Pacarina del Sur
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Secuestro en Buenos Aires: A 40 años del operativo contra los diplomáticos cubanos[1]

Kidnapping in Buenos Aires: 40 years after the operation against Cuban diplomats

Seqüestro em Buenos Aires: uma operação de 40 anos contra diplomatas cubanos

Juan Ángel Olmedo

RECIBIDO: 31-10-2016 APROBADO: 24-11-2016

Resumen

Resumen: En este artículo se presentan algunos hechos que permanecieron ocultos durante mucho tiempo –o que tuvieron escasa difusión- y que han sido poco explorados por la literatura política. La nota hace referencia al contexto de represión y terror establecido por la dictadura que asumió el control del Estado el 24 de marzo de 1976, y desde ese marco político,  explica la catarata de episodios trágicos que rodearon a la Embajada de Cuba en Buenos Aires. Los secuestros iniciaron el 2 de agosto de ese año, con la desaparición de una empleada,  siete días después, el 9 de agosto, se produjo el hecho más grave de esta escalada con la detención ilegal  de Jesús Cejas y Crescencio Galañena. Dos diplomáticos cubanos acreditados ante el gobierno del general Videla. El destino de los dos funcionarios de la Embajada fue trágico, después de pasar por el horror de la tortura en un centro clandestino de detención – Automotores Orletti – fueron asesinados y sepultados de manera clandestina. En esta crónica se exponen  los acontecimientos en el orden temporal en que se produjeron y se mencionan los nombres de los protagonistas de acuerdo a las fuentes consultadas.

Palabras clave: dictadura, represión, secuestro, embajada, diplomáticos.

 

Conozco, en casi todos sus detalles, la historia del secuestro y asesinato de Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández, dos miembros de la Embajada de Cuba en Buenos Aires.

Hubo una época de mi vida durante la cual por motivos laborales, recorrí, uno a uno, los nombres y las historias de la gente que pasó por ese picadero de carne a donde Jesús y Crescencio fueron llevados: Automotores Orletti, la “cueva del Plan Cóndor”, un centro clandestino de detención destinado, de manera particular, a mantener secuestrados a militantes de la izquierda latinoamericana refugiados en Argentina. Por ese infierno pasaron chilenos, uruguayos, bolivianos y paraguayos, la mayoría conoció la ruta trágica de cada una de las etapas de la estrategia contra-insurgente aplicada por la dictadura del general Videla: secuestro, tortura y ejecución del militante detenido.

Hay hechos, evidencias y señales que jalonan el paradigma indiciario – según la definición de Carlo Ginzburg - que lleva desde un taller en San Fernando al lugar en las Barrancas de Belgrano donde el grupo operativo del ejército argentino, los secuestró, después de dura resistencia, el 9 de agosto de 1976. Es difícil imaginar el horror de los últimos días de las víctimas porque los chacales, acompañados de personal de la Embajada de Estados Unidos, buscaban información sobre los movimientos financieros que unían a La Habana – donde estaba depositado parte del dinero de la organización Montoneros- con Buenos Aires.

El embajador cubano en Argentina durante aquellos años, era Emilio Aragonés Navarro, un amigo personal del "Che", hombre de toda la confianza de  Fidel, miembro histórico del Movimiento 26 de Julio y cuadro político de primera línea del

Estado cubano. Para quienes quieran conocer su perfil, hay en Internet una breve reseña de su vida, un texto corto que enumera alguno de los momentos en donde su nombre se fundió con la leyenda: encabezando el ataque a la base naval de Cienfuegos o dirigiendo una unidad de las Fuerzas Armadas Revolucionarias en el combate de Playa Girón. El aparato de inteligencia yanqui conocía la relevancia política del entonces embajador Aragonés, por eso la Agencia Central de Informaciones (CIA) lo quiso asesinar, con ayuda de los servicios de seguridad argentinos.

