Jueves, 24 de Abril de 2014
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ISSN: 2007–2309
Número ISSN

Del estigma al emblema, los corridos de traficantes de drogas en el imaginario del mexicano[1]

El presente texto busca comprender la producción simbólica de los traficantes de drogas a partir del análisis del corrido, o narcocorrido en jeringonza periodística, como documento sociológico. En primer lugar, se presenta la producción de sentido oficial plasmada en un ordenamiento jurídico que estigmatiza a plantas y a hombres, posteriormente se analiza la construcción simbólica de los traficantes por medio de los corridos, donde el estigma se trastoca en emblema.

.

De la piel para adentro inicia mi propia jurisdicción.

Anónimo contemporáneo.

 

 


Visten pantalón vaquero, camisa de seda estampada, sombrero texano, cinto piteado y botas de piel cocodrilo. Portan gargantillas de oro a pecho descubierto, lucen pesadas esclavas en ambas manos, y anillos brillantes les tapizan los dedos. Viajan en camionetas Lobo o Suburban con vidrios polarizados. Tienen afición por las escuadras de doce tiros, y su arma reglamentaria es la R-15´s o el  cuerno de chivo chapado en oro. Escuchan a todo volumen música  de la onda grupera, son léperos y bravucones, prepotentes y ostentosos, mujeriegos y gastadores. No se necesita más para saber de quien hablamos.

La carta de presentación de los comúnmente llamados narcotraficantes, en términos despectivos narquillos, pueblan el universo imaginario del mexicano. Los referidos personajes despiertan pasiones encontradas. Muchos, desde niños han  añorado ser el gran traficante, otros simplemente les detestan. Independientemente de la admiración o animadversión a tan peculiar personaje, el fenómeno de la producción y tráfico de drogas se ha ido apoderando de la agenda pública en nuestro continente, y con ello de recursos otrora canalizados a distintos ramos del gasto corriente.

Cuando se habla de traficantes de droga y de sus organizaciones, generalmente se enfoca su carácter violento, y no es para menos si consideramos la ola de muertos que genera una actividad no regulada por el contrato y la ineficiente “guerra contras las drogas” iniciada hace ya más de un siglo. En México y Colombia, los traficantes han hecho mella al monopolio legítimo de la violencia detentado por el Estado, lo que les  permite el libre funcionamiento de sus actividades y, en aquellos casos donde ejercen un  control territorial, la imposición de tributos fiscales por concepto de venta de seguridad a poblaciones enteras. Pero no sólo es el monopolio de la violencia el que ha sido arrebatado, o semiarrebatado, según sea el caso, pues los traficantes han creado una producción simbólica que genera un marco axiológico que deifica su actividad.

 

El ESTIGMA

El narcotráfico, en sentido estricto, es  el tráfico de narcóticos. Por  narcóticos se debe entender  a toda sustancia medicinal, que por definición, provoque sueño y estupor y, en la mayoría de los casos, inhibe la transmisión de señales nerviosas asociadas al dolor. Por tráfico se debe entender toda actividad relacionada al transporte o trasiego (muy en clave con la actual prensa mexicana) de mercancías. Por tanto, el narcotráfico es aquella actividad relacionada al transporte o trasiego de narcóticos.

Con esta definición podemos considerar como narcotraficante al empleado de NADRO (Nacional de Drogas, empresa distribuidora de medicamentos líder a nivel nacional) que transporta anestésicos elaborados a base de opiáceos, no así al traficante de cocaína,  mucho menos al productor de hoja de coca o de marihuana. De este modo, los análisis de seguridad nacional - ¿pública?- en contubernio con los círculos doctos del periodismo nacional  erran en su diagnóstico del fenómeno. La definición de narcotráfico se elabora cuando el consumo de opiáceos era el preponderante a nivel mundial.

Ostentando hegemonía militante, las administraciones norteamericanas han modelado e impuesto toda una percepción pública del tema, donde el estatuto jurídico es norma universalizante por definición. Es así como los antiguos estatutos de seguridad nacional,  regidos bajo la figura de enemigo interno, encontraron un nuevo término a ser agregado: el de narcotráfico. El surgimiento del narcotráfico irá de la mano  de la tan publicitada guerra contra las drogas. En esta lógica proliferan las asociaciones semánticas que homologan  la cocaína con  las  drogas en general. Desde ese entonces,  la cocaína es sinónimo de droga, además que esta evocará una serie de  enlaces mentales que desembocaran  en la palabra: narcotráfico. Esta nueva palabra  se asumirá en el lenguaje común como el principal enemigo a  combatir:

