Pacarina del Sur
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Capitalismo, guerra y sobreconsumo (I)

Guillermo Torres Carral

RECIBIDO: 13-09-2016 APROBADO: 09-11-2016

 

Presentación

Cinco capítulos conforman este libro siguiendo un hilo conductor que es el fenómeno multidimensional de la guerra, en especial la guerra contra la naturaleza, la actual  en conexión  con el sobre consumo.

Esta última vincula la ideología y práctica del consumismo, con toda la maquinaria de destrucción centrada en la industria y mercado de la guerra y de armamentos, y con todas las implicaciones en la cultura de la guerra y la violencia de la vida continúa. Esta es la base de la crisis mundial de 2008 y de la que se anuncia y donde ha habido reacciones proteccionistas frente a un libre comercio desbocado que da resultados negativos a las economías y sociedades contemporáneas.

Así pues, en el primer capítulo, se explica que la base de la crisis ambiental es la doble guerra entre los hombres y contra la naturaleza; en el segundo capítulo, la guerra en la historia; en el tercero, la guerra  como una guerra ambiental y en el cuarto, como guerra del conocimiento.

Finalmente, en el quinto capítulo, se desbroza la guerra como motor del capitalismo, considerando sus conexiones con el sobre consumo, que es su sostén y constituyendo es el obstáculo principal para el desarrollo sustentable y sus aspiraciones.

 

Introducción

En este libro se plantean los grandes temas conectados con la guerra: la guerra contra y de la naturaleza; la guerra en la historia (y en el conocimiento) y el armamentismo  y sobreconsumo en el capitalismo contemporáneo. La conexión entre ellas es obvia y tiene que ver con el curso y discurso de la vida actual en el torbellino de los tiempos anclado en el cronotopo universal, global y local.

La necesaria consecuencia se ilustra en la parábola del vaso de agua: sin no compartimos el planeta (John Lennon), éste y la civilización mundial se agotan, dando lugar a una nueva  o bien a la aniquilación total de la humanidad y la habitabilidad planetaria.

De ahí advertencia implícita en la metáfora de la guerra contra la naturaleza y un sobreconsumo que teniendo una raigambre biopsicosocial revela al animal humano tal como y es; situación que se agrava en la psique del hombre contemporáneo presa de la cultura de la guerra y de la mentalidad del odio.

De ahí la necesaria revisión del modelo económico global en marcha, que aun cuando ha incentivado el cambio tecnológico ha destruido los conocimientos populares, y sobre todo ha arruinado la economía e imposibilita la supervivencia, probablemente encaminándonos hacia la sustentabilidad de la guerra.

Solo el diálogo universal podrá detener una mayor hecatombe expresada en el cambio climático y la anarquía de los mercados, destacadamente la explosión de una globalización que acelera la migración y los grandes equívocos y conflictos que rigen el mundo.

 

Capítulo primero.  La  guerra contra la naturaleza

  1. La naturaleza de la guerra: la guerra en la historia

La comprensión del significado histórico y teórico de la guerra contra la naturaleza  presupone la comprensión de la naturaleza de la guerra, la cual se halla en perpetua mutación a lo largo de la historia transitando desde una necesidad a un placer; de una opción a una necesidad, de una casualidad a una causalidad.

Desde un principio, en las cosas humanas se estableció el dilema: las incompatibilidades fundacionales de la vida social de la humanidad estuvieron siempre presentes, aun antes de la existencia de su regularidad convergente  histórico-natural, la cual deriva en un rechazo al conflicto original que lleva implícito el hecho de que la guerra es anterior a la paz, o bien a la inversa: fueron resultado como tales incompatibilidades de relaciones originarias de compatibilidad.

El dilema se resuelve a medida en que la regulación del intercambio de energía (metabolismo) entre el hombre-natura y hombre-sociedad se desarrolla al interior de la comunidad y encuentra su límite en otra. De esa forma, la especie humana se construye como tal y frente a las otras especies, en las relaciones sociales de cooperación y la simpatía[1] (o antipatía) entre la mayoría de sus integrantes, conformando comunidades cada vez más amplias hasta llegar a la tierra entera (conciencia planetaria), como bien dice Morin.[2]

La humanidad como especie se distingue de otras a medida que avanza en una dirección ciertamente cambiante pero que renueva el pacto de sangre originario en otro fundado ahora en el territorio.


Imagen 1. http://yecatosi.wixsite.com

Es la defensa de la tierra la que conduce a la oportuna compatibilidad entre los seres humanos que habitan en una sociedad. Sus relaciones de simpatía entre sí son una expresión involuntaria del amor al suelo que no es simple precondición, sino más bien un resultado de la necesidad corregida por la libertad. De tal forma puede afirmarse que la esencia humana no radica en su animalidad, sino en su simultáneo alejamiento y acercamiento identitario con respecto de tal animalidad.

Ello explica en realidad que la humanidad se funda en la cercanía y por tanto vinculación a la tierra, más que en la guerra y en la separación del hombre con la tierra y con el hombre mismo (relación humano-natural y humano-social).

Esto es así porque la guerra es, sin embargo, un asunto terreno, ya que la eliminación del otro no sólo se ampara en un territorio real o imaginario ella misma, en tanto guerra, expresa una relación íntima con la tierra aun antes de que la posesión transitoria de las comunidades nómadas derivara en propiedad territorial.

Pero siempre, como afirmara Bartolomé De Las Casas, la guerra es esa  “plaga pestilente, destrucción y calamidad lamentable del linaje humano”[3], y es desde luego  tan antigua” como la existencia simultánea de varios grupos sociales en contacto.”[4]

En su origen, está presente desde luego un factor de supervivencia de la comunidad primitiva, ante la reafirmación y disputa por el espacio territorial y riqueza natural existentes (incluyendo desde luego a la población humana). “El único límite que puede encontrar la entidad comunitaria en su comportamiento con las condiciones naturales de la producción -la tierra- (pasando ya directamente a la consideración de pueblos sedentarios) como con condiciones suyas, es otra entidad comunitaria que ya las reclame con su cuerpo inorgánico. Por eso es la guerra uno de los trabajos más originarios de todas estas comunidades comunitarias naturales, tanto para la afirmación de la propiedad como para la adquisición de ésta (…) si al hombre mismo se le conquista junto con el suelo, como accesorio orgánico de éste, se lo conquista entonces como una de las condiciones de la producción y así surge la esclavitud y servidumbre, que pronto falsifica y modifica la forma originaria de toda entidad comunitaria y llega a convertirse en base de ésta”,[5] afirmó Marx en su estudio sobre las formas que preceden a la producción capitalista, coincidiendo de su parte con las siguientes palabras de Hegel: “El fin y el interés propio de las guerras es ahora y siempre el mismo, la conquista”.[6] Obviamente, el interés primordial de la guerra no sólo es el espacio, sino también los materiales y organismos incorporados a la tierra, como las plantas, los animales y el hombre; y con él, por tanto, la obtención de esclavos. Y esto sigue siendo válido en tanto es un presupuesto y una actitud propia de la modernidad, como lo advierte Robert Jungk: “Los Estados Unidos están luchando por extender su dominio sobre la suma total de las cosas”.[7]

Dentro de esta noción –aún no semántica, es decir sincrónica– de la guerra en la historia, se pueden apreciar algunas diferencias esenciales de lo que Marx denominó como las tres formas históricas fundamentales de la propiedad, anteriores a la propiedad capitalista, la cual está fundada en la relación trabajo asalariado y capital. En la primera, –la propiedad comunitaria que culmina con el Estado, siendo insignificante el papel desempeñado por la propiedad privada– la guerra representa costos que sólo pueden ser sufragados mediante el trabajo colectivo de las comunidades divididas territorialmente en lotes individuales, es decir, considerando a la parcela sólo como usufructo, ya que la propiedad continúa siendo común; e igual acontece con el servicio divino.[8] En México, encontramos la división del suelo incluyendo las áreas parcelarias de cultivo para el sostenimiento de la guerra, que era un asunto de todos los días, pero reglamentado, como en el Estado mexica, que pasa de una etapa teocrática a una militar,[9] pero teniendo en ambas como base un sistema organizado formalmente a partir del trabajo colectivo.[10] En este aspecto puede revisarse el trabajo de numerosos autores que se ocupan de la denominada propiedad asiática.[11]

En dicha forma de propiedad, presente en Asia y América y otros lugares, el cambio social es esporádico y lento en cuanto a la modificación del conjunto de relaciones sociales e interacciones con la naturaleza, por lo cual tal forma histórica es más conservadora, puesto que en su evolución no culmina como producto de los antagonismos sociales a su interior, e incluso tampoco como resultado de fuerzas externas: la clave de su permanencia se encuentra en la comunidad aldeana. El aspecto religioso también es relevante aun con la evolución hacia formas cada vez más militaristas, como ocurrió con los mexicas.

En la segunda forma de propiedad o antigua donde la “tierra de cultivo aparece como territorio de la ciudad (…) Las dificultades que encuentra la comunidad sólo pueden provenir de otras comunidades que ya han ocupado esa tierra o que molestan a la comunidad en su ocupación. La guerra entonces es la gran tarea común, el gran trabajo colectivo, necesario para ocupar las condiciones objetivas de la existencia vital o para proteger y eternizar la ocupación de las mismas. Por lo tanto la comunidad compuesta de familias se organiza en primer término para la guerra como organización militar y guerrera.”[12] Por otro lado, la “orientación de esta pequeña comunidad guerrera la empuja más allá de estos límites (Grecia, Roma, judíos, etcétera.) Sin embargo, la guerra no era un fin en sí misma: “Una vez que los augurios, dice Niebuhr, le aseguraron a Numa la aprobación divina de su elección, la primera preocupación del piadoso rey no fue el servicio del templo sino el de los hombres. Dividió las tierras que Rómulo había ganado en la guerra y había dejado para que fueran ocupadas: instauró el culto de Terminus. Todos los legisladores antiguos, y sobre todo Moisés, fundaron el éxito de sus prescripciones a favor de la virtud, la rectitud y las buenas costumbres sobre la propiedad de la tierra o, por lo menos, sobre la posesión hereditaria segura de la tierra para el mayor número posible de ciudadanos.”[13] Esto es, en esta forma, la propiedad privada aparece ya como algo completamente independiente de la propiedad colectiva, no como en  el caso anterior en el que estaba relegada a ella.