Emilio Aragonés junto al Che Guevara
Imagen 1. Emilio Aragonés junto al Che Guevara
http://www.thecubanhistory.com/

El 13 de agosto de 1975, un grupo operativo mixto formado por la inteligencia militar argentina y comandos especializados de la CIA intentó matarlo – o secuestrarlo – en el estacionamiento destinado a los coches oficiales de la Embajada Cubana. El buen tino y el olfato agudo de la seguridad que rodeaba al embajador Aragonés y, según dicen, también la buena fortuna, impidió que el atentado se llevara a cabo. En Argentina, aún gobernaba la Sra. Isabel Martínez, viuda de Perón, y el país vivía una de las crisis sociales y económicas más graves de su historia. Al constante golpeteo de las organizaciones revolucionarias armadas, se sumaba la creciente insurgencia sindical y una generalizada marea de huelgas y manifestaciones obreras que fue particularmente virulenta durante el primer semestre de ese año.   El aparato estatal de seguridad respondía mediante una política represiva que –a despecho de la vigencia de las instituciones democráticas-  se desplegaba a través de dos instancias principales: grupos para-policiales responsables del secuestro y asesinato de miles de activistas obreros y estudiantiles - el accionar de la llamada Triple A es de sobra conocido - y las fuerzas regulares de seguridad, de manera descarada las corporaciones policiales y de forma un tanto solapada, en algunas ciudades (o de manera pública como en Tucumán) el ejército y comandos de la infantería de marina.

 

La Embajada Cubana: de amigos y socios a subversivos encubiertos

¿Qué llevó a la Cancillería cubana a designar a un cuadro de primera línea de la revolución como representante ante el gobierno argentino? Hay razones políticas y comerciales de relieve como para explicar el cuidado con el cual se manejó el tema de las relaciones diplomáticas en esos años. Cabe recordar, que bajo los gobiernos de Héctor Cámpora (1973) y Juan Perón (1973-74) se promovió el intercambio comercial entre ambos países y que fue el propio Ministro de Economía, José Gelbard, quien viajó a La Habana para suscribir un acuerdo mediante el cual Argentina se comprometió a suministrar cereales, maquinaria pesada y automóviles a Cuba. Son célebres los taxis marca Peugeot que aun circulan por la capital de la isla.

El panorama político de Sudamérica era otra variable relevante para el gobierno cubano. Los golpes de Estado en Uruguay y Chile (junio y septiembre de 1973) abrieron una peligrosa brecha de unidad anti-comunista en la región, si se añade que Brasil estaba bajo un régimen dictatorial desde 1964 y que también Paraguay con Stroessner y Bolivia con Banzer,  giraban en la órbita de la doctrina de la seguridad nacional, las posibilidades del gobierno cubano de normalizar relaciones - o al menos alentar cierto flujo comercial con los países del área - resultaban cada vez más endebles y requerían un cuidado extremo para no perder el espacio conquistado. Argentina representaba, en ese sentido, uno de los últimos soportes de la diplomacia cubana en el Cono Sur.

Estos factores, y otros que escapan a las posibilidades de este análisis, contribuyen a explicar por qué, pese al intento de asesinato y a las condiciones de seguridad cada vez más precarias, el gobierno cubano le ordenó al embajador Emilio Aragonés que permaneciera en Buenos Aires al frente de la representación diplomática. Asumió la responsabilidad de correr los riesgos que fuesen necesarios para continuar ayudando a cuantos pudo, peleó por la defensa de la integridad física y el respeto de su personal acreditado y prestó asistencia a ciudadanos argentinos y latinoamericanos que ya en situación extrema, debían abandonar el territorio nacional.

Las tareas sociales de la representación cubana incluían la operación y mantenimiento de un establecimiento educativo que bajo el nombre de “Escuela José de San Martín”, funcionaba en la calle Arribeños, casi esquina con Teodoro García, en el barrio de Belgrano, a tres cuadras de las oficinas de la embajada, ubicada en Virrey del Pino 1810. También estas actividades estaban bajo sospecha y eran vigiladas, de manera rigurosa, por agentes encubiertos de la Policía Federal y de la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE). En esa estancia infantil trabajaba la educadora María Rosa Clementi de Cancere, esposa de Antonio A. Cancere, miembro del Comité Central del Partido Comunista Argentino. Varios niños, integrantes de la familia Santucho, parientes del dirigente revolucionario Roberto Santucho, además de los hijos de los empleados, recibían cuidados y educación en esa guardería.

El 3 de agosto de 1976 María Rosa cumplió con sus labores habituales y se retiró con el propósito de regresar a su domicilio en la calle San Blas 5333, donde la esperaban su esposo y su hija Paula Andrea, así lo expresó con sus compañeros de trabajo. Algunas horas después sus familiares dieron la alarma, María Rosa no llegó a destino, había sido interceptada en el trayecto. Las múltiples gestiones que se efectuaron en los más altos niveles del gobierno y de la Iglesia para localizar el paradero, resultaron inútiles. Muchos años después sus restos fueron encontrados en una localidad del norte del Gran Buenos Aires, cercano a los terrenos baldíos en los que aparecieron los restos de Jesús y Crescencio.