De este modo, se incluye en ese término comodín “narcotráfico” desde campesinos que cultivan plantas como sus antepasados, desde hace siglos, hasta gobiernos y guerrilleros latinoamericanos, según el caso, sin diferenciarlo […]  Todos [serán] culpables del problema de consumo de cocaína en Estados Unidos y, de paso, de los problemas económicos o de violencia  en América Latina.[3]

Así mismo, Darío Betancourt Echeverry  considera que:

El término de narcotráfico esconde una intencionalidad política, económica y cultura imperialista y pro-norteamericana; puesto que además de no ser narcóticos ni la marihuana ni la cocaína, dicha definición no involucra a los consumidores ni a los lavadores de dólares en Norteamérica, pretendiendo de este modo darle una  calificación latinoamericana y racista a la producción, comercialización y consumo de psicotrópicos.[4]

En otras palabras, el término de narcotráfico es una categoría estrecha y obsoleta que no coincide con la realidad que pretende comprender.  Encierra una percepción ideologizada, de corto vuelo y pereza analítica, que reproduce  y sacraliza  los anatemas del poder.

El término de narcotráfico es una producción de sentido del Estado basada en “la codificación jurídica de la prohibición y la penalización  de los infractores [que] son el marco de referencia legítimo y dominante para pensarlos y juzgarlos.”[5] Es decir que:

La producción de sentido acerca del tráfico de drogas y los traficantes, se hace fundamentalmente desde un punto de vista que es el dominante y el legítimo: el gubernamental. Este nos proporciona ya un objeto  preconstruido, un dominio de  significación en el cual circulan todas aquellas producciones que respetan la norma, la regla del juego.[6]

Pero no sólo las instituciones del  Estado crean y reproducen una imagen dominante y legitima sobre la producción y tráfico de drogas. La prensa también hace lo suyo, pues con el prurito de la objetividad a ultranza:

Transmiten y refuerzan las categorías y los esquemas de percepción de dichas instituciones, los adoptan como propios. Por ejemplo, es más común hablar de "narcos" que de "traficantes de substancias psicoactivas ilícitas", o de "chacas" o de "perrones pesados". Al privilegiar unas categorías y esquemas de percepción sobre otros en competencia sin ningún distanciamiento crítico [...],  se adopta la misma posición política, ética y estética de quienes los generan.[7]

Salvo algunas contadas excepciones, el trabajo de la prensa presenta a los traficantes como una sarta de “sociópatas criminales violentos y dementes,”[8] sin tomar en cuenta que el traficante de drogas es el hombre modelo del actual patrón de reproducción de capital, pues “el ethos del gran traficante [...] es mucho más “puro” que el del empresario típico, pues está desprovisto de toda moral  que no sea la que crean el dinero y el poder, [y] está dispuesto a romper todas las barreras imaginables para lograr  que su producto llegue a los consumidores.”[9] Son “ la clase superrentista por excelencia: grandes latifundistas e inversionistas, señores criminales que operan en los entramados mafiosos que integran capital y poder, ley y delito.”[10] Curiosamente, la prensa no considera a los traficantes de drogas y sus organizaciones traficantes como empresarios  y empresas de lo ilegal, sino más bien como criminales y organizaciones delictivas mal llamadas cárteles del narcotráfico.[11]

El  término narcotráfico es muy propio del Departamento de Estado y  sus corifeos regionales. La intencionalidad del término es, precisamente, la criminalización de hombres y plantas. La construcción de sentido del término indica un estigma que debe ser desplazado a como de lugar. En términos reales, la estigmatización de la producción, distribución y consumo de drogas no inicia con el ascenso de Ronald Reagan a la presidencia de Los Estados Unidos, inicia casi cien años atrás.

A finales de siglo XIX y principios del siglo XX, el tendido de vías férreas en México y Estados Unidos y la bonanza minera  registrada por aquel entonces, atrajo  un considerable número de trabajadores chinos a tierras americanas. Los migrantes chinos  se agruparon en comunidades de connacionales, donde trataban de reproducir ciertos aspectos de la vida común en China; los fumaderos de opio y el consumo de láudano fueron uno de ellos. A la práctica de fumar opio, los sectores más conservadores de la sociedad norteamericana respondieron con una feroz campaña prohibicionista, que  más que mostrar preocupación por la salud de los coolies, expresaba “el miedo a la competencia económica.”[12] A esto se debe agregar el puesto de avanzada de los Estados Unidos en Filipinas y los nacientes problemas derivados del consumo de los fármacos de autor del siglo XIX, basados en distintos opiáceos y en soluciones cocaínicas. Fue en este momento donde nació la prohibición al consumo de drogas, que a la posteridad se plasmará en la Convención del Opio de 1909, la Harrison Act de 1914, en la Marihuan Tax Act de 1937 y por último en la Convención Única de Estupefacientes de 1961.