Finalmente en la tercera forma, la germánica: “Entre los germanos, el ager publicus aparece, más bien, sólo como una ampliación de la propiedad privada individual y sólo figura como propiedad  en tanto posesión común de una tribu  por la cual hay que luchar contra tribus enemigas (…) En la forma germánica el campesino no es ciudadano del Estado, es decir, no es habitante de la ciudad, sino que el fundamento es la vivienda familiar autónoma, aislada, garantizada a través de la asociación con otras viviendas familiares similares, de la misma tribu, y a través de su reunión ocasional, para la guerra, la religión, resolución de problemas legales.”[14] En esta forma de propiedad el papel del Estado es menor y en cambio mayor la propiedad privada en cuanto alcance y profundidad, al punto que no sólo están presentes los antagonismos como en el caso de patricios y plebeyos de la forma anterior,[15] que tenían un fundamento en la agricultura, sino que esta forma es la que conduce a  la polarización de un lado (por tratarse de un sistema fincado en la esclavitud)[16] y del otro al artesanado y las industrias doméstico-rurales, al punto de ser el fundamento del desarrollo capitalista industrial, que como sabemos culmina en Europa occidental a raíz de la crisis del sistema feudal y del desarrollo del mercado mundial, pero principalmente de la aparición del trabajo asalariado como relación general. Es también en esta forma donde la guerra derivará en  un poderoso dispositivo generador del mercado mundial.

En el curso de la historia se llega al resultado de que no es la guerra o la violencia en su sentido más general la causa originaria de la riqueza económica o de la propiedad privada, ya que éstas se presuponen. Y lo mismo puede decirse en cuanto al intercambio mercantil que es anterior, o mejor dicho, independiente, aunque desde luego se refuerza igual que la propiedad privada  con la guerra y la violencia en general. “La propiedad privada no aparece en lo absoluto  en la historia como resultado del robo y la violencia. Antes al contrario: existe ya, aunque limitada a determinados objetos, en las arcaicas comunidades de todos los pueblos de cultura. Se desarrolla ya en el seno de esas comunidades, primero en el intercambio con los extranjeros en forma de mercancías (…) La violencia puede alterar la situación patrimonial pero no puede crear la propiedad privada.”[17]

De ahí se desprende que, a mayor concentración de la riqueza, están presentes mayores resortes que conducen hacia la guerra. Sin embargo, en la historia suele ocurrir que pueblos atrasados que conquistan (como los bárbaros respecto a Roma, y ésta respecto a Grecia) a los avanzados, en ese caso se adaptan al  pueblo conquistado más avanzado.[18] En otro contexto, también puede afirmarse que el aspecto “positivo” es que “la violencia es la comadrona de toda sociedad vieja que lleva en sus entrañas otra nueva. Es, por sí misma, una potencia económica”,[19] mientras Engels señala que la potencia económica no es “sino la disposición de los medios de poder de la gran industria.”[20] Es también, bajo la forma de guerra comercial, uno de los factores de la acumulación originaria de capital.[21] Empero constituyen  guerras que siempre están presentes en el ámbito del mercado mundial, y es en ese aspecto que Rosa Luxemburgo prefiere hablar de una “acumulación primitiva permanente”,[22] porque tales guerras nunca abandonan a su suerte al capitalismo.

En la sociedad moderna la guerra  se transforma al transformarse su base constituida por el tipo de relaciones sociales que da origen a los conflictos bélicos,[23] y permite distinguir tales situaciones en que la guerra es ocasional o planificada, de aquellas en las que la guerra se convierte en guerra permanente, como ocurre en la actualidad. Pero la guerra, ahora menos que nunca, es un fin en sí misma; se convierte en un poderoso medio para la acumulación de capital de manera revolucionaria, en forma tal que socava desde sus cimientos los fundamentos que posibilitaron el desarrollo del capitalismo en un periodo específico. Así, es necesario resaltar la diferencia en cuanto al papel de la fuerza humana militar que en el pasado se caracterizó exclusivamente por la presencia del servicio voluntario, y más tarde con el poder de mando sobre soldados mercenarios. “El revolucionario sistema representado por el pueblo entero en armas quedó pronto limitado a su reclutamiento obligatorio”,[24]  hasta que se establece el ejército profesional, a partir de la formación del Estado absolutista[25] y desemboca finalmente en el fenómeno del militarismo:[26] “El ejército se ha convertido en finalidad principal del estado, ha llegado a ser fin en sí mismo, los pueblos no existen ya más que para suministrar y alimentar soldados”. Esto desde luego choca con la idea que en el pasado se tenía de la guerra y que se veía más bien como un sacrificio nacional. Así por ejemplo, se calculó en China que por cada soldado, siete campesinos se requerían para mantenerlo.[27] Este fenómeno ha sido estudiado bastante por Lenin, Luxemburgo y Bujarin, pero antes por supuesto por Marx y Engels como se señaló arriba, entre muchos más notables escritores sobre cuestiones bélicas. Un mérito indiscutible se le debe en esos debates al teórico militar y general del ejército prusiano Carl Von Clausevitz.

Y es que en la época capitalista la guerra transforma directamente la economía, al mismo tiempo que la economía hizo de la guerra ya no un asunto puramente militar. “Decimos pues que la guerra no es un arte ni una ciencia, sino que es una acto de la vida social. Es un conflicto de grandes intereses que no se resuelve sino con efusión de sangre, y que solamente en eso se distingue de otros conflictos que surgen entre los hombres. Tiene que ver menos con las artes y las ciencias que con el comercio, que constituye igualmente un conflicto de grandes intereses, pero aún se aproxima mucho más a la política, la que a su vez puede ser considerada como una especie de comercio a gran escala.”[28]


Imagen 2. http://www.cartooningforpeace.org/ 

Clausevitz define a la guerra como “la continuación de la política por otros medios.”[29] Pero si la política a la vez es economía concentrada,[30] entonces entendemos que es la política lo que expresa el poder o la potencia económica; aquí habría un matiz de diferencia con Engels, en cuanto a que Clausevitz afirma que: ”Cuanto más grandes y poderosos sean los motivos que conducen a la guerra, más tensa sea la situación política que la precede, más comprometida está la existencia de los que en ella participan y más se aproxime la guerra misma a su forma abstracta; ésta recobra su violencia original, apunta exclusivamente a la destrucción del adversario y se sustrae de la autoridad de la política, para no seguir sino sus propias leyes. Pero cuanto más débiles son los motivos y las tensiones es menor la tendencia natural del elemento guerrero, es decir, particularmente de la violencia, a caer fuera de la línea que determina la política, al punto de que, consecuentemente, la guerra pareciera tornarse más política que el objetivo político y más diferente del objetivo de una guerra ideal.”[31] Ya que en la guerra, de lo que  se trata, es de “imponer por la fuerza al adversario nuestra voluntad.”[32] Cosa muy diferente a lo que se pensaba en la antigüedad, en donde la guerra es un arte, o bien una actividad sagrada[33]. Y ello no obstante las coincidencias que encontramos respecto por ejemplo al factor moral, que plantea Clausevitz  como esencial, lo que lleva al movimiento revolucionario a destacar el papel del pueblo y su ánimo, o factor moral, que es subrayado también por Sun Tzu y le da la misma importancia central que Clausevitz, quien destacó: “Y es así que luego de Bonaparte y ante todos los franceses devino una causa nacional, adoptó otra naturaleza o más exactamente recobró su verdadera naturaleza, se aproximó a su absoluta perfección. Los medios allí utilizados no tuvieron ya más límites visibles y no dependieron sino de la energía y del entusiasmo de los gobiernos y súbditos.”[34] Esto lo llevó a explicar el porqué del liderazgo militar personalizado y que Lenin convirtiera en dictadura.[35] “Sin una voluntad dirigente, enérgica, poderosa, que alcance hasta el último miembro del ejército, ninguna conducción de la guerra es posible.”[36] Según el estratega prusiano, “la fuerza de los poderes morales resulta irradiada por la virtud guerrera y el entusiasmo del ejército, por el espíritu popular y por el talento del jefe militar”.[37] Ahora bien, de acuerdo a  las notas de Lenin, Napoleón consideraba que: “En todas las batallas llega un momento en que los soldados más valientes, después de la máxima tensión se sienten inclinados a huir. Este terror surge de una falta de confianza en su coraje: sólo se necesita un suceso insignificante, un pretexto cualquiera para devolverles esa confianza: el gran arte consiste en lograr eso.”[38] Por su parte, Sun Tzu escribió: “Por influencia moral entiendo lo que hace que el pueblo esté en armonía con sus dirigentes, al punto de acompañarlos en la vida y en la muerte, sin temor de peligro mortal.”[39] Esto resulta fundamental cuando desprendemos de la idea de la guerra la de la guerra civil, la cual no es una guerra entre Estados, sino entre clases o grupos sociales dentro de un Estado.

El pensador militar chino consideró como supuestos básicos para alcanzar la victoria los siguientes: A) Que se obtuviera en el más breve lapso posible; B) con el menor gasto posible de vidas y esfuerzos, y C) Infligiendo al enemigo la menor cantidad de bajas posibles.[40] Si esto se compara con las  guerras mundiales, las bombas contra Hiroshima y Nagasaki, la guerra de Vietnam, o ahora en Irak, se puede entender por qué hoy dejó de ser arte la guerra. Sun Tzu resumía en cinco los factores fundamentales de la guerra: “influencia moral, tiempo, terreno, mando y doctrina.”[41] Pero en lo general se tenía conciencia de los impactos negativos de la guerra en la economía. Así agrega: “Ningún país se ha beneficiado jamás de una guerra prolongada.”[42] Sun Tzu “tenía conciencia de las repercusiones económicas de la guerra. Sus referencias a la inflación de precios, los índices de derroche, las dificultades de abastecimiento y las inevitables cargas que recaen sobre el pueblo, demuestran que tenía conciencia de la importancia de esos factores, que hasta hace poco han sido con frecuencia descuidados.”[43] Pero un escritor moderno como Marx coincide al afirmar que: “Las mismas guerras mediante las cuales los patricios romanos arruinaban a los plebeyos, obligándolos a prestaciones bélicas que les impedían la reproducción de sus condiciones de trabajo, y que por ende los hacían empobrecerse, llenaban los depósitos y sótanos de aquellos con el cobre obtenido por botín (…) Bajo Carlomagno, los campesinos francos también fueron arruinados por las guerras, de modo que no les quedó más recurso que transformarse de deudores en siervos.”[44] Esta opinión nos refiere de dos efectos de la guerra, el empobrecimiento generalizado, y los beneficios para una minoría. Esto es también un rasgo de toda guerra, aún en el contexto del capitalismo del siglo XX descrito por Rosa Luxemburgo, quien escribió: “Sobre la base de la imposición indirecta y las aduanas elevadas, los gastos del militarismo se sufragan en su mayor parte  por la clase obrera y el campesinado.”[45] Estas pérdidas corresponden a los beneficios ya que: “El militarismo es también en lo puramente económico, para el capital, un medio de primer orden para la realización de la plusvalía, esto es, un campo de acumulación.”[46] O dicho de otra forma: “Lo que pierde la gran masa de capitalistas que producen medios de subsistencia para la clase obrera, lo gana un pequeño grupo de grandes industriales, tomándolo del ramo de la guerra.”[47] Esto último va en consonancia con  la idea de una reproducción ampliada negativa de Bujarin,[48] que consiste en una deducción de la riqueza “civil”, a medida que se expande el sector productor de medios de destrucción.