Sobre este camino se gestó un operativo que implicaba mayor riesgo en su ejecución y la más firme decisión política, tal vez la maniobra más importante de la dictadura argentina para “ajustar cuentas” con la diplomacia cubana, el que culminó con el secuestro de los dos funcionarios que mencionamos al inicio de esta nota. Si la ruta del dinero depositado por Montoneros en Cuba – producto del secuestro de los hermanos Jorge y Juan Born - era un factor de preocupación, la ayuda de la representación diplomática con los perseguidos y militantes opositores a la dictadura, constituía otra obsesión para los organismos de seguridad argentinos.  

Guillermo Novo Sampoll en 2004
Imagen 2. Guillermo Novo Sampoll en 2004.
www.gettyimages.fr

La dictadura nunca pudo probar si existían actividades de pertrechamiento, pero sospechaban, de manera creciente, que las organizaciones armadas Ejército Revolucionario del Pueblo y Montoneros, recibían apoyo logístico desde la Embajada de Cuba. Miguel Lizaso, uno de los jefes de la Columna Norte de Montoneros, tenía la responsabilidad de sostener, con infinitas precauciones, el contacto formal entre la dirigencia de la organización y los empleados de la embajada encargados de esa función, en particular con el señor “M”, el propio Emilio Aragonés. Por ese canal, se establecía comunicación con el oficial de inteligencia Filiberto Castiñeiras Giabanes. Conocido como Felo según los códigos de la época, era el encargado de recibir las instrucciones para liberar recursos, transferir dólares y asumir la responsabilidad de mover el dinero depositado en La Habana, hacia otras plazas del mercado financiero internacional.

Otros integrantes de la organización Montoneros, con un nivel menor de encuadramiento, fueron contratados como empleados en labores eventuales de apoyo administrativo. Ingresó entonces, como chofer, un muchacho de 25 años, Héctor Raúl Lépido - el "Loco" Nicolás – de acuerdo a la normativa establecida en esos años por las organizaciones guerrilleras, que fijaba la obligación de asumir apodos o nombres inventados, con el fin de proteger la verdadera identidad de sus militantes. En el marco de una situación de exitoso avance de las fuerzas represivas y de riesgos extremos, el destino le reservó un desenlace trágico a Nicolás que no comprometió solo a su persona ya que arrastró, junto con él, a otros compañeros y a dos diplomáticos cubanos.

El 2 de agosto de 1976 Nicolás fue secuestrado en su lugar de trabajo, el hallazgo de un arma en su poder comprometió aún más su situación y confirmó su pertenencia a una organización guerrillera. En la tortura señala el domicilio en el cual estaba viviendo y compartía con otros integrantes de la organización, y también confirma un dato que resultaba fundamental para resolver el verdadero rompecabezas sobre el cual los servicios de seguridad habían empeñado buena parte del trabajo de intercepción y seguimiento. La información arrancada a Nicolás ofrecía la evidencia que faltaba para ratificar que, tal como sospechaban los más altos niveles de la inteligencia militar, desde la embajada cubana se prestaba apoyo a los grupos de izquierda opositores al régimen.

Lo que siguió fue cuestión de días, o quizá de horas. El servicio de informaciones del ejército preparó hasta en el más mínimo detalle, un vasto operativo coordinado con oficiales de la marina y de la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE). El 9 de agosto interceptaron en el Barrio de Belgrano, y a 200 metros de la embajada, los automóviles en los que se trasladaban Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena. El destino que esperaba a los diplomáticos era el centro de internación de personas secuestradas conocido como “Automotores Orletti”, en la calle Venancio Flores, casi esquina con Emilio Lamarca, en el barrio porteño de Floresta.

Patricio Biedma y Mario René Espinoza, dos refugiados chilenos que pasaron por esa cárcel clandestina, le comentaron a José Luis Bertazzo – secuestrado el 23 de agosto de 1976 y uno de los pocos sobrevivientes – que habían visto a los dos prisioneros cubanos en las celdas improvisadas de lo que fue un antiguo taller mecánico. En el momento en que Bertazzo ingresó a Orletti los diplomáticos ya no se encontraban en ese lugar.

