muerte del propio Cabañas a manos del ejército mexicano-, con dos flash front a 1975 y 1976; es decir: existe una línea narrativa cronológica que demarca las dos fechas y hechos señalados, misma que es rota a lo largo del relato. Podemos decir también que inicia con la muerte de Vázquez Rojas y termina con la de Lucio Cabañas, pero atravesando la obra hay un hilo conductor que tiene sus antecedentes en la tradición histórica que la sierra guerrerense manifiesta como zona de conflictos y de resistencia popular desde la guerra independentista de José María Morelos y Vicente Guerrero, pasando por el zapatismo, la lucha de los copreros y el movimiento escuderista en pos de mejores condiciones de vida. Es asimismo una casi historia de vida de Lucio Cabañas, sus circunstancias, sus relaciones inmediatas y mediatas en lo esencial geográfico; un retrato serio y con pasión sin perder el sustento crítico que lo alimenta y guía. En este sentido, la apuesta de Montemayor  <rescata> la guerrilla rural de Cabañas como un movimiento de fuerte arraigo social en Guerrero, bajo un programa político cuando menos clarificado a la vista de sus impulsores y de la población con ellos relacionada, lo que condujo a una crisis de gobierno que generó algo que no ha sido tomado en cuenta por la generalidad de los análisis sobre esa época de nuestra historia reciente: que en los años setenta del siglo recién concluido el estado de Guerrero fue gobernado por militares porque los poderes civiles prácticamente desaparecieron y cedieron el paso a la militarización, provocando incluso enfrentamientos entre las elites políticas, empresariales y militares              -durante el sexenio echeverrista se habló con insistencia de un golpe militar para llevarse a efecto, precisamente, un 20 de noviembre, y que el <Grupo Monterrey> y los terratenientes del norte del país tuvieron serias fricciones con Echeverría.

     De entre las diversas propuestas de Guerra en el paraíso una se pondera sobre las otras: la guerrilla de Lucio cabañas fue el último grito armado que pudo haber llevado a “quemar el cielo”, luego de ello los movimientos armados entraron en una fase de descomposición y la represión se acentuó hasta lograr su total aniquilamiento. Pero hay más: la constatación de que en el país la tortura, la violación de los derechos humanos y la impunidad del ejército y la policía fueron recursos que se utilizaron en contra de la población civil que pudo, en algún momento, servir como base social del movimiento guerrillero; de que el terrorismo gubernamental fue decisivo en la desaparición de la insurgencia armada; de que a Genaro Vázquez lo atraparon vivo y lo asesinaron; de que los grupos guerrilleros mantuvieron nexos reales entre ellos -e incluso con los de otros países latinoamericanos-, pero jamás pudieron articular un accionar conjunto a causa de la intransigencia para con sus iguales, de la ceguera, del matrimonio con verdades absolutas y de las formaciones marxistas elementales y <de manual>; de la participación, con aprobación y apoyo del gobierno federal, de militares estadounidenses en nuestra guerra sucia; de la manera oscura y oscurantista en que funcionan los servicios de inteligencia bajo el amparo de la Secretaría de Gobernación; del sectarismo de cierta izquierda que delató a quienes no comulgaban con su línea política; del vedettismo del gobierno de Echeverría al dar asilo político a los exiliados chilenos y romper relaciones diplomáticas con el gobierno de Augusto Pinochet luego del golpe militar en contra del gobierno legal y legítimo del presidente Salvador Allende, mientras aquí se torturaba, desaparecía y mataba diariamente a militantes de izquierda -un diálogo entre Mario Moya Palencia, a la sazón Secretario de Gobernación, y Fernando Gutiérrez Barrios, Subsecretario en aquel entonces y hombre de negro historial, ilustra bien esto cuando Rubén Figueroa, Gobernador de Guerrero, fue secuestrado por Cabañas y Moya pidió  al Subsecretario los datos para traer a los chilenos, ya que urgía hacerlo porque, decía, “la represión aumenta en Chile”-; de que el grupo que un 23 de septiembre de 1965 asaltó el cuartel militar de Madera, Chihuahua, no era desconocido para el Lucio preguerrillero: él conocía al profesor Arturo Gámiz.