Vale la pena confrontar estas últimas opiniones sobre el impacto global de la guerra, siendo todas  pesimistas en cuanto a los resultados que ésta genera en la economía y la sociedad, con puntos de vista de economistas forjados en otra  dirección como son Malthus y en particular Keynes. El primero,[49] consideró que las guerras en la historia de la humanidad eran positivas, en la medida que permitían reducir la brecha entre el exceso de población y la menor disponibilidad de alimentos, y que en la sociedad de su época permitían consumir una parte del sobreproducto social por sectores improductivos y garantizar ampliar lo que luego se  llamó demanda efectiva. El principio de la demanda efectiva debe llevar a la realización de políticas tendientes a aumentarla, de tal forma que Keynes consideró que las causas económicas de la guerra eran “el empuje de la población y la competencia por los mercados.”[50] Para este economista “La construcción de pirámides, los terremotos y hasta las guerras pueden servir para aumentar la riqueza, si la educación de nuestros estadistas en los principios de la economía clásica impide que se haga algo mejor.”[51] Pero esta idea de que las guerras son benéficas y ya no tormentos como en el pasado se reafirma con el pensamiento económico moderno, principalmente de la economía neoliberal basada en los principios de la economía neoclásica, la teoría ortodoxa de los mercados, la teoría de la población y el monetarismo en sus distintas variantes (véase aquí, por ejemplo, la influencia del “pensamiento único” promulgado por  Friedrich Von Hayek[52] entre otros), claro, sin olvidar mezclar bien. Por eso la explicación dada con el reforzamiento de la economía de guerra en EUA, lo que incluye booms financieros especulativos, a raíz  del 11 de septiembre del año 2001, como un retorno a Keynes y al fomento de un mayor gasto y déficit públicos, aunque limitados por la concepción (neoconservadora) neoliberal dominante a escala mundial por cuanto se requiere de tan sólo un “Estado mínimo”, va de la mano con la percepción de que la intervención del Estado en la economía  busca en lo fundamental el fortalecimiento de la propiedad privada y la intervención limitada del Estado en cuanto a competir con la iniciativa privada, lo que es común denominador en el terreno del pensamiento económico contemporáneo y nos demuestra que el keynesianismo y el neoliberalismo mantienen una continuidad en la defensa del “mundo (o mejor dicho mercado) libre”. Así, Keynes concluye en su obra cumbre: “Pero por encima de todo, el individualismo es la mejor salvaguarda de libertad personal si puede ser purgado de sus defectos y abusos, en el sentido de que, comparado con cualquier otro sistema, amplía considerablemente el campo en que puede manifestarse la facultad de elección personal (…) Por consiguiente, el ensanchamiento de las funciones del gobierno yo las defiendo (…) por ser condición del funcionamiento afortunado de la iniciativa individual.”[53] No hay que perder de vista que la reafirmación de la propiedad privada, o del proceso de privatización, es irrecusable (y en teoría reversible) y que por tanto la intervención estatal no es directa tanto como a través de subvenciones y transferencias de capitales a los sectores que tienen en la guerra un elemento fundamental para expandir los mercados en la fase del periodo de paz posterior a la Guerra Fría. Como decía Engels: “Pero la historia es la más cruel de las diosas y conduce su carro triunfal sobre montañas de cadáveres, no sólo en la guerra sino también en tiempos de desarrollo económico  “pacífico”.[54]

Así pues la guerra dejó de ser arte militar, “el arte militar se transforma en política, pero en una política que, en vez de redactar notas, libra batallas.”[55] Esto suena lógico pero lo contrapunteó (conceptualmente) Napoleón cuando dijo: “El cañón mató al feudalismo, la tinta acabará a la sociedad moderna.”[56] ¿Fue una visión demasiado optimista? O más bien, lo que ocurre es como advirtió Clausevitz al señalar los objetivos de su obra, “cada época posee su estilo de guerra, sometida a sus condiciones que la limitan, a sus dificultades. En consecuencia cada guerra tendrá su propia teoría, sean cuales fueren, por lo demás, los principios filosóficos sobre los cuales se busque siempre, tarde o temprano, hacer descansar esa teoría.”[57]


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La guerra dejó de ser un asunto sagrado (guerras floridas). Como dice el poema en lengua náhuatl: “Levantáos, vosotras, hermanitas mías/ vayamos, vayamos, buscaremos flores/ vayamos, vayamos, cortaremos flores./ Aquí se extienden, aquí se extienden/ las flores del agua y el fuego, flores del escudo,/ las que se antojan a los hombres,/ las que son placenteras:/ flores de guerra.” O bien este segundo poema: “Orgullosa de sí misma/ se levanta la ciudad de México-Tenochtitlan/ Aquí nadie teme la muerte en la guerra/esa es nuestra gloria. Este es tu mandato. ¡Oh dador de la vida!”[58] O como en el islamismo, donde la guerra santa es un principio fundamental,[59] y no una puja caballeresca, un juego[60] o un  duelo de honor medieval. La guerra sigue siendo una tragedia,  no ya un arte,  sino un asunto de gran negocio. Hoy, en primer lugar, un negocio mediático, informativo; y en segundo lugar, de toda la economía, en especial la economía de guerra, en tanto que es producto (o causa) de una paz anterior (o posterior) y que lo es en términos de determinados periodos de supuestas paces. Un botón de muestra en la era de la posguerra fría está en las guerras locales, o los operativos militares de alta o baja intensidad[61] (del Estado global desde Panamá, Granada, Irak, Afganistán, etcétera). Y aún dentro de Estados Unidos, el pueblo está armado no para la guerra civil o revolución política, o bien  entendida  en el sentido del terrorismo,[62] sino en el de la cultura de la muerte, que prevalece en el caos y se difunde por todo el espectro mediático global. No está de más agregar que, en cuanto al terrorismo, en el que se inspira más el miedo característico de la guerra, se ejerce cotidianamente contra la naturaleza, al ser ella el soporte de toda vida humana, objetivo central de estos actos.

El derecho a la resistencia proviene del hecho de que “la guerra no deriva necesariamente del hecho de la invasión sino del hecho de la defensa que el invadido opone al invasor y que genera la guerra”,[63] ya que “el vencido depositará toda su esperanza en la superioridad moral que la desesperación siempre otorga a los valientes, considerará entonces la audacia más grande como si fuera la más alta sabiduría, utilizando las estratagemas más audaces, y si el éxito le es negado, encontrará sucumbiendo gloriosamente el derecho a una futura resurrección.”[64] Lo que traducido a enfrentar la crisis ambiental, significa que la naturaleza también se defiende.[65] Por lo demás,  es necesario distinguir entre  guerras justas e injustas escribió, Bartolomé De las Casas.[66]

Frente a la economía de guerra está presente el derecho a la insurrección popular, de ahí las estrategias contrainsurgentes en el plano de la guerra global y total, lo cual ocurre cuando “el elemento de hostilidad se desencadenará íntegramente.”[67] Sin embargo, en una conducción de desobediencia civil y diálogo a través de la movilización popular es una vía que permite cumplir la máxima de Sun Tzu: “Porque obtener 100 victorias en cien batallas no es el colmo de la habilidad. Someter al enemigo sin librar batallas es el colmo de la habilidad (…) Así un ejército victorioso obtiene sus triunfos antes de recurrir al combate”,[68]  o también como ecribió Lao Tse: “cuando el Tao reina en el imperio los caballos de guerra son usados para arar en los campos.”[69] “Con la rectitud se gobierna el imperio. Con la habilidad se empuñan las armas. Pero con la no-acción se conquista el mundo.”[70] “El gran general no posee deseos de guerra. El gran guerrero no es violento. El gran conquistador no combate. Aquel que es grande se mantiene debajo de sus hombres. Esta es la virtud de la no-acción.”[71]

