Una voz de la guerrilla de Genaro Vázquez. Memoria histórica de Rafael Olea Castaneyra, el “doctor Roca”

A Voice from the Genaro Vázquez Guerrilla: The Historical Memory of Rafael Olea Castaneyra, “Dr. Roca”

Uma voz da guerrilha de Genaro Vázquez. Memória histórica de Rafael Olea Castaneyra, “Dr. Roca”

Pablo Vargas González[1]

Universidad Autónoma de la Ciudad de México

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Recibido: 18-05-2021
Aceptado: 21-03-2022

 

 

Introducción

La rebeldía de los guerrilleros de los años sesenta y setenta del siglo XX que participaron de las acciones armadas de transformación social y en contra el sistema político llega a nuestros días a modo de eco. Aunque en su momento fueron estallidos, verdaderas explosiones sociales contra el control autoritario. Genaro Vázquez Rojas fue pionero en levantarse en armas junto con un gran movimiento de bases sociales populares en el estado de Guerrero. Este movimiento tuvo una fuerte incidencia en Guerrero, pero también resonó en el resto del país pues conformó una de las grandes raíces de las movilizaciones sociales de hoy en día.

Poco se conoce sobre las acciones heroicas de los integrantes de los movimientos guerrilleros en México que durante las décadas de 1960 y 1970 lucharon con auténtica rebeldía por los derechos sociales y por la libertad. Los sobrevivientes corrieron constante peligro debido a un sistema político acostumbrado a destruir toda manifestación de inconformidad. De allí que sea importante recuperar la memoria histórica (individual y colectiva) de quienes se unieron a la guerrilla en México. Conocer sus percepciones y sus ideas, así como la visión del mundo que los llevó a tomar decisiones tan desafiantes.

Durante la década de 1970 en México apareció una nueva camada de grupos rebeldes diseminados en diferentes regiones y con los más pertrechos ideológicos (Cedillo, 2008; Oikión y García, 2006). La modernización económica trajo consigo la educación de masas, y con ella la emergencia de los jóvenes estudiantes y profesionistas como actores sociales que se sumaron a las fuerzas sociales de las organizaciones sindicales y campesinas. La falta de canales de expresión y atención pública a las demandas de los diversos grupos sociales, así como de vías de participación electoral ciudadana conllevó a la búsqueda de construir nuevas rutas de organización política y movilización popular. La presión ciudadana logró que las formas de gobierno del sistema político mexicano caracterizado por el control social y la hegemonía de un partido (PRI) decayeran; pero, sobre todo, se transformara la concentración del poder en la figura presidencial.

En Guerrero emergieron dos grandes movimientos de guerrilla rural entre las décadas de 1960 y 1970. El primero, encabezado por Genaro Vázquez Rojas, un líder sindical del magisterio guerrerense quien en 1959 participó de las movilizaciones en contra del gobernador del Estado, el general Raúl Caballero Aburto.

 La lucha de Genaro Vázquez fue por abrir canales políticos ciudadanos a través de la vía electoral y en señalamiento a los fraudes electorales locales; en suma, la búsqueda de soberanía nacional y democracia. También luchó por un mayor desarrollo social a nivel provincial. Fue miembro de la Asociación Cívica Guerrerense (ACG) y de la Central Campesina Independiente (CCI). Sin embargo, tras su detención y persecución política en 1960, Genaro Vázquez se perfiló hacia el sendero de la lucha armada contra el Estado opresor (Desinformémonos, 2/02/2017). El segundo frente guerrillero en Guerrero fue impulsado por Lucio Cabañas y conformó otra etapa de lucha armada antisistémica en la región. Estas organizaciones, como en el resto de movimientos populares, enfrentaron la violencia política del Estado y una barbarie sin precedentes (Oikión, 2010).

Durante los años sesenta y setenta del siglo XX la narrativa oficial expresada en medios masivos de comunicación arraigó un imaginario social sobre los luchadores sociales como “enemigos del Estado”, “inadaptados”, “resentidos” y otra gran gama de descalificaciones.

Este artículo se centrará en la memoria histórica y narración en primera persona de Rafael Olea Castaneyra, quien siendo un profesionista no interesado en la política se vio forzado, por condiciones objetivas y subjetivas, a colaborar con el movimiento insurgente y se adentró en la guerrilla de Genaro Vázquez.