Carlos Montemayor, Lêdo Ivo y Jorge Ruiz Dueñas en 1979 en Río de Janeiro. <em>Círculo de poesía. Revista electrónica de literatura</em>
Carlos Montemayor, Lêdo Ivo y Jorge Ruiz Dueñas en 1979 en Río de Janeiro. Círculo de poesía. Revista electrónica de literatura

     Planteada en varios planos temporales Guerra en el paraíso está levantada sobre una paciente y bien armada base documental. Con saltos en el tiempo, que van marcando los planos y niveles narrativos y dialogales, Montemayor construye una novela sólida en sí misma por su tema, por su no ficción que da pie a la imaginación de la realidad. Lo que cuenta el autor está en el terreno de lo posible, pero no de lo probable; a fin de cuentas éste es el cometido de la narrativa de ficción: imaginar la realidad, dar entrada al “qué tal que sí”. Y esa posibilidad de acontecer la extrajo el autor de documentos, periódicos, fotografías, testimonios, cartografía, declaraciones; con todo ello construyó el relato donde la figura de Lucio Cabañas se revela en sus últimos días con la certidumbre de seguir adelante. Éste, según Montemayor, no tenía un fin en el corto tiempo y veía hacia un largo futuro de lucha luego de rearticular sus diezmadas fuerzas. El caso no fue así y asistimos a él como espectadores privilegiados gracias al novelista; asistimos al testimonio de un momento fundamental y fundador de nuestro pasado inmediato: el tiempo cuando el ejército gobernó a la par que el poder civil, cuando la fuerza de las armas se encabalgó sobre la fuerza de la palabra, cuando un puñado de hombres y mujeres se enfrentó a un aparato bélico superior a ellos en todos los terrenos y sucumbió porque jamás representó un peligro para el estado de cosas imperante. 

     En La Fuga el relato en tercera persona del singular deja los resquicios necesarios para los monólogos interiores -y de diálogos con desconocidos fuera del presente- que viven los personajes presos y escapados en/de las Islas Marías durante 1973, deja caer también la reflexión de Cuaúhtemoc/”Mono Blanco”, mientras huye acompañado por el guerrillero Ramón Mendoza, en torno a la diferencia substancial, y la capacidad humana para controlar su propio devenir, entre ese territorio del vacío que es el mar y el espacio en tierra firme cada vez más acotado por el actuar humano:

     “Era posible decidir el destino y la ruta en los ríos o en el mar, porque uno se

     halla únicamente a merced de la voluntad propia, del empeño personal. En la

     montaña o en la selva era imposible decidir por uno mismo: había muchas

     presencias, muchas voluntades de tierra, de vegetación, de animales, de

     campesinos. Ninguna seguridad era posible en tierra firme.”  (78)

     Prueba de lo anterior era precisamente la situación, producto del azar que sustenta la vida misma, que había provocado la captura, y posterior traslado a las Islas Marías, de Ramón Mendoza:

     “Otro compañero y yo [cuenta Ramón ante pregunta de “Mono Blanco]

     regresábamos a la ciudad de Chihuahua después de planear el segundo

     alzamiento en la sierra. Llegamos muy noche y no traíamos dinero. Así

     que decidimos irnos caminando a la casa de él. Una patrulla nos detuvo

     por sospechosos y nos llevó a la comandancia de policía. Allí los tomé

     por sorpresa, disparé al comandante y huimos en medio de todos los

     policías. Después vino el enfrentamiento con ellos, cuando nos

     persiguieron.” (108-109)

     En Las armas del alba vuelven a manifestarse la superposición de tiempos y espacios y el coro operístico, pero el relato es aquí naturalmente circular, y decimos que naturalmente porque uno como lector sigue la trama y los acontecimientos sabiendo y esperando arribar finalmente al principio: al alba en Madera, donde dispararon las armas un puñado de sinceros luchadores sociales que optaron por el acto sacrificial al toparse con la represión e injusticia cotidianas que signaron y continúan signando este México nuestro. Dejaron así una cauda retomada cíclicamente por los movimientos sociales que hasta el día de hoy bregan tozudos por construir la real democracia, que vaya más allá de lo puramente electoral y se asiente en la vida cotidiana como apuesta por el respeto a las leyes y por una justa distribución de la riqueza.