Empero, la era de la economía de guerra permanente requiere,  hoy más que nunca, recursos de la sociedad entera para poder sobrevivir. Por eso, cuando nos preguntábamos las razones del porqué la guerra se ve como progreso en la actualidad, decía Paul Sweezy –el reputado economista marxista norteamericano, a fines de los setenta en México, entre bromas y en serio, pero más con risas irónicas– que la solución a la crisis del capitalismo podría ser ”declararle la guerra a ... Marte”. De esta forma, “habría una demanda efectiva siempre en expansión continua y sostenible –dirían muchos por aquello de la abundancia de minerales raros y otros conocidos por la industria–. La producción se revitalizaría y con ella el comercio y la banca. Los obreros estarían felices con más empleo y mejores salarios, los capitalistas con rápidas y elevadas ganancias, los rentistas con propiedades e ingresos al alza, y el Estado recibiendo con menores tasas impositivas una mayor cantidad de dinero. Por su fuera poco, la destrucción, efecto de la guerra, no afectaría a la Tierra pues hasta ahora no se conocen marcianos, por lo cual estaría indemne de cualquier posibilidad de hostilidad”. Sin embargo, tal guerra no pasa del chiste pues a lo mucho a que se ha llegado, en relación con los potenciales marcianos, es a  mandar el juguete Spirit como antes el Pathfinder, sondas espaciales. Al margen del buen humor, es obvio que la izquierda mundial tuvo la tendencia a hacer una apología de la guerra, entre otras cosas porque les tocaba a los revolucionarios reducir el dolor del parto de la nueva sociedad, ergo, había que desarrollar los medios de destrucción con la finalidad de ganar la competencia espacial, bélica y económica en general a Estados Unidos. Y lo creyó, aún más la burocracia socialista soviética y no soviética, quienes nos recordaron que el completo dominio del hombre sobre la naturaleza era un presupuesto para la realización del comunismo y este implica la destrucción de las clases reaccionarias y la abolición de la propiedad privada. A esto se aúna la visión rimbombante del keynesianismo revivido (reloaded), que no hace sino reforzar la justificación de la guerra mediante  artificios monetaristas o consumistas. Pero no es cosa solamente de entender las diferentes visiones en la antigüedad y la modernidad sobre la guerra y su impacto económico, ecológico y social, sino de preguntarnos cuál es el efecto de ésta en la economía. Y no cabe duda que no sólo es la visión equivocada, sino el hecho real de que los conflictos bélicos, generalizados o no, tienen un sustrato que es la guerra económica como fenómeno total. Y la realidad es que en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial, o periodo de la Guerra Fría, el capitalismo vivió momentos de evidente bienestar. Pero las guerras contemporáneas causan a la larga más pérdidas que beneficios, aunque en el corto plazo ocurre siempre lo contrario. Esto significó no nada más el fin del Estado de Bienestar, sino también  un nuevo  papel de la guerra y la economía de guerra en el crecimiento económico global aunque sea éste el mínimo, y no un estado de crisis recurrentes que arruinan países por entero. Y también por ser cíclico y por tanto pasajero dicho bienestar, el cual se prometió al mundo, pero como dijera Keynes, el sistema de mercado no cumple lo que promete. Y esto quiere decir ir más allá de las consideradas fallas del mercado,[72] amén de que el mayor bienestar en los países ricos representa los dividendos del imperialismo global,[73] a costa de los países pobres y de sus propios nuevos pobres. Por lo tanto también ocasiona un sinnúmero de catástrofes ambientales y sociales de todo tipo[74] a escala planetaria. El impacto lo conocemos en cuanto a la devastación del hombre y la naturaleza. Esto significa que el costo ecológico y social de la civilización de la guerra o de la deseconomía de la guerra no se cubre, y en consecuencia, que la categoría central de la economía política, como es el valor, se trueque en su contrario: el no-valor.[75] Lo cual significa que las condiciones eco socialmente necesarias para la reproducción de un artículo no son satisfechas. Pero la guerra ha sido el principal catalizador del progreso humano hasta ahora, desde el uso del garrote a la bomba nuclear. Aquí se desarrolló primero el salario, ahí se establece el armazón técnico en conexión con el desarrollo de las fuerzas productivas (ya que en la guerra la tensión entre las dos partes lleva a aplicar su mayor esfuerzo y capacidad tecnológica, por tanto la guerra pone a prueba el estado del arte y la ciencia de cada época, en forma tal que la historia de la tecnología tiene que ver con la guerra desde la pólvora hasta la computadora), así como de la distribución de los medios de producción.[76] La relación de la guerra con la distribución se muestra claramente por el hecho de que, partiendo de las proporciones económicas entre  los tres sectores tradicionales del ejército, caballería, infantería y fusileros, cambian por una nueva doctrina o plan militar, pero cambian mucho más con la sustitución de hombres y caballos por máquinas, y éstas por sistemas tecnológicos más avanzados. Hoy a EUA le bastan cuatro submarinos nucleares para tener vigilado el mundo marítimo, o un sistema de satélites en vez de un ejército de espías. De esta manera nos da un ejemplo Clausevitz: “De acuerdo con la experiencia, un escuadrón de 150 caballos, un batallón de 800 hombres  y una batería  de 8 piezas de seis libras, cuestan casi lo mismo.”[77] Hoy en el plano de la globalización y como la guerra lo acelera a raíz del ataque de EUA y el “mundo libre” contra el terrorismo en Afganistán, Irak, Palestina, Filipinas y Colombia, los Estados pequeños están más amenazados de perecer que antes. Esto lo anticipó con claridad Hegel cuando afirmó que “los Estados pequeños tienen su existencia y tranquilidad más o menos garantizada por los otros; por eso no son verdaderos estados independientes y no pueden resistir la prueba de fuego de la guerra.”[78] Sin embargo se equivocó, ya que esos “pueblos sin historia” cambian su carácter cuando las condiciones de la historia mundial marcan las pautas para definir los nuevos periodos históricos, y esto quiere decir que la suerte no está echada aún, pues Cronos, ese gran devorador del hombre y la naturaleza, se encarga de poner las cosas en su sitio pero también de cambiarlas de lugar. Y es por eso que los perdedores tienen siempre viva la flama que permitirá su posterior resurrección como hoy ya ocurre, puesto que con la globalización surgen también nuevos Estados. Unos mueren, otros nacen o renacen. Hoy hay un mayor número de Estados (la mayoría dependientes realmente, sólo formalmente independientes o semi independientes) en el mundo que en el pasado, y no menos. Por tanto la globalización no desaparece al Estado-nación, al menos no todos, aún en el marco de la guerra comercial Norte-Sur, y la inevitable entre los tres bloques comerciales hegemónicos a nivel mundial; lo que sí genera es un Estado global, pero aún  éste constituye  un sistema mundial de Estados (sin que sea necesario desparecer a los Estados-nación en cuanto tales). Aún más: ¿De qué depende la existencia nacional?, obviamente de las fuerzas internas pero igualmente son importantes los factores externos, sin los cuales la coyuntura interna no hará más que frustrar o fracasar una insurrección popular o una rebelión nacional contra las representaciones en el país de los intereses del capital extranjero, tanto de empresas transnacionales y bancos, como poseedores de títulos del país pequeño en los mercados de dinero y de capitales en las principales plazas financieras, no sólo de los países desarrollados sino también de los económicamente pequeños.

 

Capitulo segundo. La naturaleza de la guerra contra la naturaleza humana y no humana

Cuando pusieres cerco a alguna ciudad, peleando contra ella muchos días para tomarla, no destruyas su arboleda metiendo en ella hacha, porque de ella comerás; y no la talarás, que no es hombre el árbol del campo para venir contra ti en el cerco.

Mas el árbol que supieres que no es árbol para comer, lo destruirás y lo  talarás, y construye baluarte contra la ciudad que pelea contigo hasta sojuzgarla. Deuteronomio XX. 19 y 20

 

Generalidades

La guerra feroz y prolongada que viene librando el hombre, o mejor dicho la  civilización occidental contra la naturaleza, entendida ésta en su sentido preciso de la ecósfera, pero también como la madre nuestra de todos, se pierde todos los días. De nada sirve el orgullo y vanidad, que han sido el complemento de la estupidez e ignorancia humanas (Séneca), para justificarla, ya que esta guerra se perdió de antemano. Y no se puede ocultar que se trata en realidad de la derrota no del hombre, sino más bien de la civilización basada en el lucro absoluto, y que tiene como signo el triunfo final y definitivo del sistema económico y social dominante sobre la naturaleza. “Así como el salvaje debe bregar con la naturaleza para conservar y reproducir su vida, también debe hacerlo el civilizado, y lo debe hacer en todas las formas de sociedad y bajo todos los modos de producción posibles. Con su desarrollo se amplía este reino de la necesidad natural, porque amplían sus necesidades; pero al poco tiempo se amplían las fuerzas productivas que las satisfacen. La libertad en este terreno consiste en que el hombre socializado, los productores asociados, regulen racionalmente este metabolismo suyo con la naturaleza  poniéndolo bajo su control colectivo, en vez de ser dominados por él como un poder ciego; que lo lleven a cabo con el mínimo empleo de fuerzas  y bajo las condiciones más dignas y adecuadas a su naturaleza humana. Pero, con todo ello, siempre seguirá siendo éste un reino de la necesidad. Al otro lado de sus fronteras comienza el despliegue de las fuerzas humanas que se considera como fin en sí, el verdadero reino de la libertad, que sin embargo sólo puede florecer  tomando como base aquel reino de la necesidad.”[79] Como puede derivarse de esta cita, el metabolismo hombre-naturaleza debe ser puesto bajo el control colectivo de la sociedad, al servicio de la naturaleza humana. Es la natura la que le sirve al hombre y éste controla y domina a ella, hasta el punto de ir más allá del reino de la necesidad, lo cual es imposible sin embargo.

O como en la siguiente cita de Engels: “Las condiciones de vida que rodean al hombre y que hasta ahora lo dominaban se colocan, a partir de este instante, bajo su dominio y control, y el hombre, al convertirse en dueño y señor de sus propias relaciones sociales, se convierte por primera vez en señor consciente y efectivo de la naturaleza. Las leyes de su propia actividad social, que hasta ahora se alzaban  frente al hombre como leyes naturales, como poderes extraños que lo sometían a su imperio, son aplicadas por él con pleno conocimiento de causa y, por tanto, sometidas a su poderío.[80] (Las cursivas son mías). Aquí sobresale el enseñoreo y sojuzgamiento bíblicos sobre la naturaleza, a la que se ve como algo “extraño”. O sea que ahora ya no le sería extraña porque ejerce su poder sobre ella. Por lo cual se vislumbra la enajenación de la naturaleza al hombre, cuando se apropia de ella, siendo la naturaleza la que sirve al hombre, no obstante que en la ecología se sirven mutuamente. De otra parte, se destaca la insistencia en el dominio, control y poder sobre la naturaleza. De esta forma, puede constatarse que la destrucción de la naturaleza no sólo es obra del capitalismo o del socialismo, sino de un principio teórico filosófico, consistente en esa oposición hegeliana-marxista hombre-naturaleza que sólo puede quedar resuelta en el marco del comunismo.[81] Sin embargo, en este caso la solución pasa por consolidar el dominio sobre ésta, lo cual significa que la eliminación de la explotación entre los hombre nunca pudo ser posible mientras se mantenga el presupuesto de que la eliminación de la explotación entre los hombres pasa por el control, dominio y poder sobre la naturaleza y viceversa. Así que aun cuando Marx da cuenta del conflicto hombre-naturaleza y su superación en el comunismo, este significaba “la explotación sistemática y organizada de la tierra.”[82] Todo lo cual quiere decir que el final de la explotación entre los hombres pasaría por reforzar la explotación de la tierra, no por su eliminación.[83] Por tanto, es también el colapso de un modo específico de pensamiento: se trata de una guerra contra el planeta, su población y toda forma civilizatoria y mentalidad que no sean las del capital. Esta guerra contra la Tierra es también una guerra contra el mundo[84] comprendido en su variada riqueza; se alimenta de nuevos pretextos reforzados por las guerras económicas, sociales y culturales del pasado, siendo acicateada y magnificada por las ideologías mercantilistas-monetaristas y fundamentalistas a la vez del presente; ya que todas ellas giran alrededor del proceso de destrucción, o mejor dicho, de un modo de producción sustentado en la destrucción.