La prohibición en la producción, distribución y consumo de drogas marca “una transición desde un sistema de producción de drogas que estaba regulado en gran parte por empresas legalmente establecidas y por los gobiernos bajo cuya jurisdicción  se encontraban aquellas, hasta el ascenso de operaciones totalmente  ilegales.”[13] Las drogas fueron prohibidas a nivel internacional, y con ello se da paso a la codificación jurídica de “los delitos contra la salud”.

En México, la prohibición tuvo cauces similares. A inicios del siglo XX llegaron los primeros migrantes chinos al Estado de Sinaloa. Estos eran objeto del vilipendio y discriminación, pues de igual manera que en los Estados Unidos representaban la competencia económica. Fue así como se formó una subcultura estigamtizada  que “desde finales del siglo XIX hasta su definitiva expulsión en 1931, misma que el grupo dominante percibió como una amenaza para la conservación de las normas establecidas, [representó] una “identidad deteriorada”, una “anti-definición”, a la que por ser diferente se debería simplemente erradicar.”[14]

El paso de los chinos por la sierra sinaloense dejó una estela de flores de amapola. En el municipio de Badiraguato, los migrantes chinos enseñaron a los campesinos del lugar las técnicas de siembra y procesamiento de amapola. En un primer momento, las flores de amapola se irrigaron por todo el Estado, pues se veían muy bien en plazas públicas, caminos y macetas. Con la Segunda Guerra Mundial, el gobierno norteamericano se aprovisionó de opiáceos en Badiraguato. Al finalizar el suceso bélico, Ávila Camacho creyó, ingenuamente, que los campesinos regresarían a la siembra del maíz y del frijol. La gente de Badiraguato había probado las mieles de la goma.

La producción de opiáceos destinados al mercado exterior generó apetitosas ganancias. El primer paso en “la transmutación del estigma en emblema es un proceso que comenzó de manera práctica  en el terreno económico, y de cierta manera en lo social, mucho antes de que surgieran los corridos de traficantes.”[15] El dinero generado en Badiraguato sepultó todo vestigio de chinos en el Estado y  opacó la tipificación ilícita de la producción, transformación y distribución de la amapola y sus derivados. Sin embargo, con el paso del tiempo la política antidrogas a nivel continental se fue apoderando de la agenda pública, y con ello su término estrella se fue posicionando en los medios de comunicación; fue así como:

La palabra gomero , designación  local desde abajo, ha venido siendo desplazada  por la de narco, designación universalizante desde arriba, que pretende abarcar a todas las categorías particulares inventadas para nombrar a los múltiples agentes sociales de la división del trabajo en el campo del tráfico de drogas.[16]

La producción simbólica de los traficantes de droga ha generado una  conversión del estigma en emblema. El fruto más acabado de su producción son  los corridos de traficantes de drogas. Veamos pues la construcción de sentido de los mismos.

 

EL EMBLEMA

Más allá de la acartonada definición jurídica de los delitos contra la salud y de delincuencia organizada, los traficantes de drogas se pueden llegar a percibir como el:

Caballero andante: un ser no repudiable, el héroe que se realiza así mismo, el que posee enormes cantidades de dólares colombianos  y que los ha obtenido no menos ilícitamente que los políticos en el poder, el llanero solitario, el representante de la raza, de ese sector del pueblo cuyas aspiraciones son vivir al día, divertirse, burlarse de la justicia, andar  en el cotorreo y en parranda con tambora de tres días.[17]

Expresiones como “todos los dólares huelen a tierra, dicen, porque a veces tienen que estar enterrados en el jardín”[18], y “pero cómo no va a haber crisis, sino dejar trabajar a los narcos”[19], indican el nivel de aceptación e infiltración de los traficantes de droga en la vida pública.[20] En ciudades como Culiacán[21], Tijuana, Ciudad Juárez, Reynosa, Matamoros, Victoria y muchas más, los traficantes han logrado imponer una imagen pública favorable y unos códigos de conducta benevolentes a ellos. En casos extremos, las actividades de los traficantes resignifican el espacio, pues las localizaciones de las matanzas  “se convierten a menudo en señales importantes usadas por la gente  para orientarse o para dar direcciones , como por ejemplo “yo le atenderé al lado del restaurante x, usted sabe, el lugar donde mataron a fulano.”[22]