Cartel de la exposición en homenaje al escritor y para la presentación de libro en cuestión, llevadas a efecto en el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM) en 2010. CIDHEM
Cartel de la exposición en homenaje al escritor y para la presentación de libro en cuestión, llevadas a efecto en el Centro de Investigación y Docencia en Humanidades del Estado de Morelos (CIDHEM) en 2010. CIDHEM

     Las mujeres del alba se construye con el testimonio oral de dieciséis mujeres que van entretejiendo con su palabra el relato de los hechos acontecidos aquella madrugada del 11 de septiembre de 1965 en Madera, Chihuahua -aunque sin dejar de ir hacia atrás y hacia adelante para traer a ese presente, marcado y definido por el asalto, el pasado y el futuro contextuales del mismo presente-, recabado mediante entrevistas sostenidas entre el escritor y ellas en un ejercicio periodístico/historiográfico/literario que pone a los guerrilleros en su justa dimensión humana y social como mexicanos que eran, y donde Montemayor, sin dejar de echar por delante su simpatía y respeto hacia ellos, se coloca en la posición de correa de engrane que trasmite el sentir de las ellas protagonistas de esta, según él, su mejor novela[19]; valga en este sentido a manera de muestra lo dicho por Alma, la esposa del doctor Pablo Gómez, en referencia a su vida con él y su siempre postergada decisión para abandonarlo:

     “Yo tenía que administrar la botica y él andaba en la farándula y en las

     luchas campesinas y en la escuela y en toditas partes. Y yo toreando a

     la gente, a los que venían a cobrar. Bueno, ‘¿pues qué voy a hacer yo,

     qué?’, me decía a mí misma… Pero, ¿qué me detenía? El amor, insisto.

     ¿Qué otra cosa podía haber sido?... Era más bien sentimental, separarlo

     de sus hijos, cosas de ésas me detenían… Pablo me decía: ‘Primero están

     mis ideales, luego mi profesión, luego mis hijos y después de eso estás

     tú’. Entonces yo me sentía postergada, quería decidirme y ya, pero no me

     atreví a separar a mis hijos de él… Mis luchas eran internas, conmigo

     misma.” (135-138).

     Valga también mencionar que el origen de esta novela fue la pregunta/reclamo que otra Alma, profesora ésta e hija de la anterior y de Pablo Gómez, le manifestó al escritor en 2003 durante la presentación en Ciudad Juárez de Las armas del alba: el por qué en ninguna parte de esta obra aparecían las mujeres; la misma Alma, la hija, que afirma: “qué valor tuvo [su padre, Pablo Gómez] para irse y dejar todo…. qué fuerza de voluntad para irse y dejarnos.” (Las armas…: 115); Alma, la hija, a quien Montemayor respondió que no había mujeres porque la novela en cuestión tenía su anclaje temático en el asalto al cuartel militar de Madera, pero que ahí mismo se comprometía a escribir otra novela donde las protagonistas fueran ellas, las mujeres de los guerrilleros; y ahora sabemos que cumplió el compromiso.

     Sabemos también que Montemayor cerró con esta su última novela el ciclo de la guerrilla en su narrativa porque ya no tuvo tiempo para escribir la referente al movimiento armado del 68 en Chihuahua y Sonora, liderado por Óscar González.[20] Y dejó en la estructura de ella las huellas de sus querencias: la ópera, las luchas por la equidad social y los humanos todos, que son asimismo los andamios en que se asienta el muestrario de opiniones/testimonios de las mujeres que asistieron, a manera de coprotagonistas anónimas y actrices de reparto, al alba en Madera, y que el novelista reveló protagonistas centrales de esta obra que es una suerte de modelo para armar donde la cronología ya fue determinada en la realidad por lo históricamente acontecido y no es responsabilidad del autor, quien deja al lector y/o la lectora la tarea de ser el/la cómplice de la ficción y el entendimiento intradiscursivo de esta obra abierta por fuerza de la literatura y cerrada/acotada por fuerza de la historia.

 

La <obra paralela> de Montemayor

     ¿Qué emparenta a la tetralogía de la guerrilla con el resto de la obra narrativa de Carlos  Montemayor? Quizás lo que salta a la primera mirada -o mejor aún: a la primera lectura- es que la huella del autor estriba en poner al ser humano como elemento nodal en torno al cual se edifican un conjunto de circunstancias vitales privadas y sociales públicas, productos y productoras de él mismo -cada quien es el o la terrorista de sí mismo o sí misma, parece decir el escritor-, y un estado de cosas que va más allá de su control -y está más acá como algo históricamente construido- para determinar el actuar social individual y colectivo, lo que no impide que el propio ser humano, convertido en sujeto histórico y actor social, pueda transformar ese tal estado de cosas con su acción ampliada en conjunto con sus semejantes, porque la historia es, a contrapaso de toda superstición teológica o laica, devenir y no destino.