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Con el afán de ejercer su plena soberanía y dominio total, aspiraciones finalmente irrealizables, la humanidad sojuzgada por la Bestia llamada también la barbarie del capital ha terminado por romper la placenta que protegía los reservorios-madre, así como las fuentes de los recursos que el hombre ha arrancado a la natura; ha saturado los sumideros con los desperdicios de la posmodernidad y cargado la atmósfera con la acumulación de energía disipada y no disponible.[85]

La abusiva utilización de energía no renovable y materiales contaminantes genera irremisiblemente, bajo las condiciones vigentes, la dilapidación de los mismos, acelerando su conversión en deyecciones de la producción o consumo. Este estilo de producción y de vida, ha corrompido[86] a la madre tierra, en sus mismas condiciones de existencia, en su misma corporeidad terrenal. Tal situación la ha vuelto extremadamente frágil, al punto de provocar el aborto de la vida en general, y obligado a manar sangre por las heridas causadas en su propia mundanidad,[87] así como a soportar un malestar inconmensurable en sus entrañas; dolor que se transmite a los hombres y mujeres en tanto órganos conscientes que son de la naturaleza. Por ello el dolor humano se multiplica hasta el infinito cada vez que se deteriora o desaparece un bosque, que se extraen hasta su agotamiento las minas y los pozos petroleros o depósitos de gas o de agua; que se modifica la estructura del suelo, es decir su composición química, y se destruyen los ecosistemas y agroecosistemas, más aún cuando de ecosistemas humanos se trata.

Se impulsan en cambio los ecosistemas urbanos, sumamente artificiales, destructores de todo lo que aquí y allá la naturaleza había tejido pacientemente: delicados arreglos en la perspectiva del tiempo humano prácticamente fugaz; estables balances energéticos y una enorme riqueza biológica, así como cuerpos vitales que mantuvieron interacciones dinámicas milenarias, vínculos entre los seres vivos y su entorno; finalmente, cancelando las fuentes primigenias del placer, que no es “el contacto directo con la naturaleza” por el hombre moderno (Eros y civilización),[88] pues el hombre vive no con sino dentro de la naturaleza.

Sin embargo, “el ser humano se vuelve planetario cuando rescata su dominio de sí, su arraigo a su territorio inmediato, la identificación de su nación y su cultura local y luego finalmente su papel en el mundo. Este proceso de abajo hacia arriba le da sentido a su existencia y lo hace partícipe de un mundo que debe ser diverso no sólo biológicamente sino culturalmente.”[89] Es decir, que la falta del dominio humano de sí y del control de sus propias circunstancias que eviten que éstas por el contrario se vuelvan contra él,  es cosa de todos los días. Y esto, que incluye tanto los aspectos exteriores como los interiores, ha llevado al hombre a construir un sistema mundial de depredación, pues no es el hombre quien por naturaleza sea o haya sido depredador,[90] ya que en su origen mantiene una relación de compatibilidad[91] (Génesis) con la naturaleza: ”Ahora bien, en el razonamiento de Darwin, estos sentimientos sociales o instintos sociales y otros semejantes tales como la importantísima emoción de la simpatía, habrían de intensificarse por medio de la selección natural, pues en efecto aquellas comunidades que congregasen a la mayor cantidad de integrantes que más simpatizaran entre sí florecerían mejor y criarían a la prole más numerosa.”[92] En este sistema económico y social el individuo actúa también como depredador respecto de sí mismo y los otros, y ello ocurre además de afectar de manera irreparable a las demás especies, así como las condiciones generales de toda forma de vida. Esto es resultado de la destructividad,[93] instinto animal y humano que se expande debido al interés económico e ideológico; refuerza la base negativa civilizatoria del mundo moderno (o posmoderno)  y destruye la mundanidad del mundo,  más no así su cosmopolitismo negativo: la explotación de la tierra y del hombre.

El modo civilizatorio global conocido hasta hoy incluye por lo menos los siguientes aspectos bélicos frente a la naturaleza:

  1. Perturbación y finalmente destrucción de la biósfera, como resultado del crecimiento económico y del “bienestar” correspondiente (emisiones de gases invernadero, adelgazamiento de la capa de ozono, deforestación, lluvia ácida, contaminación y desertificación, todas las cuales se expresan en el calentamiento global).[94]
  2. Desata procesos irreversibles que se traducen en un desgaste mayúsculo de la corteza terrestre, en especial del mantillo superior que es fundamental para la reproducción de la vida.[95]
  3. Altera, sin reparar en ello, los procesos geológicos interiores a través de la manipulación de las capas subterráneas que se sitúan (placas tectónicas) debajo de la superficie terrestre, mediante la extracción a profundidad de minerales y energía fósil, y también por experimentos belicosos.
  4. Asimismo, trastorna drásticamente el metabolismo basal, que durante millones de años creó[96] las condiciones para la simbiosis orgánica entre el hombre y la tierra, la vida misma.
  5. Agota precipitadamente todos los dones de la naturaleza, o sea las fuentes de toda forma de riqueza transformada por el hombre, y sin las cuales  no transformaría nada.[97]
  6. Continúa con el impulso a diversos sistemas productivos extractivos y depredadores, que presionan exagerada e innecesariamente a la tierra, desde el punto de vista de una racionalidad ambiental alterna.[98]
  7. El hombre y sus obras se imponen sobre las condiciones naturales como si éstas fueran un simple montón de recursos económicos (en el doble sentido económico, de valor de uso –o “valor de no uso”– y valor de cambio) a su disposición, pero sin aquellas el hombre no podría ni sobrevivir. De ahí que resulte falso el postulado de la economía neoclásica ambiental, de que es posible la sustitución de la naturaleza por el capital, lo que indica esa posición teórica de que finalmente no es importante el agotamiento de los recursos naturales, puesto que las nuevas tecnologías los suplirán.[99]
  8. Fomenta la ideología de la explotación y destrucción como condición, forma y resultado del progreso; la sostenibilidad en el tiempo y la sustentabilidad organizada de la guerra, aumentando las crecientes viejas y nuevas incompatibilidades que mediante diversos conflictos estallan al través del ejercicio bélico en sus múltiples manifestaciones en tanto la presencia de la  guerra total.
  9. Disminuye el sistema natural defensivo del individuo y socialmente  hablando vuelve más débiles las formas de protección, aumentando las interferencias y alteraciones sobre los procesos vitales. Por tanto, disminuye la eficacia de los mecanismos naturales autorregulatorios para la reparación y reposición de dichos procesos (salud ambiental).[100]
  10. Permite bloquear los diversos modelos alternos locales, basados en el pluralismo económico y conceptual ante el modelo neoliberal impuesto globalmente, y que busca la uniformidad de las formas económicas.
  11. Al perturbar los procesos homeostáticos destruye los paisajes naturales y crea arreglos artificiales de mal gusto que chocan con una visión ética y estética antiquísima ofreciendo en cambio una visión profundamente urbanizadora y contraria al mundo rural.
  12. Deteriora fuertemente las condiciones que pueden ser consideradas como más adecuadas para la reproducción eco social, incrementando la energía no disponible (entropía). “Como lo refieren Austin y Bruch, “Quizá la más destructiva de las actividades del hombre que atentan contra el ambiente es la guerra. Por siglos, los comandos militares han hecho del ambiente su blanco tratando de obtener cualquier posible ventaja sobre sus adversarios. En la Tercera Guerra Púnica, las legiones romanas salaron la tierra alrededor de Cartago para evitar que los cartagineses recobraran Roma: durante la Guerra Civil de Estados Unidos, el General Sherman llevó a cabo una terrible deforestación a lo largo y ancho del sur intentando dañar la moral de la Confederación; en la Primera Guerra Mundial los británicos incendiaron los campos petroleros de Rumania; en la Segunda Guerra Mundial, Alemania y la Unión Soviética emplearon tácticas de “arrásalo todo para que no lo aproveche el enemigo”; en la Guerra de Corea, Los Estados Unidos bombardearon las presas coreanas; y la Guerra de Vietnam mostró los crecientes efectos devastadores sobre el ambiente de la moderna tecnología militar dejando un saldo de ecosistemas enteros destrozados, al tiempo que la Guerra del Golfo mostró el más concentrado esfuerzo por destruir el medio ambiente del enemigo.”[101]

 


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El resultado es una explosiva “crisis de la Tierra”,[102] producto de la excesiva humanización de la naturaleza, que se expresa en las llamadas enfermedades planetarias, que no son más que producto de la ruptura de los metabolismos naturales y los procesos de autorregulación energética y material milenarios. En la vida cotidiana de esta crisis ambiental global descomunal están presentes los desastres naturales, especialmente el cambio climático global. Así que no queda más que convivir con estas enfermedades. Es el producto inevitable de la guerra mundial permanente contra la naturaleza y la humanidad.

Esta guerra se acelera a su vez con todo progreso científico y tecnológico y su estandarización, los cuales pretenden borrar la abigarrada diversidad de situaciones en que se aplica adopta y transfiere la tecnología; y aún con la presencia ya de la marca ecológica o ambiental, esto sólo ha disimulado el impacto negativo.[103] Y por su parte, la expansión de las tecnologías tradicionales[104] no ha aminorado el malestar por la guerra global pues su incidencia es territorialmente localizada e insignificante al nivel planetario. Se ha optado entonces por una solución tecnológica no conservacionista.[105]

Las modernas tecnologías de la comunicación se han convertido en un negocio  altamente lucrativo destinado a programar la mente y los corazones de los millones de usuarios, homogeneizando puntos de vista y generando un lenguaje plano que, a través de la comunicación entre las máquinas, constituye una de las más importantes fuentes de jugosas ganancias en la actualidad. La acelerada obsolescencia y la venta de servicios en paquete, que nunca se van a utilizar (lo que significa fraude), aunado al monopolio y a la manía de hacer incompatible con cualquier otro tipo de servicio de  comunicación, es ya una palanca de acumulación formidable pero que tiene aspectos tan negativos como el derroche energético y de materiales, la producción de artefactos que son altamente tóxicos y poco reciclables, pero sobre todo la mina de oro que constituye para el monopolio Microsoft es extraordinaria; además de las implicaciones negativas psicosociales y culturales de la robotización de la mente humana. Ya Humberto Eco ha advertido sobre el efecto en la incomunicación de las personas que acarrea.

Todo lo anterior no es más que una parte inherente a la agresividad de la sociedad postmoderna montada sobre la natura. Por ello, sin la disminución de aquella es de esperarse una “venganza de la naturaleza”[106] de mayor magnitud. Esto es posible sólo si se reducen las causas (crematística monetaria) de una guerra, conformada en el uso indiscriminado de la violencia contra la voluntad del otro; en este caso, contra la voluntad de los posesionarios cuya manifestación  económica, política y sociocultural  es fruto  del conflicto intercivilizatorio. Se trata entonces de la construcción de  una matriz de compatibilidades que exprese el desenvolvimiento de modelos múltiples pero integrados e interactivos, no pasivos, e insumo dependientes, sí orgánico-naturales. Sólo de esta forma podrán superarse los fundamentos del conflicto decisivo.