En los “Archivos de la Represión” –una sección especial del Archivo General de la Nación (AGN) de México que contiene documentos –antes clasificados­­– y desde hace unos años abiertos al público por iniciativa y demanda ciudadana– se pueden consultar 25 fichas sobre Rafael Olea Castañeyra. Éstas describen el seguimiento policíaco del que fue objeto desde su paso como estudiante de medicina, su involucramiento en la guerrilla, su exilio, hasta su regreso a México.[2] Si bien estos documentos representan importantes fuentes de indagación, este artículo se centrará en rescatar la memoria histórica de Rafael Olea Castañeyra, su percepción y voz sobre los acontecimientos que marcaron su vida vinculada a la lucha armada. Esta elección busca anteponer la voz del actor a la del discurso de la victimización sistemática, de las verdades oficiales y de la aceptación pasiva del estado de cosas.

 

 Memoria colectiva sobre la guerrilla

La memoria no existe sin sus actores y la narración de sus experiencias. Este trabajo recupera la información de tres entrevistas en profundidad realizadas por el autor a Rafael Olea Castañeyra, en su residencia en la Huasteca veracruzana. Un año después, Rafael Olea falleció por la pandemia de Covid-19.

La recuperación de los relatos de los protagonistas de la guerrilla en Guerrero y sus familiares conducirán a lo que Taylor denomina la reconstrucción de la memoria histórica, individual y colectiva (Taylor y Bogdan, 2000). Ésta tiene por objeto hacer conciencia de las atrocidades de un régimen político en contra de los ciudadanos que se manifiestan sobre una situación desigual u opresiva, y en el cual, no obstante, se cometen actos ilegales desde el Estado, éstos se justifican como medios para resguardar el “Estado social”.

Hacer memoria y construir historia sobre los crímenes de Estado no solo permite documentar la brutalidad cometida por éste, también tiene como finalidad incidir sobre el presente y el futuro para evitar que se perpetúen formas de exclusión, discriminación, aniquilamiento y barbarie en contra cualquier grupo social (Jelin, 2004; 2005).  

El relato de Rafael Olea Castañeyra recuperado en primera persona para este artículo da cuenta de los crímenes y violencia del Estado mexicano ejercido en el periodo denominado de Guerra sucia, de la década de 1970, pero también se inscribe en la construcción de nuevas subjetividades sociales (Robles, 2011; Vargas, 2019). Los sujetos, desde su propia perspectiva, narran su participación como actores. En este artículo Rafael Olea Castañeyra narra la vivencia de ser guerrillero y el impacto subjetivo de esta experiencia.

Los guerrilleros asumieron la lucha de transformar su entorno cotidiano aun a costa de su libertad, su vida y el costo de abandonar sus casas, familias y empleos; en algunos casos, también el exilio.

El exilio de combatientes sociales expresa una de las formas de violencia de un Estado represor contra los opositores al sistema político, característico de las dictaduras político- militares en América Latina. El exilio se trata de una condena en la medida que impone el desarraigo producto del alejamiento de una persona de la tierra en la que vive, y el abandono de lo propio (Dutrénit, 2017). Las siguientes secciones corresponden a la transcripción de la memoria de Rafael Olea Castañeyra a partir de las entrevistas realizadas. Está narrado en primera persona.

 

Nacimiento y formación. Los años duros

Nací en Puebla, Puebla el 2 de septiembre de 1938, pero me crie en Oaxaca ya que mi mamá ahí trabajaba; era maestra rural en diferentes lugares, sobre todo comunidades indígenas de los Valles Centrales. Los estudios primarios los realicé en el internado “Hijos del Ejército, General Ignacio Mejía” pero no había sexto grado. No todas las escuelas en esa época contaban con todos los años de instrucción, ahí solo estudié hasta cuarto año y mi mamá quería que tuviera todos los estudios. También aprendí carpintería.

Mi mamá tuvo que intervenir hablando con las autoridades educativas para el cambio de escuelas, pero las pasé duras. La secundaria la estudié en Oaxaca (la capital), era de oficios; estudié herrería de fragua, pero en el ingreso a la secundaría había cupo de 30 niños, llegué tarde y no había lugar. Nuevamente mi mamá fue hasta la Ciudad de México, a la Secretaría de Educación Pública (SEP) para solicitar mi ingreso. De allá se envió un oficio, me admitieron, pero eso me trajo problemas con el director y el prefecto. Era un internado de malas prácticas educativas. Me metieron al tercer grado y me trataban como “perro”, me maltrataban; volví a repetir cada año. Por mi deseo de estudiar, aguanté todo. En el tercer año me empecé a defender, y casi cada ocho días era arrestado y el director de la escuela me amenazó con expulsarme.