     Mal de piedra es, bajo la premisa histórica enunciada ya, el seguimiento en tres tiempos novelísticos del devenir de tres generaciones de mineros por un paisaje árido, gris y sofocante donde la muerte es acompañante fiel, y donde al rezar el <Rosario> se pide: “Sálvanos Dios de todos los santos y todos los pecadores y todos los perversos y todos los dueños y todas las minas todos los silbatos de las mismas todos los derrumbes de las minas todas las monedas de las minas ya somos pobres ya basta ya es suficiente ya escarmentamos ya son así nuestros hijos y los hijos de los hijos amén.” (69) Es el recuerdo presente que, con sustento en la memoria del que narra en la obra, lleva y trae en el tiempo a su hermano, a su padre y a su abuelo, mineros los tres y habitantes de una porción del norte minero y mexicano plagado de miseria, silicosis y una corta, muy corta, expectativa de vida. Es la reflexión del único de la estirpe que no es minero, aunque ello no lo aleja de esa cultura gremial y vital, encarnada en él por fuerza de la genética y que lo lleva a asumirla distanciadamente sí, pero también miméticamente: “Quería saber si pensaba [Antonio, el hermano minero del narrador]  en el abuelo o en mi padre, no si pensaba en morirse, sino en ellos… Porque todo lo pensé yo y no él, porque esto lo pienso yo y no él, aunque un hermano duela porque es como uno mismo, y precisamente, porque es como uno mismo.” (89). Es a fin de cuentas Mal de piedra una novela, como toda la obra de Montemayor, estilísticamente impecable, sólidamente estructurada y con una manifiesta querencia y solidaridad con los anónimos de México, con su vivir cotidiano, ése que hace decir al narrador, y que bien pudiera ser la síntesis del texto, lo siguiente: “Entierro a mi familia. Siempre he enterrado a mi familia. Bajo las deudas, bajo la falta de dinero para enterrarlos en paz, sin que nos hayan pertenecido días buenos, siempre con angustia, sin pan… Familia mía, familia mía, siempre solos, acompañándonos nosotros mismos… Veo la tumba de Antonio y siento la prisa. Es la tierra pobre del cerro seco, para nosotros, que vivimos siempre en el cerro, para  mineros que siempre estuvieron perdidos en los cerros.” (97) Para los portadores del sempiterno mal de piedra.|

     Emparentada con Mal de piedra mediante el tópico minero y el ámbito regional compartidos Minas del retorno es la tragedia griega en el norte de México, manifestada en el andar de Alfredo el gambusino y “el muchacho” -discípulo, ayudante, confidente y espejo- en pos del vellocino de oro corporeizado en una veta intuida y descubierta por el primero, la que se acerca a él en su conciencia y se aleja por cuestiones aparentemente circunstanciales que, a lo largo del periplo de los dos personajes principales, se manifestará cruelmente como el sino del gambusino/minero, según el decir de “el viejo” -personaje guía y apostillador-:

     “Allá por el año 32 fregaban a los mineros que entraban en el sindicato y

     una noche el cuerpo de veladores amagó con armas a unos veinte

     gambusinos pobres, y les quitaron todas sus cosas, hasta sus lámparas

     de carburo, y eso que no estaban dentro de las minas de la compañía.. [y]

     verá, desde el año 29 se paró Veta Grande y más de mil quinientos

     mineros quedaron sin trabajo. Los norteamericanos tenían permiso

     desde México. Sí, desde el Gobierno les dieron permiso para darnos en

     la madre a todo el pueblo... A la semana empecé a ver cómo salían

     las familias, cargando bultos de trapos, saliendo del pueblo, así nada más,

     sin norte fijo… los gringos cerraron las minas y se acabó el pueblo… No

     olvidaron [los gringos] ni un desarmador… Pero son buenas gentes. Son

     unas buenas gentes hijas de la chingada” (70-71)

     Cierta o no, la afirmación del viejo contiene la visión propia de aquellos gambusinos y mineros que pasan de una veta a otra veta durante su corta vida, hasta que un atardecer se percatan, como Alfredo, de estar “en el mismo lugar, abriendo los días como piedras sin fortaleza, sin núcleo… [vuelto] infatigable, insensible al cansancio o a sí mismo.” (76) Y el crepúsculo es, en el eterno retorno a las minas/vetas, dolorosa y trágicamente el único amanecer de los nacidos para correr tras del oro y la plata que les han sido y les son eternamente ajenos.