 

La cosmovisión de la guerra global

La economía de guerra global se sustenta en un principio filosófico fundamental: “El hombre aparece después de la creación de la naturaleza y constituye lo opuesto al mundo natural.”[107] “Ante el hombre aparece una red de fenómenos naturales. El hombre intuitivo, el salvaje, se confunde con la naturaleza. El hombre consciente se desprende de ella.”[108] Hegel agrega: “Porque la idea se pone como  la unidad absoluta  del concepto puro y de su realidad y se reúne de ese modo  con la inmediación del ser y por tanto como totalidad en esa forma es naturaleza.[109] Posteriormente, Engels arriba a una interpretación en la que “el dominio de la naturaleza se desarrolla en la industria en una escala más colosal que en la agricultura.”[110]

Por tanto hablamos no sólo del dominio real, sino del que proviene del dominio espiritual del hombre sobre la naturaleza. Es el ecosistema mental[111] el que está funcionando mal y por tanto esto se presupone  también en los ecosistemas naturales. Parejo al dominio cartesiano de la naturaleza,[112] todavía no asimilando la revolución de Copérnico,[113] sus bases están en la intolerancia y el rechazo a los otros, a los que no piensan como nosotros. Así, los hebreos cultivaron la idea de que los no creyentes eran merecedores de lo peor, ya que: “Cuando salieres a la guerra contra tus enemigos, y vieres caballos y carros, un pueblo más grande que tú, no tengas temor de ellos, que Jehová tu Dios es contigo, el cual te sacó de la tierra de Egipto.”[114]  “Y no perdonará tu ojo: vida por vida, ojo por ojo, diente por diente, mano por mano, pie por pie.”[115] Y en lo que sería una verdadera declaración de guerra santa que no se distingue de la jihad islámica más que por la forma, se anuncia: “El fruto de tu tierra y todo tu trabajo, comerá pueblo que no conociste; y nunca serás sino oprimido y quebrantado todos los días.”[116] “Servirás por tanto a tus enemigos que enviará Jehová contra ti, con hambre y con sed y con desnudez y con falta de todas las cosas, y el pondrá yugo de hierro sobre tu cuello, hasta destruirte (…) Jehová traerá sobre ti gente de lejos, del cabo de la tierra, que vuele como águila, gente cuya lengua no entiendas.”[117] “Y vendrán sobre ti carros, carretas y ruedas, y multitud de pueblos. Escudos y paveses, y capataces pondrán contra ti en derredor, y yo daré el juicio delante de ellos, y por sus leyes te juzgaran.”[118] Por algo las guerras religiosas se consideran las más sangrientas, más aún que la guerra de razas. “(…) y hollaréis a los malos, los cuales serán ceniza bajo las plantas de vuestros pies, en el día que yo hago, ha dicho Jehová de los ejércitos.”[119]  Y también en el Nuevo Testamento, fundamento del cristianismo, San Mateo dice: “No penséis que he venido para meter paz en la tierra, no he venido para meter paz, sino la espada.”[120] Y finalmente, la advertencia: “He aquí, yo os envío a Elías el profeta, antes de que venga el día de Jehová grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres: No sea que yo venga y con destrucción hiera a la tierra.[121] La advertencia es ya hoy una realidad, que en el caso del sionismo significa realizar “la misión bíblica del Gran Israel (y desde la Nueva Jerusalén, es decir, New York), de un pueblo, una nación, un Dios, y expulsen a todos los palestinos de la Tierra Prometida en exclusividad. La opinión pública mundial no debe instalarse en la pasividad y permitir que la tragedia del Holocausto del siglo XX se repita en el siglo XXI.”[122]

De otra forma: que la paz, es paz en la tierra para poder ser real paz; ella pasa por la paz con la humanidad.

Empero, la guerra global contra el terrorismo, que pretende ser el parteaguas de un nuevo periodo histórico, significa varias cosas: reafirmación del poder global del sistema corporativo trilateral apoyado en USA: ”Los Estados Unidos están luchando por extender su dominio sobre la suma total de las cosas, por hacerse dueños íntegros y absolutos de la naturaleza, en todos sus aspectos (…) Ocupar el asiento de Dios, repetir sus hazañas, recrear y organizar un cosmos hecho por el hombre según las leyes humanas de lo racional, lo eficiente y lo predecible; éste es el objetivo último de los Estados Unidos (…) destruir todo lo primitivo, todo cuanto nace en desordenada profusión, o evoluciona a través de pacientes mutaciones.”[123]

Significa también la tecnología en manos de unos pocos; la búsqueda por lograr derrotar el ánimo de los estadounidenses, e infligir una derrota moral, aguarda el camino para insurrecciones.[124] Así pues ésta  es una guerra silenciosa en la que se impone la voluntad al otro por medio de la violencia, hoy de la propaganda y la publicidad.  Sin embargo “(…) aceptar la Teoría del Mal en la Historia (es) conceder a los diplomáticos norteamericanos un poder profético que jamás han desplegado.”[125]Se trata hoy de guerras privadas. Las ganancias son privadas y las pérdidas sociales ya que las paga la población, en especial los más pobres y mientras los sectores productivos se colapsan el resultado es una crisis permanente global, con la máscara, o mejor dicho, el maquillaje biotecnológico del desarrollo sostenido. Hoy más que nunca el dilema espartaquista: “socialismo o barbarie”, sigue vigente bajo la forma de: “sociedad alternativa o bestialidad”. Esto significa que  son los intereses de un puñado de millonarios que, como bien decía Lenin, viven en un paraíso financiero mientras los pobres viven en un campo de concentración,[126] o bien de un puñado de burócratas (también millonarios). Hoy la dimensión de la lucha social no está reducida a los intereses de una parte de la sociedad sino de su aplastante mayoría (lo cual incluye no a todos los pobres, por haber sido mediatizados, y sí a algunos ricos que logran entrar por el ojo de la aguja). Así entonces el verdadero paradigma que comienza a funcionar no es ya el del liberalismo o la dictadura del proletariado, sino el de la supervivencia de la humanidad como tal. Y también, por supuesto, el necesario rescate de la tierra, esta nave espacial[127] cuyo pasajero es el hombre, aprendiz de conductor. Por ello la paz sólo puede construirse como consecuencia de un armisticio de carácter mundial. Éste significa, si ya no la expropiación de los medios de destrucción, sí su prohibición, destrucción y confinamiento (en el caso de elementos radioactivos, o altamente tóxicos, como en Chernobyl). Es la paz de los consensos, no de los maniqueísmos. Es el fin a la guerra entre Estados, razas, religiones, pueblos, frente a la resurrección del perdedor. Bienaventurados los pobres.[128]

Pero aún continuaría la guerra del hombre contra la naturaleza. Su origen se encuentra en la economía. “Las únicas ruedas que pone en movimiento la economía son la codicia y la guerra entre los codiciosos, la competencia.”[129] Se trata en cambio de encontrar los caminos que lleven a la verdadera  paz en la tierra.[130] Paz entre los hombres y mujeres. Sin embargo, de todas formas no podríamos borrar la imagen del mundo en desgastes como los define Derrida[131]  y lo expresa Ovidio en su poema “Metamorfosis”:

Muchas veces se vieron antorchas ardiendo en medio de las estrellas, y   llovieron chubascos sangrientos y el rostro de Lucífero se cubrió de herrumbre; el carro de la luna se ensangrentó, el búho funeral anunció en innumerables partes la desgracia, lloraron las estatuas de marfil, y -se afirma- se oyeron cantos y voces amenazantes en los bosques sagrados.[132]

 

Notas:

[1] Véase a J. Baird Callicot, “En busca de una ética ambiental”, vol. I. En: Teresa Kwiatkowska y Jorge Issa (compiladores). Los caminos de la ética ambiental. UAM-CONACYT-Plaza y Valdés. México, 1998. p. 140.

[2] Edgar Morin y Anne Briggite Kern. Tierra Patria. Nueva Visión. Buenos Aires, 1993. Asimismo, de Leonardo Boff, Ethos Mundial. Sao Paulo, 2002.

[3] Bartolomé De Las Casas. Doctrina .UNAM, México, 1982, p.13.

[4] Federico Engels. Antidühring. Grijalbo, México, 1974, p. 174.

[5] Karl Marx. Fundamentos de la crítica de la economía política. Tomo I. Ciencias Sociales, La Habana, 1972.

[6] G.W.F. Hegel. Lecciones sobre la Filosofía de la Historia Universal. Biblioteca de Ciencias Históricas. Revista de Occidente, Madrid, 1974, p. 679.

[7] Citado por John Passmore. “El hombre como déspota”. En: Kwiatkowska e Issa, op. cit., p.182.

[8] Karl Marx, op. cit., p. 53.

[9] Miguel León Portilla (comp.). De Teotihuacan a los aztecas. UNAM, México, 1977, p. 351.

[10] Karl Marx, op. cit., p. 54.

[11] Karl Witfogel. Despotismo oriental. Guadarrama, Madrid, 1966, p. 76.

[12] Ibid., p. 54.

[13] Ibid., p. 60.

[14] Ibid., p. 61.

[15] “En varios lugares de El Capital aludo a la suerte que corrieron los plebeyos de la antigua Roma. Eran campesinos originariamente libres que cultivaban, cada cual por su propia cuenta, una parcela de tierra de su propiedad. Estos hombres fueron expropiados, en el transcurso de la historia de Roma, de las tierras que poseían. El mismo proceso que los separaba de sus medios de producción y de sustento sentaba las bases para la creación de la gran propiedad territorial y de los grandes capitales en dinero. Hasta que un buen día  la población apareció dividida en dos campos: en uno, hombres libres despojados de todo menos de su fuerza de trabajo; en el otro, dispuestos a explotar ese trabajo, los poseedores de todas las riquezas adquiridas. ¿Y qué ocurrió? Los proletarios romanos no se convirtieron en obreros asalariados, sino en una plebe ociosa cuyo nivel de vida era más bajo que el de los “blancos pobres” de los Estados Unidos y al margen de los cuales se desarrolló el régimen de producción, no capitalista, sino basado en el trabajo de los esclavos. He aquí pues, dos clases de acontecimientos que, aun presentando palmaria analogía, se desarrollan en diferentes medios históricos y conducen, por tanto, a resultados completamente distintos.” Karl Marx. El Capital. Tomo I (carta de Marx en el apéndice). FCE, México, 1974,  p. 712.

[16] Esto es totalmente distinto al caso de la esclavitud indirecta en la sociedad capitalista, basada en formas anómalas para la producción del capital. Según Marx, “Sin la esclavitud, Norteamérica, el pueblo más progresista, se transformaría en un país patriarcal. Si suprimimos a Norteamérica del mapa de las naciones tendremos la anarquía, la decadencia completa del comercio y de la civilización moderna (...) Es la esclavitud lo que ha dado valor a las colonias, son las colonias las que han creado el comercio universal; es el comercio universal lo que constituye la condición de la gran industria.” Karl Marx y Federico Engels. Materiales para el estudio de América Latina. Cuadernos de Pasado y Presente, núm. 30, México, 1975, pp. 152 y 153.