En el taller de herrería hice un cuchillo pequeño para defenderme y así ya no me maltrataran. Un día tuve un problema porque me encontraron el cuchillo. Otra vez el director me regañó: “Sólo porque tu mamá quiere que seas alguien en la vida, pero no vas a ser nada”. Cuando salí me escapé a la Ciudad de México. Llegué al Instituto Politécnico Nacional (IPN), a la Secundaria Rafael Dondé, a seguir el tercer grado. No me querían recibir porque no era compatible, tuve que pasar como oyente. En los exámenes me fue bien, algunas notas fueron de diez y fue entonces que me pusieron calificaciones y aprobé el curso. Vivía con un primo hermano en una Casa Hogar pública destinada a los niños pobres. Tenía cama y alimentos. Ahí estuve muchos meses. Comía sobrantes de los internos en el IPN; eso se conocía como “gaviotar”. Había varios alumnos que éramos “gaviotas”.

En la colonia San Cosme estaba el Hotel Corea, muchos alumnos que no teníamos hogar ni beca tomamos el lugar. Llegaron los granaderos y el director del IPN tuvo que intervenir y ya no nos sacaron. Hizo una lista de personas y buscaron a nuestras familias. Y así nos dieron una beca de $ 200 pesos. Después entré a la vocacional de Ciencias Médicas y de ahí pasé a la Escuela Superior de Medicina. Solo así pude estudiar una carrera con el apoyo público. Con la beca pagaba $50 pesos por el alquiler de una cama de un cuarto de alquiler, ahí conocí a Herminia Pérez quien sería mi esposa, ya que su hermano también era becario.

 

Mis vínculos con un rebelde: Genaro, hombre carismático  

En el primer año de medicina se embarazó mi mujer. Cuando nació mi hijo, mi mujer se fue a vivir a la casa de Consuelo Solís Morales con quien tenían amistad familiar. Yo era estudiante y no tenía dinero, tenía que hacer un sacrificio para estudiar. Solo los domingos iba a visitarles. En todo el tiempo contamos con la ayuda de esta familia.

Tuve cuatro hijos: Javier, Rafael, Ernestina y Laura. Terminé mi servicio social en Los Bajos de Chila, Oaxaca –una comunidad muy pobre–, ahí duré más de diez meses. Después de eso, me regresé a trabajar a la Ciudad de México. Conseguí empleo en un sanatorio de la colonia Moctezuma. Ahí aprendí el mecanismo de funcionamiento de una clínica privada de salud. Después, busqué un local en la colonia Pradera, era una casa disponible y con la familia nos pusimos de acuerdo para pagar la renta y adquirir el mobiliario mínimo. Tenía dos turnos, por la mañana trabajaba en el sanatorio [de la colonia Moctezuma] y por la noche en nuestro local.

En uno de esos días en que iba a visitar a mi mujer conocí a Genaro Vázquez Rojas, quien en ese momento ya era líder popular en el estado de Guerrero, dirigía la Asociación Cívica Guerrerense (ACG).

Fue un domingo de 1961 cuando jugamos una partida de ajedrez y empezamos la conversación. Ya había tenido contacto con él, pero solo inicial, ya que no me interesaba la política. Su plática y sus ideas eran convincentes.

Cuando Genaro Vázquez es detenido por primera vez, fue cuando me interesé por los acontecimientos políticos; ya que de antemano era un acto de injusticia. Además, para entonces ya éramos compadres, él bautizó a un hijo mío.

Fue entonces que le dije [que] en lo que pueda ayudar a su causa. Tenía una pistola 45 y cuando Genaro Vázquez huyó de la cárcel se la envié. Una vez le había comentado que conocía amigos en la aduana de la frontera con Estados Unidos y [que ellos] me proporcionaba cartuchos para mi arma. Por eso Genaro me dio el encargo de conseguir y proveer armamentos y apoyo económico.

Mi mamá supo que estaba en la lucha con Genaro y me dijo que era peligrosa esa actividad. Le comenté que lo tenía que hacer porque yo cuando sea viejo me voy a sentir avergonzado o un cobarde si no hago nada. Fue entonces que me dijo que estaba en lo correcto.