Para el caso concreto del Estado de Sinaloa, la influencia de los traficantes ha transformado:

El patrón conductual y simbólico de la sociedad sinaloense y edificado un imaginario que pasará a ser de  la nueva significación, hoy “legitima”. Así surge también  el nuevo grupo hegemónico que reina actualmente en el Estado, junto con la clase política  y un grupo de empresarios destacados en la región.[23]

Al respecto, el sociólogo culichi Luis Astorga considera que: nacer en Sinaloa imprime ya un destino social que hay que asumir sin complejos. Ni el contrabando, ni quienes se dedican a él son valorados negativamente; al contrario; son dignos de admiración y emulación, y se han ganado ya un lugar en la leyenda gracias al corrido.[24]

Catherine Heau y Gilberto Giménez,  analistas del corrido, consideran esta expresión musical  como “una de las expresiones más genuinas y emblemáticas de la cultura popular campesina y mestiza en México.”[25] Por su parte, José Manuel Valenzuela apunta que una de las funciones esenciales del corrido “ha sido su aspecto fundador y reproductor de mitos  que anidan en la conciencia popular. Los mitos fundadores contribuyen a la formación de elementos de identidad  común, de una creencia compartida, de un dolor colectivos, de algo que sólo al grupo pertenece.”[26].


Los corridos de traficantes mantienen unidad en genero con sus homólogos de la Revolución, sin embargo muestran una clara ruptura en contenidos éticos y estéticos, pues muestran  una “ética cínicamente materialista y hedonista” [27], en contraposición a la imagen del forajido de la Revolución que mantenía los valores del honor y la solidaridad con el grupo. Los corridos contemporáneos no muestran  una imagen de un bandolero social, sino ante todo la de un megalómano con los pies bien puestos en el capitalismo. Nada que ver el corrido de Heraclio Bernal con el corrido de Osiel Cárdenas Guillen, mucho menos el referente a Valente Quintero con el Señor de la Montaña del Chapo Guzmán, aunque los dos sean de Badiraguato.

En México, “los corridos de  los contrabandistas son parte de la cotidianeidad de la región, se han convertido en signos de identidad y expresión emblemática de los colectivos e individuos insertados en la mafia y de los aspirantes a ella.”[28] Por otra parte, los corridos aseguran una existencia a la posteridad de los traficantes, pues la  vertiginosa producción de noticias anonada a los traficantes; a los traficantes caídos en desgracia, el corrido le permite una permanencia en el tiempo toda vez que estos “no suelen crear y conservar archivos sobre sus actividades, hacer confesiones públicas o dar entrevistas, ni escribir memorias.” [29]

Si quisiéramos encontrar un paralelismo entre los corridos del siglo XIX y primera mitad del siglo pasado, se encontraría en los “corridos de contrabando de tabaco en el siglo XIX y el del alcohol durante la prohibición norteamericana.”[30] El surgimiento del  subgénero musical de los corridos de traficantes de droga se data en 1975, con contrabando y traición de Paulino Vargas. En esta primer generación de corridos, las temáticas se focalizan “sobre todo  a la astucia y las habilidades  de  los traficantes para burlar a la autoridad, combinándolas con eventuales condimentos de tragedia sentimental”[31], a esta generación pertenecen los corridos de Fiden Astor, Indalecio Anaya y Paulino Vargas, hoy prácticamente olvidados. De los ochenta a la fecha “la letra de sus canciones es más directa, menos preocupada por la censura, más cercana ostensiblemente a las modificaciones éticas de las nuevas generaciones de traficantes, a su visión más cínica, más segura de sí misma y al carácter emblemático que han adquirido sus hábitos de consumo.”[32]


El subgénero de los corridos de traficantes es  por demás peculiar. Seguramente si Michel Foucault hubiera escuchado los corridos, no hubiese empezado Las palabras y las cosas con un texto de Borges, pues las transmutaciones presentes en los corridos van más allá de la razón moderna, ejemplo de esto son los toros pesados, que hacen cacarear los cuernos de chivo en contra de las culebras y alimañas soplonas. A partir de una selección de corridos presentamos el cómo se ha modificado estigma en emblema y puntualizamos en los siguientes puntos: reglas de comportamiento, vestimenta, omnipresencia, violencia, megalomanía, armas, poder de corrupción, mensajes encriptados y líneas de tráfico.