[17] Federico Engels, op. cit., pp. 154 y 155.

[18] Ibid., p. 177. Mientras Marx afirmó que: “Todas las conquistas suponen tres posibilidades. El pueblo conquistador somete al pueblo conquistado a su propio modo de producción (por ejemplo los ingleses en Irlanda en el siglo XIX y en parte en la India; o bien deja subsistir el antiguo modo y se contenta con un tributo (por ejemplo, los turcos y los romanos), o bien se establece una relación recíproca que produce algo nuevo, una síntesis (esto ha ocurrido en parte en las conquistas germánicas.” Karl Marx. “Introducción de 1857 a la crítica de la economía política”. En: Contribución a la crítica de la economía política. Cultura popular, México, 1972, p. 254.

[19] Karl Marx. El Capital. Tomo I. FCE, México, 1974, p. 639.

[20] Federico Engels, op. cit., p. 167.

[21] “Estos procesos idílicos representan otros tantos factores fundamentales en el movimiento de la acumulación originaria (de capital), cuyo escenario fue el planeta entero. Rompe el fuego con el alzamiento de los Países Bajos, sacudiendo el yugo de la dominación española, cobra proporciones gigantescas en Inglaterra con la guerra antijacobina, sigue ventilándose en China, en las guerras del opio, etcétera.” Karl Marx, op. cit., p. 639.

[22] “En esta fase última, la catástrofe económica y política es un elemento vital, una forma normal de existencia del capital, lo mismo que lo era en la misma “acumulación primitiva” de su fase inicial.” Rosa Luxemburgo. La acumulación de capital. Grijalbo, México, 1967, p. 452.

[23] “La guerra es el producto de medio siglo de desarrollo del capital mundial, de sus miles de millones de hilos y vínculos.” En: V.I. Lenin. Obras Escogidas en tres tomos. Tomo 2. Progreso, Moscú, p. 53.

[24] Federico Engels, op. cit., p. 162.

[25] Perry Anderson. El Estado absolutista. Siglo XXI, México, 1984.

[26] “El ejército se ha convertido en finalidad principal del Estado, ha llegado a ser un fin en sí mismo, los pueblos no existen ya más que para suministrar y alimentar soldados.” Federico Engels, op. cit., p. 163.

[27] “Antiguamente, ocho familias formaban una comunidad. Cuando una familia enviaba a un hombre al ejército, las restantes siete contribuían a mantenerlo. Así cuando se reclutaba un ejército de cien mil hombres, los que no podían atender plenamente a sus tareas de labranza y siembra sumaban setecientas mil familias.” Sun Tzu. El arte de la guerra. Coyoacán, México, 1999, p. 175.

[28] Carl Von Clausevitz. “De la guerra”. En: Clausevitz en el pensamiento marxista. Cuadernos de Pasado y Presente, núm. 75, México, 1979, p. 58.

[29] Ibid., p. 52.

[30] “La política  es la expresión concentrada de la economía (…) la política no puede dejar de tener supremacía sobre la economía.” V. I. Lenin. Obras escogidas en tres tomos. Tomo 3. Progreso, Moscú, 1981, p. 546.

[31] Clausevitz, op. cit., p. 54.

[32] Ibid., p. 88.

[33] “Nada le hizo el tigre cuando el Señor se echó a las espaldas la primera pintura. Luego se puso el Señor  la segunda pintura  con el dibujo del águila. El Señor se sentía muy bien, metido dentro de ella. Y así, daba vueltas delante de todos. Luego se quitó las  faldas ante todos y se puso el Señor la tercera manta pintada. Y he aquí que se echó encima los abejorros y las avispas. Y no pudiendo sufrir ni tolerar las picaduras de los animales, el Señor empezó a dar gritos a causa de los animales  cuyas figuras estaban pintadas en la tela (…) Así fueron vencidos (...)” 

“(…) Rodearon toda la ciudad, lanzando gritos, armados de flechas y de escudos, tañendo tambores, dando el grito de guerra, silbando, vociferando, incitando a la pelea, cuando llegaron al pie de la ciudad. Pero no se amedrentaban los sacerdotes y sacrificadores, solamente los veían desde la orilla de la muralla, donde estaban  en buen orden con sus mujeres e hijos. Solo pensaban en los esfuerzos y vociferaciones de las tribus cuando subían éstas por las faldas del monte”.

“Poco faltaba ya para que se arrojaran sobre la entrada de la ciudad, cuando abrieron las cuatro calabazas que estaban a las orillas de la ciudad, cuando salieron los zánganos y las avispas, como una humareda salieron de las calabazas. Y así perecieron los guerreros a causa de los insectos  que les mordían las niñas de los ojos, y se les prendían de las narices, la boca, las piernas y los brazos (…)” Popol Vuh. Las antiguas historias del Quiché. FCE, México, 1964, pp. 133,134, 137 y 138.

[34] Clausevitz, op. cit., p. 77.

[35] “Cuanto más completa sea la democracia más cercano estará el momento en que deje de ser necesaria.” V. I. Lenin, op. cit., tomo 2, p. 377. O bien: “Mas para ello hay que instaurar una dictadura revolucionaria de la democracia.” Ibídem., tomo 2, p. 274.

[36] Clausevitz, op. cit., p.  69.

[37] Ibid., p.  166.

[38]  Napoleón. “Pensamientos”. En la edición de Cuadernos Filosóficos de Lenin, Estudio, Buenos Aires, 1974, p. 166.

[39] Sun Tzu, op. cit., p. 70.

[40] Ibid., p. 51.

[41] Ibid., p. 69.

[42] Ibid., p. 64.

[43] Ibid., p. 52.

[44] Karl Marx. El Capital.Vol. 8, Siglo XXI, México, 1981, p. 772.

[45] Rosa Luxemburgo, op. cit., p. 352.

[46] Ibid., p. 354.

[47] Ibid., p. 356.

[48] Nicolai Bujarin. Teoría Económica del periodo de transición. Cuadernos de Pasado y Presente, núm. 52, Córdoba, 1974, p 78.

[49] Thomas R. Malthus. Ensayos sobre el principio de la población. FCE, México, 1973.

[50] John Maynard Keynes. Teoría General de la ocupación, el interés y el dinero. FCE, México, 1966, p. 365.

[51] Ibid., p. 129.

[52] Sobre Von Hayek, véase de De la Cueva H. El neoliberalismo en el pensamiento económico. IIE, UNAM, México, 1990.

[53]Keynes, op. cit., p. 364.

[54]Federico Engels. Escritos sobre Rusia. Cuadernos de Pasado y Presente, núm. 90, México, 1980, p. 100.

[55]Clausevitz, op. cit., p. 84.

[56]Napoleón, citado por Lenin, op. cit., p. 370.

[57]Clausevitz, op. cit., p. 76.

[58]En Miguel León Portilla, Quince poetas del mundo Náhuatl, Diana, México, 1994, p. 301. Y del mismo autor, Los antiguos mexicanos. FCE, México, 1983. p. 79.

[59]El antiguo Islam. Las grandes épocas de la humanidad. Time/Life, Amsterdam, 1970, p. 40. Aquí se plantea que los pilares básicos de esta religión se sustentan en los principios de la fe, oración, limosna y peregrinación, a los cuales se agrega la jihad o “guerra santa”.

[60] ¡Oh vosotros amigos!/ Vosotros, águilas y tigres,/ ¡En verdad es aquí como un juego de Patolli!/ ¿Cómo podremos lograr algo en él?/ ¡Oh amigos…!/ Todos hemos de jugar Patolli:/ Tenemos que ir al lugar del misterio./ En verdad frente a su rostro/ sólo soy hijo, indigente ante el dador de la vida.” En: Miguel León Portilla “De Teotihuacán a Tenochtitlan”,  op.cit., p. 259. Sobre esto, Clausevitz señaló la igualdad, de cualquier forma, entre guerra y juego, op. cit., p. 70.

[61] Lilia Bermúdez. Guerra de Baja Intensidad en Centroamérica. Siglo XXI, México, l983.

[62] “(Habrá) sólo una forma en que la terrible agonía de la vieja sociedad y el doloroso  y sangriento nacimiento de la nueva sociedad pueden ser acortados  y esa forma es el terror revolucionario.” Karl Marx en: Nueva Gaceta Renana, noviembre de 1848. Artículo citado por Nathaniel Weyl en Karl Marx, Lasser, México, 1981, p. 245.

[63] Clausevitz, op. cit., p.  63.

[64] Ibid., p.  63.

[65] “No debemos, sin embargo, lisonjearnos demasiado de nuestras victorias humanas sobre la naturaleza. Esta se venga de nosotros  por cada una de las derrotas que le inferimos.” Federico Engels. Dialéctica de la naturaleza. Grijalbo, México, 1969, p. 151.

[66] Bartolomé De las Casas, op. cit., p. 11.

[67] Clausevitz, op. cit., p. 80.

[68] Sun Tzu, op. cit., pp. 89 y 101.

[69] Lao Tsé. El libro del sendero. Premia, México, 1999, p. 115.

[70] Ibid., p. 137.

[71] Ibid., p. 159.

[72] Véase a L. M. Jiménez Herrero. Economía ecológica y desarrollo sostenible. Síntesis, Málaga, 1995, p. 286.

[73] Samir Amin. Los desafíos de la mundialización. Siglo XXI, México, 1992.

[74] “La historia diaria de la acumulación del capital en el escenario del mundo se irá transformando más y más en una cadena continuada de catástrofes y convulsiones políticas y sociales.” Rosa Luxemburgo, op. cit., p. 363.

[75] “Si bien el proceso de producción crea el capital bajo forma de valor y de valor nuevo, lo crea también, y en primer lugar, bajo forma de no-valor, ya que el cambio debe por consiguiente valorizarlo.” Karl Marx. “Fundamentos…”. Tomo I, op. cit., p. 301.

[76] Karl Marx.  Contribución a la crítica de la economía política. FCE, México, p. 269.

[77]Clausevitz, op. cit., p. 63.”En el ejército es especialmente visible la relación de la fuerza productiva y de las relaciones de distribución.” K. Marx, ibid., p. 269.

[78] Hegel, op. cit., p. 700.

[79]Karl Marx. El Capital. Vol. 8. Siglo XXI, México, 1981, p. 1044.

[80]Federico Engels. “Del socialismo utópico al científico”. En: Karl Marx y Federico Engels. Obras escogidas. Tomo III. Progreso, Moscú, 1974, p. 448.