Cuando Genaro es detenido en el estado de Guerrero en noviembre de 1966 hubo gran indignación nacional. A pesar de las manifestaciones pidiendo su liberación, no hubo eco. Era una época de represión popular. Cuando fue liberado por un comando, se fue a la sierra de Atoyac de Álvarez donde fue sitiado por el ejército y envió a Santos Méndez Bailón por un automóvil. El guía no encontró el lugar y se perdió. Concepción Solís, cuñada de Genaro me fue a buscar al Distrito Federal. [Para entonces, yo] ya tenía un carro y fui al lugar, aunque mi esposa se enteró cuando salía y no quería que saliera.

Nos dirigimos a Atoyac y caminamos por varias comunidades hasta un río. Toda la noche caminamos. Después de 12 horas llegó Santos Méndez y reiniciamos la marcha. Nos subimos al carro, a tres km había más casas y ahí estaba Genaro con sus escoltas: José Bracho, el negro Justino Villegas y otros. Genaro me platicó como había sido su persecución por mar, cielo y tierra con aviones y tropas. No tenía agua para beber, las comunidades carecían del líquido. Buscó en las rocas y me dijo que encontró un charco, sacó su pañuelo y coló los gusanos, solo así pudo saciar su sed.

Vio una avioneta sobre él, se dio la vuelta, pero hizo como si trabajaba en la tierra, se fueron. Encontró a un campesino y le pidió que le vendiera agua y le contestó:

-Aquí no se vende agua, tome la que quiera.

- Usted anda de malas, ¿verdad?

- Sí, le dijo Genaro.

- Baje al pueblo más cercano y busque a esta persona. Le dio un nombre y una dirección.

Al llegar con la persona, esta salió con pistola en mano y le dijo: ¿Qué quieres?

- Me envío un señor que lo conoce.

- Usted trae algo bajo el sombrero.

- Se rasgó mi pantalón.

- ¿Quién eres?

- ¿Usted sabe lo que sucedió en Iguala?

- ¿A poco usted es Genaro Vázquez?

Y ya le dio de comer.

Había toda una estrategia de persecución. Los soldados hacían labor de fumigación para entrar a todas las casas y buscar a Genaro. Pasaron en una ocasión, fumigaron la bodega donde estaba escondido, también la libró. Se empezó difundir en comunidades de la región y la gente lo ayudaba. Después salimos del cerco militar y nos fuimos a Acapulco. La desventaja de Genaro era que no tenía choferes, sus ayudantes no manejaban, eran campesinos pobres.

De Acapulco nos fuimos al Bejuco, donde vivía Santos Méndez y su familia. Tenían jacales, ahí se hizo una casa de seguridad. Al otro día nos separamos. Genaro me dio unas pistolas, me dijo: “llévatelas, están descompuestas, arréglenlas y me las envían”. Cuando llegué a Iguala me detuve y dormí, estaba cansado, había sido una experiencia sin igual. Ese día hubo una acción de Rosario Ibarra (defensora de derechos humanos) y hubo movimientos policíacos y del Ejército.

 

El movimiento de Genaro y el doctor Roca

En el D.F. llevamos los pertrechos, arreglé las armas y yo mismo las regresé a la Sierra. Genaro vio que quería colaborar y le dije: “cuando se le ofrezca algo, me avisa”. Me agradeció con un abrazo y palmada.

Tuvo un gesto único. La pistola 45 me la devolvió con parque y me la puse en la cintura; también me dio una carabina M2 con municiones. Me gustaban las armas; cuando pudiera compraría una y la cuidaría.

Santos Méndez era el guía, me conducía hasta la sierra. Una vez llevaba la maleta de médico para curar a las personas. Me llevaron a Bejuco a una ranchería cerca de El Quemado. No había que comer. El cacique era el dueño de la región, tenía miles de cabezas de ganado mientras la gente padecía hambre. Los campesinos estaban controlados, no podían vender el café a otras tiendas ni a otras personas, solo a la tienda de él, los tenía amenazados.

Genaro Vázquez y su grupo llegaron y mataron una vaca y dio de comer a la comunidad. Esto no le gustó nada [al cacique] y siguió con las amenazas a la población. Genaro y su gente secuestraron a uno de los hijos [del cacique] cuando llevaba a vender el café de exportación a Acapulco.

De me regresé al D.F. llevé mensajes para diversas personas y fotografías para la revista Por qué?. En mi clínica seguí mi vida normal. Fue por las noticias que me enteré del secuestro del hijo del cacique. Ahí se supo que el cacique no quería pagar ni negociar. Pedían por el rescate $200 mil pesos. Después me enteré que esa persona acostumbrada al poder y pidió el apoyo del Ejército. Los mantuvo en su casa, incluso gastando más de esa cantidad. Era una posición de fuerzas. Genaro le envió un ultimátum al cacique, si no cumplían, lo iban a ejecutar. El cacique alardeo “o ganas, o gano”. A partir de ese secuestro se intensificó la persecución en contra de la guerrilla.