Hodayo Palacíos fue un alto miembro de la organización traficante de de Tijuana. Fue detenido y encarcelado en las mazmorras de un cuartel militar donde, a partir de torturas se logro la confesión de delitos. Las confesiones fueron grabadas y publicadas por el semanario proceso en septiembre de 1997. Dejemos que Palacios nos hable sobre los corridos de traficantes:

Hay un promotor que creó se llama Quintero[de los Tucanes de Tijuana], es el que escribe todos los corridos, yo no se como le llega la información pero entre los corridos viene la filosofía, como se tienen que portar  todos los integrantes del cártel, entonces ahí oyes cómo dicen las canciones, cómo tienen que portarse, ahí dicen los que hicieron mal, porque lo mataron, entonces uno ya sabe lo que no tiene que hacer para que no lo maten, lo que tiene que hacer para hacer puntos, oyendo la música.[33]

Según la declaración de Palacios, los corridos funcionan como una suerte de guía para la acción. Uno puede morir a manos del azote de los soplones si declara más allá de lo debido o puede ser beneficiado según su comportamiento.. En el corrido de los Z´s de Laredo de Beto Quintanilla, el mero león del corrido, se muestra de la siguiente manera:

Donde quiera que está la maña/

tengan cuidado soplones/

no vivirán para contralo/

la gente que anda en la maña/

también tiene corazón/

gente que ha necesitado/

se les ha dado el pilón/

la prensa lo ha publicado/

las obras que ha hecho el Señor.

En Mi último contrabando, del mismo interprete, se muestra sin tapujo alguno, la religiosidad y vestimenta mezclada  con aíres de infinita grandeza. Quieren plaquear al grande.

Así es mi gusto y ni modo/

mi caja más fina/

y yo bien vestido/

y con mis alhajas de oro/

mi mano derecha un cuerno de chivo/

en la otra un kilo de polvo/

mi buena texana

y botas de avestruz/

y mi cinturón piteado/

todo bien vaquero/

y con gran alipuz/

un chaleco de venado/

para que San Pedro le diga a San Juan/

ahí viene un toro pesado.

En El jefe de la mafia, de Grupo Exterminador,  se muestra la omnipresencia del personaje que le da su carácter clandestino.

No voy a decir mi nombre/

sólo me llaman el jefe/

si quieren saber quien soy/

investíguenlo si quieren/

yo soy el hombre fantasma/

que puede andar entre ustedes.

En Gatilleros de alta escuela, se muestra el carácter violento de los zetas. Del tema del león del  corrido, se desprende el carácter despreocupado de los traficantes combinado con prepotente bravura.

Esa gente no se deja/

no tienen miedo a morirse/

ni a la cárcel ni a la muerte/

no hay nada que les asuste/

topen lo que topen/

pero la orden se cumple.

Los Tucanes de Tijuana interpretan el tema del MZ, el Mayo Zambada. En este corrido se presenta un diálogo introductorio entre un federal de caminos y un grupo de traficantes, en este se muestra la megalomanía del personaje, y es quizá el ejemplo más acabado de la mencionada característica

-Diga mi amigo.

-Dígame, es Usted de Sinaloa,

-No compa, Sinaloa es mío.

Su nombre ya lo conocen/

hasta los recién nacidos/

lo buscan por todos lados/

y el hombre ni está escondido/

los dólares lo protegen/

también su cuerno de chivo.

En anuncios recientes pagados por el gobierno federal, se hace mención  de la detención del Teo, antiguo operador de los Arellano Félix y recién colaborador del Mayo Zambada. En El tres letras, del Halcón de la Sierra, se consigna la importancia del Teo  que se contrapone con declaraciones recientes del director de la policía municipal de Tijuana, Teniente Coronel Leyzaola.

Unos le dicen el Teo/

otros le dicen el tres letras/

en la Ciudad de Tijuana/

todo mundo lo respeta/

y una cosa si les digo/

[...] ni se metan.