     Steve, Barny, Goffrey, Herbert, Harry, Jonathan, Natan y Stephen Mariner -el narrador- son los invasores marines/mercenarios protagonistas de Operativo en el trópico o el árbol de la vida de Stephen Mariner, relato cimero de Carlos Montemayor y su acercamiento a la situación centroamericana y caribeña desde la óptica del extranjero Mariner frente a la resistencia de una geografía feraz y agreste que les es adversa más allá de la metáfora. Son ese grupo de mercenarios la personificación del asedio histórico a esa zona latinoamericana codiciada por el imperio; son la contra nicaragüense, son los invasores a República Dominicana, a Playa Girón, a Granada, a Panamá, a… Y es, el relato de marras, un ejemplo de la menor prosa de corto aliento de que tengamos memoria, y que coloca a su autor al lado de cuentistas como Borges, Cortázar, Felisberto o Vargas Llosa; nada más, pero nada menos.

Carlos Montemayor en Chihuahua, acompañado de los sobrevivientes del Asalto al Cuartel de Madera; de izquierda a derecha: Álvaro Ríos, Salvador Gaytán, Ramón Mendoza, Florencio Lugo, el escritor, Matías Fernández y Francisco Ornelas. CIDHEM.
Carlos Montemayor en Chihuahua, acompañado de los sobrevivientes del Asalto al Cuartel de Madera; de izquierda a derecha: Álvaro Ríos, Salvador Gaytán, Ramón Mendoza, Florencio Lugo, el escritor, Matías Fernández y Francisco Ornelas. CIDHEM.

      Los informes secretos es la novela que Carlos Montemayor no podía dejar de escribir y que lo hermana narrativamente, como ya señalamos, con Ellroy, Styron, Vargas Llosa y Vidal, por la acuciosa investigación, la detallada puesta en escena y la escenografía puntual donde actúan personajes reales y de ficción que se mueven en el amplio terreno de la vida social y política, en las reuniones clandestinas y en las catacumbas del espionaje mexicano, tan cerca éste de la banalidad, de la paranoia y de la comedia de situaciones y tan lejos de la inteligencia. Porque si algo descubren los lectores en esta obra, basada solventemente en documentos desclasificados de la policía política mexicana, es que somos seres rigurosamente vigilados y que la sospecha del agente secreto, narrador omnisciente en la novela, es la baza que puede inclinar la balanza para destruir una o varias vidas, tanto en sentido figurado como literalmente, nomás por dejar asentado el dicho agente en una <tarjeta informativa> lo que <le late> pueda andar haciendo o ser el ciudadano vigilado, cuya vida pública y privada terminan en el archivo como recipiente de los informes secretos. Ese archivo o archivos a los que Montemayor acude para interrogarlos con sapiencia y talento; esos archivos que solos son letras muertas, porque si bien es cierto que con ellos “ideamos el pasado con cierta lucidez”, también lo es que “los documentos no contienen el silencio o el murmullo” (110); no, éstos son el aporte del novelista, ése que para nuestro caso y fortuna es Carlos Montemayor, quien, vía la interrogación de las fuentes, construye una obra que documenta cómo el actuar vodevilesco de los espías termina en tragedia para la vida ciudadana toda y de todos.

 

Recapitulaciones    

     La historia reciente se resiente: los acontecimientos de hace algunos años se revelan, en el hoy nuestro de cada día, como circunstancias atractivas, de las cuales puede salir alguna comprensión en torno a un país en cotidiana puja para insertarse definitivamente en el ejercicio de la democracia no sólo como forma de gobierno asentada en el documento y escamoteada en la práctica, sino como forma de vida que inunde lo público desde lo privado y viceversa. En este andar en pos de la democracia ampliada, el tramo de nuestros más recientes cuarenta años definió en buena medida ciertos espacios de la cultura política nacional, pero fueron quizás las décadas de los sesenta/setenta las que le marcaron el rostro a la nación en el sentido de la apertura de espacios a la disidencia en general a pesar y en contra de la inercias sistémicas imperantes; por ejemplo: la emergencia de un periodismo crítico y diversificado, la consolidación del sindicalismo universitario independiente, la insurgencia sindical, los movimientos estudiantiles, la salida a las calles de los movimientos en pro de los derechos de las minorías sexuales y la emergencia de los movimientos armados sintetizados en las guerrillas rural y urbana, integradas por aquellos jóvenes que apostaron a la fuerza de las armas luego de convencerse que la fuerza de la razón y de sus expresiones no tenían cabida en el México de aquellos años.