También hubo otro secuestro, el del banquero Donaciano Luna Radilla, pidieron 500 mil pesos que sí fueron entregados. Inclusive al final, éste reconoció que Genaro era un hombre cabal y educado. El dinero sirvió para dar continuidad al movimiento y sostener a la gente que se encontraba con Genaro. Solo dejaron $100 mil pesos que me enviaron para adquirir pertrechos, zapatos, botas, uniformes y armas.

La adquisición de armas se fue complicando. Genaro quería cambiar su rifle M2 por una escopeta de cinco tiros. Cuando fui a la armería me pidieron la identificación, ya estaban alertados. El güero Jorge Mota, miembro de la guerrilla era “correo” y también compraba armas. En una ocasión le compró una ametralladora Thompson a un general del ejército. Nos reunimos y llevamos los pertrechos a Iguala. Ahí había dos contactos: Elvira y Reyna.

Genaro me hizo responsable de los dineros, tesorero y proveedor de la guerrilla. Para no tener dinero en la mano, [le] dije: “voy a llevar el dinero a Nafinsa”. No me pidieron requisitos, sobraban $90 mil pesos. Sólo me pidieron un número confidencial. Un mes después atraparon a Conchita Solís, cuñada de Genaro y a Santos Méndez. La represión se incrementó. Fui al banco y saqué el dinero, lo escondí en mi casa. Sólo dejé los intereses: $94 pesos.

Después de quince días me atraparon a mí. Supimos que a Santos Méndez, aparte de desaparecerlo, lo amenazaron y torturaron con choques eléctricos y alambre. A mí me conocían como el doctor Roca en el movimiento. No era por ser duro, sino por las iniciales de mi nombre y apellido. Todos sabían que era mí sobrenombre. El ejército sabía que hablaban de un doctor Roca y Santos Méndez quiso engañar a la policía diciendo que él era José Olea.

Cuando me detuvieron, llegó a mi casa un policía vestido de civil y preguntó por José Olea, y [le] dije: “yo soy Rafael Olea”; contestó­: “a usted lo ando buscando”. Le dije espéreme voy por mi esposa a la clínica. Cuando salí de mi casa estaba ese señor a unas cuadras del consultorio. De inmediato pensé me estaban persiguiendo. Lo mejor será irme a la Sierra. Llegué a mi casa y entré al consultorio, [en ese momento] tocaron a la puerta y eran cuatro policías vestidos de civil. Les pedí la orden de aprehensión, [pero] dijeron que no traían. Me agarraron, sacaron las pistolas y empecé a gritar para que mi esposa se diera cuenta. [Ella] se quiso oponer, pero la encañonaron. Eran agentes de la conocida policía de la Dirección Federal de Seguridad (DFS), dirigida por Nazar Haro. Una cuadra adelante, me metieron a la fuerza en un auto y me tiraron al piso. Me quitaron los lentes y pusieron una capucha. Poco después, escuché que entraron a una casa. Me sacaron [del auto] a golpes y me sacaron fotografías. Era una casa clandestina para la represión. Se sabía que había varias. Toda la noche no pude dormir. Pensé qué decir en el interrogatorio: lo del dinero y mi cercanía con Genaro y la guerrilla.

 

Clandestinidad y represión contra los inconformes

Sabíamos que la represión contra los rebeldes era muy dura. Supimos que en la cárcel militar había más de 40 personas que no tenían nada que ver directamente con la guerrilla: la mamá de Lucio Cabañas, el papá de Genaro Vázquez, así como campesinos y gente inocente que no hicieron nada.

Recordé lo que dijo Genaro: “nosotros tenemos que ser más inteligentes que los enemigos para poder vencerlos”. Me llené de valor y [me] dije “tengo que ser más inteligente”. Al otro día me quitaron la capucha y [me] dieron el desayuno. A las 13 horas llegó Miguel Nazar Haro y sus escoltas. Traían armas nuevecitas. Los guardias quisieron ponerme la capucha, pero Nazar dijo: “no, no, déjenlo. Sólo que se quede quieto” y me interrogó:

- Siéntese doctor. Así que es usted el famoso doctor Roca.