Como se sabe, durante el proceso de interrogatorio y tortura participaron dos agentes de la CIA con especialidad en contra-insurgencia, uno de ellos, era Michael Townley, también integrante de la DINA chilena, el mismo que preparó y llevó a cabo el atentado contra el general Carlos Prats en Buenos Aires, oficial leal al presidente Salvador Allende y exjefe del ejército de su país. En septiembre de 1976, Townley participó en Washington en el asesinato de Orlando Letelier, el ex-canciller del gobierno de la Unidad Popular.  Y como si se tratara de un toque de fina ironía, cabe señalar que la esposa de Townley era la escritora Mariana Callejas, de triste recuerdo para las letras chilenas. Se supo que durante las mañanas, Callejas impartía talleres de literatura y ofrecía debates culturales en la misma casa de la capital Santiago de Chile, en la cual su marido, llevaba por las noches, presos políticos para las sesiones en las que se obtenía información mediante tortura.

Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández
Imagen 3. Jesús Cejas Arias y Crescencio Galañena Hernández
http://www.republica.com.uy/

Roberto Bolaño describe, con un depurado estilo narrativo, el desarrollo de aquellas tertulias en la mansión del horror, la casa de la familia Callejas/Townley en un barrio residencial de Santiago. Hay que recorrer las páginas de Nocturno de Chile para vivir de cerca algunas escenas que parecen tomadas de la “caída de los Dioses”. Buenas bebidas acompañadas de empanadas y bocadillos, modales cuidados y falsa modestia entre los invitados, en su mayoría poetas, cuentistas y críticos literarios. Y en los sótanos de esa lujosa residencia, la antesala del infierno. Bolaño relata cada uno de los detalles, con cuidada maestría. Vale la pena regresar a esas páginas (Anagrama, México, 2013; pp. 124-150).

El otro agente de los servicios norteamericanos que viajó a Buenos Aires junto a Townley, el 11 de agosto para regresar a Chile 24 horas después, era el cubano exiliado en Estados Unidos, Guillermo Novo Sampoll. Un valioso fruto de la abundante cosecha de agentes que la CIA reclutó en la comunidad cubana afincada en Miami después del triunfo de la revolución.

El final de los prisioneros resultó, como se conoce, trágico. Ambos fueron asesinados, y después de su eliminación, los restos de los dos diplomáticos cubanos permanecieron ocultos.  Fueron recuperados en el año 2012, casi cuatro décadas después de su muerte, en la localidad de Virreyes, municipio de San Fernando y trasladados a su país.

A mediados de noviembre de 1976, y como si se buscara la ruptura de relaciones diplomáticas, una nueva escalada de provocaciones sacudió el entorno de los funcionario cubanos acreditados en Buenos aires. Un empleado administrativo de nacionalidad argentina, estudiante de economía y adscrito a la Oficina Comercial de la Embajada, fue secuestrado el 10 de noviembre en su domicilio de la ciudad de Temperley. Se trataba de Ramón Lucio “Moncho” Pérez, quien había sido presidente del Centro de Estudiantes de la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora. Pese a las gestiones y denuncias realizadas por sus familiares, organismos de derechos humanos y por la propia Embajada de Cuba, no fue posible saber cuál fue el destino final de “Moncho” Pérez. Hasta la fecha su nombre figura en la extensa lista de “detenidos-desaparecidos” durante la dictadura.

Apenas quince días después, el 25 de noviembre de 1976, otra persona vinculada a la Oficina Comercial, la empleada Claudia Gorban, fue secuestrada por un grupo de tareas del ejército argentino. En esta ocasión, el esfuerzo y compromiso del embajador Aragonés, dieron resultado y la empleada fue devuelta con vida.

El 9 de agosto de 2016 se cumplieron 40 años del día del secuestro, y las autoridades cubanas de la embajada en donde trabajaron, rindieron homenaje a la memoria de Jesús y Crescencio. Estuve ahí y lo quise contar para que no suceda lo que anunciaba Roy Batty en el final de la película Blade Runner: “All those moments will be lost in time...”.

 

Notas:

[1] Nuestro agradecimiento a Pancho Ramos, responsable de la investigación sobre los hechos que se citan en este artículo. Querido amigo, infatigable explorador del pasado argentino.

 

Cómo citar este artículo:

OLMEDO, Juan Ángel, (2017) “Secuestro en Buenos Aires: A 40 años del operativo contra los diplomáticos cubanos”, Pacarina del Sur [En línea], año 8, núm. 30, enero-marzo, 2017. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Lunes, 29 de Mayo de 2017.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=1431&catid=5

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