     Como buen salmón Carlos Montemayor, un intelectual incómodo para diestras y siniestras por fuerza de su heterodoxia, un escritor políticamente incorrecto, apasionadamente analítico, rigurosamente sensible y solidario sin tapujos y <sin peros>, transita a contracorriente de la numerosa mecanografía que inunda hoy las librerías y enfrenta temáticas controvertidas en sí -la guerrilla y sus hombres y mujeres, la miseria transgeneracional de los jodidos de siempre, el asedio estadounidense a las naciones latinoamericanas, el sucio mundo de los sótanos policíacos-, las que tienen nulo glamour y muchos anatemas a cuestas; vaya: que resultan incómodas de siempre. Y el resultado de ello es una narrativa original que acrisola lo mejor de la tradición cultural periodística, de la narrativa de ficción y de la crónica histórica, produciendo -en el caso de Las armas del alba, sobre todo- algo que bien pudiéramos definir como los textos literario historiográficos más acabados, serios y solventes sobre la guerrilla chihuahuense, piedra de toque ésta de lo que vendría a ser esa <guerrilla recurrente> que acompañó a nuestro siglo XX, y continúa acompañando a nuestro siglo XXI, como recordatorio permanente de la injusticia social prevaleciente en el proyecto de nación mexicana. Y convirtiendo en tópico literario/histórico a esa expresión del descontento nacional que es la guerrilla mexicana Montemayor nos ofrece, con Guerra en el paraíso, Las armas del alba, La fuga y Las mujeres del alba,cuatro muestras portentosas de que la buena narrativa -así nomás, a secas y sin adjetivos ni apodos-, escrita por los que saben hacerlo, es aún, en este siglo XXI donde la ideología del globalismo pretende difuminar los localismos, una noble arma para recuperar las mejores herencias nacionales y mediante la imaginación de la realidad rehacer la historia y contribuir con solvencia a la literatura y a la historiografía mexicana contemporáneas.



Notas:

[1] Escritor e historiador. Doctor en Historia y Estudios Regionales. Profesor Investigador de la Universidad Veracruzana. En 2007 fue galardonado con Mención Honorífica en el Premio Nacional de Investigación Histórica José C. Valadés, por el trabajo Convertimos la lucha en patrimonio”. Testimonios de Don Manuel García Amador, un dirigente seccional en el movimiento ferrocarrilero de 1958-1959, el cual saldrá editado a principios de 2014.

Publicaciones más recientes:

-- “La <narconarrativa> un subgénero literario fronterizo y binacional”, en Razón y Palabra no. 84, septiembre-noviembre de 2013. Disponible en http://www.razonypalabra.org.mx/N/N84/V84/14_Garcia_V84.pdf

-- “La sal de la tierra, de Agustín Ramos. Un retorno a la matria”, en Revista de la Universidad de México. UNAM, septiembre de 2013. Disponible en http://www.univdemex.unam.mx/articulo.php?publicacion=22&art=730&sec=Rese%C3%B1as

[2] Una primera versión muy reducida de este trabajo, incluyendo sólo el análisis de las novelas Guerra en el paraíso y Las armas del alba, fue publicado en La palabra y el hombre. Revista de la Universidad Veracruzana no. 130 (2004, abril-junio).

[3] También murieron ahí Salomón Gaytán Aguirre, Miguel Quiñones Pedroza, Óscar Sandoval Salinas, Antonio Escobel Gaytán y Rafael Martínez Valdivia; sobrevivieron Ramón Mendoza Torres, Salvador Gaytán Aguirre, Francisco Ornelas, Guadalupe Escobel Gaytán y alguien conocido sólo como Hugo -quien desde entonces a la fecha se encuentra desaparecido-. Guadalupe Scobel Gaytán se incorporaría luego al “Grupo Popular Guerrillero Arturo Gámiz” -GPGAG-, formado por Oscar González Eguiarte y Ramón Mendoza Torres, y sería fusilado en 1968 por el ejército en Tezopale, Sonora; González Eguiarte y Mendoza Torres serían detenidos a mediados de 1967 con un cargamento de armas llevado del Distrito Federal a Chihuahua, luego de enfrentarse con la policía, matando Mendoza a un agente, por lo que sería condenado a más de 30 años de prisión y González a una condena corta, de la cual saldría para formar el GPGAG, ser detenido y fusilado por el ejército en Tezopaco, Sonora -Mendoza estaría dos años en la penitenciaría de Chihuahua y luego enviado a las Islas Marías, de donde se fugaría un año después en compañía de un preso común tabasqueño-. Salvador Gaytán Aguirre moriría atropellado el 17 de abril del 2011 en una carretera de Sonora, cuando participaba en la “Caravana por el 68 que no se olvida”.                                                           