En un operativo conjunto de distintas agencias de seguridad, el Teo fue detenido en Baja California Sur. Su detención generó declaraciones de de Leyzaola, su enemigo cantado. En entrevista, el Teniente comentó: Estos mugrosos también se rinden y lloran. Son cobardes [... y] quiero que sientan lo que son: delincuentes [...] Los corridos los hacen valientes, pero son una bola de cucarachas.” Dirigiéndose personalmente al tres letras dijo: Sus cirugías y su gordura asquerosa que presenta no lo confundirían con nadie.”[34] Este testimonio sirve para constatar la representación simbólica del Estado de sobre los grandes traficantes detenidos, le quitan su carácter mítico. Generalmente se les presenta frente a las cámaras de televisión sucios y desalineados, con barba de varios días y muchas veces en ropa interior. Cuando se detuvo a Osiel Cárdenas Guillen[35], se le filmó en un aeropuerto descalzó y esposado de pies y manos, de la misma manera, cuando fue asesinado Beltrán Leyva, en diciembre pasado, las cámaras de televisión catataron a un hombre de rostro desfigurado, con los pantalones abajo y el torso forrado de billetes ensangrentados. Recordemos que “los héroes actuales no hay que  buscarlos en el cine; las novelas o las historietas, sino en la PGR”[36], en el ejército y recientemente en la marina.

Para los traficantes, las armas son una extensión de sí. Portan pistola escuadra al cinto junto con  una ración de granadas. En El bazookazo, del Tigrillo Palma, se muestra el arsenal completo de una célula de sicarios.

A la gente del gobierno/

ese día desarmaron/

eran varios pistoleros/

que no le temen a nadad/

tenían en su poder/

armas muy sofisticadas/

traían calibre . 50/

y también lanzagranadas/

bazooka y cuernos de chivo/

venían en trocas blindadas.

La corrupción es una actividad que permite el funcionamiento del tráfico de drogas, y es quizá uno de los temas más recurrentes en el subgénero. En El águila blanca, de los Tucanes de Tijuana se muestra la subordinación de las agencias de seguridad a los traficantes.

Judiciales a la vista/

si preguntan lo contesto/

ustedes son mis empleados/

si alguno se asusta/

estamos apalabrados.

En Comando negro, del mismo grupo, se hace patente la corrupción. Lo peculiar de este corrido es la franca amenaza a las autoridades traidoras.

No se me agüite mi compa/

aunque andemos en la lista/

ahorita estamos blindados/

la ley tiene su tarifa/

y más vale que nos cumplan.

En la guerra sostenida entre las dos facciones de la organización traficantes del norte del Valle, Colombia se utilizó un aparato de inteligencia  basado en una red de taxistas. Las facciones comandadas por Wilmer Varela, jabón, y Don Diego, asesinaron a varios taxistas. De igual manera, en el expediente Pallomari de la organización de Cali se encontraron bajo nómina toda una flotilla de taxistas funcional a la organización de los hermanos Orejuela. En Saludos al Cártel del Golfo, de Beto Quintanilla,  se encuentra un mensaje encriptado, ya documentado por la prensa, donde se Da nota de un  grupo de halcones.

Este es el Cártel del Golfo/

siempre lo han de recordar/

porque tiene muchos grupos/

y los pone a investigar/

unos es el grupo halcón/

que ya se empieza a escuchar.

Por último se presenta un caso sui genersis en las líneas de tráfico. Los corridos sobre líneas de tráfico muestran los puntos de embarque y arribo de drogas, generalmente se hace mención a lugares de la frontera norte que se conectan con ciudades cercanas en los Estados Unidos. En los ovnis, de Jesús Palma, se narra la historia de un traficante secuestrado por un platillo volador, ya dentro el personaje es bolseado y se le encuentra un envoltorio  de perico, sustancia a la cual los marcianos se hacen adictos. En recompensa, lo llevan hasta Colombia a cargar una tonelada de blancanieves y le regalan un platillo volador. Ahora el traficante es proveedor de los marcianos.

Si los miran por los cielos/

no se vayan a espantar/

andan llevando perico/

a su planeta natal/

ya no peleo con soldados/

ni ando comprando al gobierno/

de los que debo de cuidarme/

son de los hombres de negro.

Hasta aquí una pequeña muestra de corridos de traficantes. En ellos trate de mostrar el como el estigma se ha convertido en emblema. Por consideraciones de espacio, no consigne una infinidad de corridos que hablan de distintas temáticas distintas a las ya consignadas. El tema es muy vasto y requeriría un espacio mayor al brindado.

 

IMÁGENES.

Imagen 1


El traficante ocupa ya un lugar en el ideario nacional. La imagen muestra al
traficante de drogas con su indisociable cuerno de chivo que podría
ser Camelia la texana o la Reina del Sur, ambos corridos interpretados
por los Tigres del Norte.

 

Imagen 2 y 3.

Las imágenes  hacen referencia a stickers pegados en la ciudad de Culiacán, realizados por watchavato,
quien muestra la normalización de la violencia en la entidad a partir del símbolo del AK-47.