[81]“Es la verdadera solución del conflicto entre el hombre y la naturaleza (…) es el secreto revelado de la historia y tiene la conciencia de ser esta solución.” Karl Marx. Manuscritos Económicos varios. Grijalbo, México, 1966, pp. 82 y 83.

[82] Marx. “El Capital”. Tomo I, op. cit., p. 648.

[83] Adabáshev. El hombre corrige el planeta. Progreso, Moscú, 1971.

[84] Decía Jeremy Bentham, “con fraternidad en nuestros labios, declaramos la guerra contra el género humano.” Citado por Michael Hudson, en Superimperialismo. La estrategia económica del imperio Norteamericano. Dopesa, Barcelona, 1973, p. 7.

[85]Jeremy Rifkin y Ted Howard. Entropía. Hacia un mundo invernadero. Urano, 1992, p. 18.

[86] “y su conciencia, siendo flaca, es contaminada.” San Pablo. I Corintios, VII, 8.

[87] “Y cuando se plantea la cuestión del “mundo”, ¿qué mundo se mienta? (...) Ni éste, ni aquél, sino la mundanidad del mundo en general.” Martín Heidegger. El ser y el tiempo. FCE, México, 1971, p. 76.

[88]Herbert Marcuse. Eros y civilización. Joaquín Mortíz, México, 1969.

[89]Miguel de Unamuno. Citado por Andrzej Dembicz en Espacio-estudios regionales, Sociología Rural, UACh, México, 2003, p. 18.     

[90]Guha R, y Gadgil M. “Los hábitats en la historia de la humanidad.” En: Revista Historia y Ecología, núm. 3 de Joan Martínez Alier y Manuel González de Molina (editores). Icaria, Barcelona, 1993.

[91]“Y había Jehová Dios plantado un huerto en el edén y puso ahí al hombre que estaba formado. (…) Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y allegarse ha  a su mujer, y serán una sola carne”. (…)Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban (…) Y enemistad pondré  entre tú y la mujer (…) A la mujer dijo: Multiplicará en gran manera tus dolores y preñeces; con dolor parirás los hijos  y a tu marido será deseo, y él se enseñoreará de ti. (…) Y al hombre dijo: Por cuanto obedeciste a la voz de tu mujer y comiste del árbol que te mandé diciendo “no comerás de él”, maldita será la tierra por amor de ti. Con dolor comerás de ella  todos los días de tu vida. (…) Y sacólo Jehová del huerto de Edén para que labrase la tierra de que fue tomado.” Génesis. Capítulo II, versículos 8, 24 y 25; y del capítulo III, el  15, 16, 17 y 23.

[92]Citado en J. Baird Callicot, op. cit., p.140.

[93]Herbert Marcuse. “La ecología y la crítica de la sociedad moderna”. En: Rev. Historia y Ecología, núm. 2, Icaria,Barcelona, 1994, p. 76.

[94] “La aplicación brutal de plaguicidas trae además de ingentes beneficios económicos efectos devastadores en el ambiente natural y en la salud humana. En cuanto a los primeros, destruyen la capa de ozono, presencia de niebla y lluvia de plaguicidas; resistencia de insectos, malezas y hongos, afectación de la microfauna y flora, contaminación por deriva de aspersiones aéreas; contaminación de aire, agua y suelo. Y en cuanto a los segundos, provocan posibles cancerígenos humanos, efectos reproductivos adversos, alteraciones hormonales, afectación del sistema inmunológico y contaminación con dioxinas y más contaminantes orgánicos persistentes (COP).Fernando Bejarano. “Corporaciones, riesgos y prevención de daños de plaguicidas.” En: Impactos del libre comercio, plaguicidas y transgénicos en la agricultura de América Latina. RAPAM, México, 2003, pp. 95 y 97.

[95] I. Adabáshev, op, cit., Progreso, Moscú, 1981, p. 306. En el caso de México, 80% del territorio está erosionado. Véase a Juan Estrada Berg-Wolf, “Diagnóstico eco social del campo mexicano”. En: Guillermo Torres y Pedro Muro Bowling (coordinadores), Agricultura ecológica y reconstrucción social. Difusión Cultural UACh, México, 2003, p. 58.

[96]James Lovelock. Gaia, una ciencia para curar el planeta. Integral, Barcelona, 1992, p.153 (“la plaga humana”).

[97] “Cien millones de años de trabajo le ha costado a la naturaleza producir a través de sus mecanismos normales el mismo número de especies que están destruyendo a una velocidad un millón de veces más rápida que la tasa a la cual se producen nuevas especies por medio de la evolución, esto con los consiguientes riesgos, algunos ya presentes, de convertir al hombre en una especie en peligro de extinción.” En: Agustín López Herrera et al. Política y legislación sobre protección de recursos filogenéticos. Red de Estudios para el Desarrollo A.C., México, 2000, p. 40. “Hace veinte años existían miles de empresas semilleros (…) hoy, las diez empresas de semillas más grandes del mundo, controlan la tercera parte del comercio mundial de semillas.” Fernando Bejarano, op. cit., p. 20.

[98] Enrique Leff. ¿De quién es la naturaleza? Sobre la reapropiación de los recursos naturales. PNUMA, México, 1997, p. 12.

[99] Sollow  afirmó que, si nos quedamos sin recursos naturales, “otros factores de producción, especialmente el trabajo y el capital reproducible pueden servir de sustitutos (…) El mundo puede continuar, de hecho, sin recursos naturales, de manera que el agotamiento de recursos es uno de esos casos que pasan, pero no es una catástrofe.” Robert  Sollow (1974) citado en Joan Martínez Alier, De la economía ecológica al ecologismo popular. Icaria, Barcelona, 1992, p.44.

[100] James Lovelock, op. cit., p. 185 (“jardineros”).

[101] Juan José González. “Daño ambiental y derecho. El surgimiento del derecho ambiental”. En: Revista Alegatos, UAM-A, número 50, 2002, p. 175.

[102] Tom Gill. La crisis de la tierra en México. Forestry Foundation, Washington, 1956.

[103] Stephen Harris. The death of capital. Pantheon Books, New York, 1977, p. 56.

[104] Efraím Hernández Xolocotzi. Xolocotzia II. Centros Regionales. UACh, México, 1983. 

[105] Lyn White Jr. The historical roots of our ecological crisis. Science, 155: 1207, Chicago, 1967.

[106] Federico Engels, op. cit., p. 151.

[107]  Ibid., p. 59.

[108]  Ibid., p. 17.

[109]  Ibid., p. 152.

[110] Federico Engels, op. cit., p. 169.

[111] Leonardo Tyrtania. “Ecología de la mente”. En: Teresa Kwiatkowska (comp.). Humanismo y naturaleza. Plaza y Valdés, México, 1999, p. 95.

[112] Clive Ponting. Historia verde del mundo. Paidós, Barcelona, 1994.

[113] “(Copérnico) Es la figura de un hombre, a cuya grandeza nadie pudo resistirse, y de quien dijo Giordano Bruno que “puso en movimiento no sólo la tierra, sino también las mentes humanas.” En: Carter Scott, Copérnico. Edimat, Madrid, 1998, p. 186.

[114] Deuterenomio,  capítulo XX, 1.

[115] Ibid., XIX, 21.

[116] Ibid., XXVIII, 33.

[117] Ibid., XXVIII, 48 y 49

[118] Ezequiel. XXIII, 24.

[119] Malaquías. IV, 3.

[120] San Mateo. X, 34.

[121] Malaquías. IV, 6.

[122] James Petras. “Palestina: La solución final y José Saramago”. La Jornada, 6 de abril del 2002. La cosmovisión occidental de la guerra contrasta con la oriental. Así, por ejemplo: “Las guerras y las enfermedades son las más importantes amenazas para la vida. En consecuencia un mundo verdaderamente civilizado es aquel que está por completo libre de estas dos amenazas (…) La gente de hoy está embelesada con la capa cultural (o civilizada según dicen), de una sociedad cuyo contenido en realidad es bárbaro, o cuando mucho, semicivilizado. Es como si estuvieran admirando a una mujer que luciera elegantes vestidos, pero que de hecho estuviera carcomida por la sífilis y supuraciones.” Mokichi Okada. La verdadera salud revelada por Dios. MOA, Japón, 1993, p. 258.

[123] Robert Jungk. Ibídem.

[124] “Y, vista así la cosa, los obreros se ríen con razón de estos listos maestros de escuela burgueses que de antemano calculan lo que esta guerra civil habrá de costarles en muertos, heridos y pérdida de dinero. Cuando se trata de aplastar al enemigo, no es cosa de pararse a discutir con él el costo de la guerra… Y cuando los señores burgueses y sus filantrópicas azafatas, los economistas, se sienten generosos e incluyen en el salario  mínimo, es decir, en el mínimo de vida, un poco de té, de ron, de azúcar o de carne, necesariamente tienen que reputar como algo escandaloso e inconcebible que los obreros calculen en él una parte de los gastos de guerra contra la burguesía y el que incluso vean en su actividad revolucionaria el goce máximo de su vida.” Karl Marx. “El salario”. En: Escritos económicos varios. Grijalbo, México, 1966, p. 181.

[125] Michael Hudson,  op. cit., p. 193.

[126] “O en términos más sencillos y más claros, un presidio militar para los obreros y un régimen de protección  militar  para las ganancias de los capitalistas”. V.I. Lenin, Ibídem, p. 276.

[127] Boulding Kenneth The meaning of the twentieth century. Harper and Row, New York, 1964.

[128] “Bienaventurados los que ahora tenéis hambre, porque seréis saciados.” San Lucas. VI, 21.

[129] Karl Marx. En: Nathaniel Weyl, op. cit., p. 216.

[130] Para ello habría que aplicar: “Se considera viciosa toda forma de ir en contra de la naturaleza”, decía Federico Nietzsche en su “Ley en contra del cristianismo”. En: Enrique López Castellón, Nietzsche. Obras selectas. Edimat, Madrid, 2000, p. 527. Ahí mismo se dice: “La muerte del Dios único constituye la condición de posibilidad de que los individuos se divinicen, de que sean ellos los que cumplan la función de creadores y quienes confieran un sentido a una naturaleza que carece de él”, p. 24.

[131] Jacques Derrida. Los espectros de Marx. Trotta, Madrid, 1995, p. 188.

[132] Ovidio. Metamorfosis. Introducción. UNAM,  México, 1981, pp.  XXXVI y 72.

 

Cómo citar este artículo:

TORRES CARRAL, Guillermo, (2017) “Capitalismo, guerra y sobreconsumo (I)”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 32, julio-septiembre, 2017. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Sábado, 18 de Noviembre de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1512&catid=14

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