[4] En Las mujeres del Alba, Lupe, estudiante normalista y <base de apoyo> del grupo guerrillero, dice: “el ejército esperaba de un momento al otro el asalto. No fue tragedia, fue una traición (…) Eso dijeron por radio. Nunca le  tuve confianza al capitán Cárdenas Barajas. Creo que los compañeros se dieron cuenta un poco antes [que éste era un infiltrado], por eso aceleraron los hechos.” (145 y 162) El citado capitán era quien entrenó militarmente a los guerrilleros en el Distrito Federal. También se menciona lo anterior, como se verá y leerá páginas adelante, en un pasaje de Guerra en el paraíso, cuando Lucio Cabañas platica con Lupita (167-170); en Las armas del alba (100); y en La fuga (108).

[5] Para una visión de conjunto en torno a cómo operaban los medios de información masiva  nacionales en aquellos tiempos y hasta muchos años después, así como el rol que cumplían algunos conspicuos integrantes del gremio periodístico, puede verse Rodríguez Munguía (2005).

[6] En 2006 Verónica Oikion y Martha Elena García Ugarte compilaron, bajo el título de Movimientos armados en México, siglo XX coeditado por El Colegio de Michoacán y el CIESAS, un conjunto de textos al respecto, en cuyo segundo tomo de los tres que integran la obra Víctor Orozco da cuenta de la guerrilla que asaltó el cuartel de Madera y las secuelas del mismo, texto que fue presentado en un foro académico de discusión que bajo el nombre de “La guerrilla en las regiones de México, siglo XX”, se llevó a efecto en julio del 2002 en El Colegio de Michoacán  -de tal Foro proceden los trabajos que conforman los tres tomos compilados por Oikion y García Ugarte-, y cuya primera mención fue por nosotros conocida en un texto que, a propósito de los cuarenta años del asalto a Madera, publicó la citada Verónica Oikion en La Jornada Michoacán, con el título de “Ellos sabían por qué... A cuarenta años del asalto a Madera” -24 y 25 de septiembre de 2005-. Hay también un texto de Javier Contreras Orozco, editado por el propio autor en Chihuahua, titulado La guerrilla: del asalto al cuartel Madera al EPR (1998), y otro de  Florencio Lugo Hernández, El asalto al cuartel de Madera. Chihuahua, 23 de septiembre de 1965 (2003). Asimismo, hace tres años vio la luz pública un texto de Laura Castellanos, cuyo título es México armado (2007), un puntual seguimiento de la guerrilla en México de 1943 a la fecha del cierre de la obra y donde en el capítulo II se da cuenta del asalto al cuartel de Ciudad Madera; en ese mismo año se publicó Memoria roja. Historia de la guerrilla en México 1943-1968 (2007), escrita por Fritz Glockner, quien es también autor deotro libro acerca de la guerra sucia de los setenta: Cementerio de papel. Las historias de violencia y muerte se vuelven a escuchar en el Palacio Negro de Lecumberri (2004).

[7] Montemayor informó al publicarse Las armas del alba que ésta era la primera novela de una tetralogía acerca de la guerrilla en su estado natal, cuya segunda parte sería La fuga -después del asalto al cuartel de Madera-, la tercera el asalto desde la óptica femenina -titulada Las  mujeres del alba-y la cuarta trataría de manera integral la guerrilla en Chihuahua. Vale aclarar que el texto de Víctor Orozco ya citado fue escrito, por lo menos, en 2002, lo que no hace desmerecer el trabajo de Montemayor, aunque sí matiza nuestra afirmación acerca de que la novela de éste sea el primer texto historiográfico al respecto del asalto al cuartel de Madera.

[8] Para el caso latinoamericano puede consultarse a Cowie (1996).

[9] Ganadora del Premio de Novela Grijalbo.

[10] Editada en México en 1979 por ERA.

[11] Editada en México en 1997 por Joaquín Mortíz .

[12] Editada en México en 1997 por la Universidad Veracruzana.

[13] Editada en México en 1990 por Cal y Arena.

[14] Editada en México en 1982 por Oasis.

