Julio Argentino Roca es el constructor del Estado argentino moderno y, a la vez, el ejecutor de la Campaña del Desierto: la ofensiva militar que entre 1878 y 1885 extendió el control estatal sobre la Patagonia y redujo demográficamente a los pueblos originarios del sur a una proporción que hoy la historiografía mayoritaria califica como genocidio. Su figura concentra la paradoja del orden conservador argentino de fin de siglo: modernización institucional y exterminio simultáneos.
Tucumán, la guerra y el ascenso militar
Nació el 17 de julio de 1843 en San Miguel de Tucumán, en una familia militar de origen unitario. Su padre fue coronel. Ingresó al Colegio Militar de la Nación a los quince años y combatió en todas las guerras civiles del período: Pavón (1861), la guerra de la Triple Alianza contra el Paraguay (1865-1870) —donde se distinguió en Curupaytí—, la represión de los caudillos federales del interior (López Jordán en Entre Ríos).
A los treinta años era general. Su disciplina, su capacidad logística y sus vínculos con el «Club del Progreso» —la élite económica porteño-cordobesa— lo posicionaban ya como candidato presidencial.
Ministro de Guerra y la Campaña del Desierto
En 1878, el presidente Nicolás Avellaneda lo nombró ministro de Guerra. Roca impulsó inmediatamente el abandono de la estrategia defensiva de Adolfo Alsina (la Zanja) y el paso a una ofensiva sistemática sobre la Patagonia. En su célebre memoria de 1878, dejó la frase que la historiografía repite:
«La mejor muralla para garantizarnos contra el indio es la de darle una fuerte y constante batida hasta exterminarlo o arrojarlo al sur del Río Negro.»
En 1879, ya consumada la primera ofensiva que había duplicado el territorio nacional, el Partido Autonomista Nacional lo proclamó candidato. Asumió la presidencia el 12 de octubre de 1880, apenas llegado de la campaña. Ver el análisis completo de la campaña.
Primera presidencia (1880-1886): el Estado moderno
Roca federalizó Buenos Aires (resolviendo el viejo litigio Nación-provincia), creó la ciudad de La Plata como capital bonaerense, tendió más de 5.000 kilómetros de ferrocarriles, impuso la educación laica y obligatoria (Ley 1420 de 1884), la ley de matrimonio civil y el registro civil. Su ministro Eduardo Wilde sacó del control eclesiástico los cementerios. El Estado laico argentino es, esencialmente, obra de Roca.
Todo esto se financió con un endeudamiento británico masivo —la Baring Brothers— que estalló en la crisis de 1890 y derrumbó al sucesor de Roca, su concuñado Miguel Juárez Celman.
Segunda presidencia (1898-1904)
Vuelto al poder en 1898, firmó con Chile los Pactos de Mayo (1902), que resolvieron pacíficamente los conflictos limítrofes patagónicos. Sofocó huelgas obreras con una dureza que daría origen a la Semana Trágica décadas después. Consolidó el modelo agroexportador que llevaría a Argentina a ser la séptima economía del mundo hacia 1913.
El largo litigio sobre su memoria
Durante un siglo, Roca fue el héroe oficial del Estado argentino. Su figura apareció en el billete de 100 pesos entre 2000 y 2020, una estatua ecuestre lo honra en la Diagonal Sur porteña desde 1941, y su nombre está en el ferrocarril que conecta Buenos Aires con Bariloche.
Esa memoria comenzó a agrietarse en los años setenta con los trabajos de David Viñas, Osvaldo Bayer y, más recientemente, los de Diana Lenton, Walter Delrio y Diego Escolar. En 2020, el Banco Central reemplazó su rostro en el billete por el de la ballena franca austral. Su estatua de la Diagonal Sur sigue en pie; las comunidades mapuches la intervienen periódicamente con pintura roja.
Roca murió el 19 de octubre de 1914 en su casa de la calle San Martín. Tenía 71 años. Su herencia es el país que vino después: red ferroviaria, educación pública, Estado laico, Patagonia argentina. Y, bajo esa red, las tolderías arrasadas.