 

Imagen 4.

Captura de Osiel Cárdenas Guillen, ex-líder de la organización traficante
del Golfo. Las fotos no muestran ninguna relación con el number one
de la maña
ni con los toros pesados que relatan los corridos, se muestra
a un hombre sometido al poder del Estado, indefenso e inmovilizado
que contrasta con la imagen  de los agentes federales, armados hasta
los dientes y con la fuerza del  anonimato que les brindan sus capuchas.

 

 

BIBLIOGRAFÍA

-Libros

+Astorga, Luis, Mitología del “narcotraficante en México, Plaza y Valdés- UNAM, México (D.F.), 1996.

+Del Olmo, Rosa, Drogas: distorsiones y realidades, Nueva sociedad, Cáracas, 1992.

+Krauthausen,Ciro Sarmiento Fernando, Cocaína  & company: un mercado ilegal por dentro, Ediciones tercer mundo – IEPRI, Bogotá, 1991.

+Madge, Tim, Polvo blanco. Historia Cultural de la cocaína, Península/Atalaya, Madrid, 2001

+Palacios, Marco, Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1995, Norma, Bogotá, 1994.

+Valenzuela, José Manuel, Jefe de jefes. Corridos y narcocultura en México, Plaza y Janés- Raya en el agua, México, 2003.

 

Capítulos de libros.

+Bagley, Maurice, Narcotráfico: Colombia asediada, en: Al filo del caos. Crisis política en la Colombia de los años 80, Francisco Leal y Leon Zamsoc (edit.), IEPRI- Tercer mundo editores, Bogotá, 1990.

+Campbell, Fedreico, El narcotraficante, en: Mitos mexicanos, Florescano, Enrique (comp.), Taurus, México, 2004.

 

Artículos de revista.

+Astorga, Luis, “Los corridos de traficantes de drogas en México y Colombia” Revista Mexicana de Sociología, vol. 59, n. 4, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, México,1997.

+Astorga, Luis, “La cocaína en el corrido”, Revista Mexicana de Sociología, vol.62, n.2, Instituto de Investigaciones Sociales- UNAM, México, 2000.

+Campbell, Howard, “El narco-folclor: narrativas e historias de la droga en la frontera”, Noesis,n.32, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2007.

+Del Olmo, Rosa, “Drogas: distorsiones o realidades”,  Nueva Sociedad, n.102, Caracas, 1989.

+Heau Lambert, Catherine, Gimenez, Gilberto, “La representación social de la violencia en la trova popular mexicana” Revista Mexiacana de Sociología, vol.66, n. 4.,Instituto de Investigaciones Sociales UNAM, México,2004.

+Sánchez Godoy, Carlos “Procesos de institucionalización  de la narcocultura en Sinaloa”, Frontera Norte, vol. 21, n.31, Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, 2009.

 

Fuentes electrónicas.

+Betancourt Echeverry, Darío, Los cinco focos de las mafías colombianas (1968-1988). Elementos para una Historia, Universidad Pegagógica Nacional, en: http://www.pedagogica.edu.co/storage/folios/articulos/fol02_04arti.pdf Consultado el 15 de mayo de 2009.

 

Ponencias.

+Astorga, Luis, Tráfico de drogas ilícitas y medios de comunicación, Ponencia preparada para la Conferencia Internacional Medios de Comunicación: guerra, terrorismo y violencia. “Hacia una cultura de la paz”, Universidad Iberoamericana, México, D.F., 5-6 de mayo de 2003.

 

Semanarios.

+El narco mexicano: la sangrienta guerra entre cárteles, el asesinato de Posadas, la colusión de policías, la compra de autoridades, Proceso, n.1083, México D.F., Septiembre de 1997.

+El extraño caso del teniente coronel Leyzaola, Emeequis, n.213, México, D.F., Marzo de 2010.

 

Discografía.

Beto Quintanilla.

Gatilleros de alta escuela.

Mi último contrabando.

Saludos al Cártel del Golfo.

Z´s de Laredo.

El halcón de la Sierra.

El tres letras.

Grupo exterminador.

El jefe de la mafia.

Los Tucanes de Tijuana.

Comando negro.

El águila blanca.

El MZ.

Tigrillo Palma.

El bazookazo.

 


[1] Ponencia a presentar el día 19 de marzo de 2010 en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, en el marco de la III Jornada de identidades en América Latina.

[2] Latinoamericanista, egresado de la FFyL de la UNAM. Integrante de la Cátedra UNESCO Transformaciones sociales y económicas relacionadas con el problema internacional de las drogas.