[15] Existe un trabajo alejado del escenario mexicano, poco mencionado pero que es posiblemente la primera novela en torno a un movimiento guerrillero surgido en los sesentas: Los fundadores del alba, de Renato Prada Oropeza (1969) -ganadora del Premio Casa de las Américas en ese año-, la cual se ocupa de la guerrilla del Teoponte, en Bolivia.

[16] El preso común que en verdad escapó con Mendoza -quien se iría a Estados Unidos a trabajar como bracero y volvería diez años después a Madera- en una balsa para llegar a las costas de Nayarit era tabasqueño

[17] Este diálogo es una especie de análisis crítico y autocrítico de los hechos (Las armas del alba: 133-141 y 153-159), llevado a cabo por Saúl Gómez y por una mujer, que puede ser Lupita -quien aparece en Guerra en el paraíso (166-170) platicando el 7 de noviembre de 1966 con Lucio Cabañas- o la profesora, actriz, compositora y cantante Judith Reyes, misma que también aparece en Guerra en el paraíso, hablando con Cabañas antes de que ella parta hacia Francia y Alemania en labor de contactar a los grupos armados de esos países y preparar el terreno para que vayan tres guerrilleros a ser entrenados por Henry Curiel, veterano revolucionario que había luchado en Argelia; aquí, el dirigente de la Brigada de Ajusticiamiento del Partido de los Pobres manifiesta una perspectiva amplia de relacionarse con las guerrillas del continente, mencionando a los tupamaros uruguayos y a los insurrectos peruanos como ejemplos a seguir (194-195).

[18] La narrativa historiográfica da cuenta de los hechos como según las fuentes documentales varias y los testigos aún vivos de los mismos dicen que acontecieron -y desde ahí extrae sus interpretaciones-; la narrativa de ficción permite, en algunos casos, dar cuenta de los hechos, basándose en fuentes documentales varias y en los testimonios de los testigos, como pudieron o, mejor aún, debieron haber acontecido -cuestión que lleva implícito el acto de la imaginación como aporte substancial sin que por ello se mienta.

[19] Según José Vargas Valdés, autor del Epílogo a Las mujeres del alba, el novelista chihuahuense le dijo a Lucy -su colaboradora cercana- en el momento de entregarle el texto definitivo que había sido escrito con pluma fuente -al igual que se lo dijo a Susana, su esposa- lo siguiente: “¡Ahora sí, creo que ha quedado perfecta y siento que es mi mejor novela!… ¡Es mi mejor novela!” (226-227) Los y las lectores podrán en su  momento corroborar o desmentir al autor.

[20] Compañero de bachillerato de Montemayor.

 

Bibliografía

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     Castellanos, Laura. (2007).  México armado. México: ERA.

     Contreras Orozco, Javier. (1998). La guerrilla: del asalto al cuartel Madera al EPR. Chihuahua, Chih: Autor.

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     Del Moral Tejeda, Agustín. (1997). Nuestra alma melancólica en conserva. México: Universidad Veracruzana.

     Glockner, Fritz. (1997). Veinte de cobre: memoria de la clandestinidad. México: Joaquín Mortíz.

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     _____                      (1991). Guerra en el paraíso. México: Diana.

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     _____                      (2010). Las mujeres del alba. México: Planeta.

     Oikion, Verónica. (2005, septiembre 24 y 25). “Ellos sabían por qué... A cuarenta años del asalto a Madera”. La Jornada Michoacán.

     _____ y Martha Elena García Ugarte. (2006). (Comps.). Movimientos armados en México, siglo XX. México: COLMICH/ CIESAS,

     Prada Oropeza, Renato. (1969). Los fundadores del alba. La Habana: Casa de las Américas

     Ramos,Agustín. (1979). Al cielo por asalto. México: ERA.

     Rodríguez Munguía, Jacinto. (2005). La otra guerra secreta. Los archivos prohibidos de la prensa y el poder. México: Debate.

     Salazar Mallén, Rubén. (1982). La sangre vacía. México: SEP/Oasis.

 

Cómo citar este artículo:

GARCÍA NIÑO, Arturo E., (2014) “El cuarteto de la guerrilla de Carlos Montemayor o de cómo la imaginación de la realidad devino aporte historiográfico”, Pacarina del Sur [En línea], año 5, núm. 18, enero-marzo, 2014. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Martes, 31 de Enero de 2023.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.comindex.php?option=com_content&view=article&id=886&catid=4