[3] Del Olmo, Rosa, Drogas: distorsiones y realidades, Nueva sociedad, Cáracas,1992, p. 89.

[4] Betancourt Echeverry, Darío, Los cinco focos de las mafias colombianas (1968-1988). Elementos para una Historia, Universidad Pedagógica Nacional, en: http://www.pedagogica.edu.co/storage/folios/articulos/fol02_04arti.pdf Consultado el 15 de mayo de 2009.

[5] Astorga, Luis, Mitología del “narcotraficante en México, Plaza y Valdés- UNAM, México (D.F.), 1996, p. 40.

[6] Ibíd., p. 36.

[7] Astorga, Luis, Tráfico de drogas ilícitas y medios de comunicación, Ponencia preparada para la Conferencia Internacional Medios de Comunicación: guerra, terrorismo y violencia. “Hacia una cultura de la paz”, Universidad Iberoamericana, México, D.F., 5-6 de mayo de 2003.

[8] Bagley, Maurice, Narcotráfico: Colombia asediada, en: Al filo del caos. Crisis política en la Colombia de los años 80, Francisco Leal y Leon Zamsoc (edit.), IEPRI- Tercer mundo editores, Bogotá, 1990, p. 450.

[9] Op. Cit, Astorga, 1996, p. 32.

[10] Palacios, Marco, Entre la legitimidad y la violencia. Colombia 1875-1995, Norma, Bogotá, 1994, p. 178.

[11] Para una sociología de las organizaciones traficantes de droga colombianas ver: Krauthausen,Ciro Sarmiento Fernando, Cocaína  & company: un mercado ilegal por dentro, Ediciones tercer mundo – IEPRI, Bogotá, 1991. En el referido texto se realiza una crítica al término cártel.

[12] Del Olmo, Rosa, “Drogas: distorsiones o realidades”,  Nueva Sociedad, n.102, Caracas, 1989. p. 86.

[13] Madge, Tim, Polvo blanco. Historia Cultural de la cocaína, Península/Atalaya, Madrid, 2001,p.149. Batardillas nuestras.

[14] Sánchez Godoy, Carlos “Procesos de institucionalización  de la narcocultura en Sinaloa”, Frontera Norte, vol. 21, n.31, Colegio de la Frontera Norte, Tijuana, 2009, p.89.

[15] Op. Cit., Astorga, 1996, p. 141.

[16] Ibíd., p. 70.

[17]Campbell, Fedreico, El narcotraficante, en: Mitos mexicanos, Florescano, Enrique (comp.), Taurus, México, 2004, p.375

[18] Ibíd., p. 380

[19] Ibíd., p. 379.

[20] Ver imagen 1

[21] Ver imagen 2 y 3.

[22] Campbell, Howard, “El narco-folclor: narrativas e historias de la droga en la frontera”, Noesis,n.32, Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, 2007, p. 53.

[23] Op. Cit., Sánchez, p. 83.

[24] Op. Cit., Astorga, p. 99.

[25] Heau Lambert, Catherine, Gimenez, Gilberto, “La representación social de la violencia en la trova popular mexicana” Revista Mexiacana de Sociología, vol.66, n. 4.,Instituto de Investigaciones Sociales UNAM, México,2004, p. 628.

[26] Valenzuela, José Manuel, Jefe de jefes. Corridos y narcocultura en México, Plaza y Janes- Raya en el agua, México, 2003, p. 64.

[27] Heau, Op. Cit., p. 657.

[28] Sánchez, Op. Cit., p. 97.

[29]Astorga, Luis, “Los corridos de traficantes de drogas en México y Colombia” Revista Mexicana de Sociología, vol. 59, n. 4, Instituto de Investigaciones Sociales-UNAM, México,1997, p. 245.

[30] Ibíd., p. 650.

[31] Ibíd., p. 656.

[32] Astorga, Luis, “La cocaína en el corrido”, Revista Mexicana de Sociología, vol.62, n.2, Instituto de Investigaciones Sociales- UNAM, México, 2000, p.172.

[33] El narco mexicano: la sangrienta guerra entre cárteles, el asesinato de Posadas, la colusión de policías, la compra de autoridades, Proceso, n.1083, México D.F., Septiembre de 1997.

[34] El extraño caso del teniente coronel Leyzaola, Emeequis, n.213, México, D.F., Marzo de 2010.

[35] Ver imagen 4.

[36] Op. Cit., Astorga, 1996, p. 70

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