- No me llamo así, me llamo Rafael Olea.

Uno de sus ayudantes le dio un papel con mi nombre e iniciales.

- Pendejo, pregúntale porqué le dicen doctor Roca.

Le pedí que me dieran los lentes, y me los dieron, entonces empezó una conversación con él, casi de amigos.

- Nosotros ya sabemos muchas cosas de usted, pero queremos que usted nos de la información, ya sea por las buenas o las malas, de todas maneras, va a hablar.

- Mire, sí me dejan declarar yo voy a colaborar con ustedes, siempre y cuando lo sepa, yo lo voy a decir.

- Lo primero que quiero saber es ¿dónde está el dinero? ¿Usted lo tiene?, preguntó Nazar.

- Lo tenía, contesté rápido.

- ¿Cómo que lo tenía?

- Sí, cuando detuvieron a Conchita Solís, Genaro me pidió que le enviara el dinero.

Nazar no se la comió. Vi que dudó y reiteró las preguntas, insistí en que ya no lo tenía.

- Yo quisiera creerle, dijo Nazar.

- Pues tengo pruebas.

Le proporcioné el número de cuenta de Nafinsa. Entonces me empezó a preguntar de los contactos, de los colaboradores de la guerrilla; principalmente del D.F. Le dije que no sabía, que no los conocía. Como supe que ya habían detenido a Santos Bailón, le hablé de él como único enlace.

- A ese ya lo agarramos y a su comadre también. Y la mataron en la cárcel de Santa Martha, fueron las mismas presas.

Todos los datos que di eran de personas de la Sierra, con información imprecisa. Nazar me presumió que sabían dónde me reunía con Genaro, pero nunca le dije sobre la localidad de Bejuco; le dije que lo veía en el monte.

Nazar me ofreció café; sacó su cajetilla de cigarros, le pedí uno, platicábamos como amigos. Y volvió al interrogatorio:

- ¿Dónde consiguieron las armas?

- No lo sé, solo me pidieron dinero para comprarlas.

- ¿Y qué armas tiene Genaro y su gente?, ¿con qué armamento cuentan?

- No sé, desconozco de armas.

- ¿Y cómo se llama ese rifle que tiene el guardaespaldas? No lo sé, le digo que no sé de armas.

La casa de seguridad estaba cerca del jardín de un parque porque se oían voces y juegos de niños. El guardia se durmió y pude ver por la persiana de la ventana, pero salió otro guardia y me encañonó. Otra vez me pusieron la capucha y me tiraron en el colchón. A media noche me sacaron y pusieron en un auto. Pensé que me llevaban a la cárcel, pero se dirigieron a un lugar desconocido. Me bajaron con lujo de fuerza y entre ellos comentaron: “en que tumba lo tiramos”; gritaron: “diga su último deseo”. Un guardia ordenó: “desátale los pies”, pensé que era un panteón. A los diez pasos me dijeron levanta los pies, vamos a subir una escalera. Ya estaba nervioso, recordé las ejecuciones de la “ley fuga”. Dijeron “aquí detente, no voltees hasta que cerremos la puerta”. Era una celda forrada de azulejo de tres metros cuadrados, una taza de baño y un biombo. Sin una cama ni una silla. Llegó un soldado y me aventó una cobija. Me di cuenta que estaba en el Campo Militar de la Ciudad de México. Me senté y dormí en el suelo, con frío. Al otro día, me interrogaron nuevamente. Y repetí todo lo que había dicho a Nazar Haro. El que interrogaba no decía nada, yo estaba encapuchado. Al terminar pedí una cama, pero me dijo: “no, hasta que te portes bien”.

Una hora después, me enviaron un colchón. Apestaba feo, estaba sucio y tenía costras de sangres, posiblemente de otros presos. Pero ese colchón me pareció una nube después de todo lo que había pasado, eso era reconfortable. Así pude dormir.

A los ocho días me hicieron otro interrogatorio. Llegó un jefe militar y dijo: “a ver doctorcito, repitamos otra vez los sucesos”. Tampoco dije nada nuevo.

- “Sabe qué, doctorcito, no le creo ni madre de lo que está diciendo; pero en la noche vengo por ti para que hables”.  

No pude dormir esperándole, fue una amenaza. Tres días no dormí, cualquier ruido me alertaba.

Había un corredor donde se ubicaban otras celdas. Escuché la voz de Santos Méndez y la de Cliserio, otro compañero de la guerrilla, que agarraron en un poblado donde se quedó, porque le gustó una mujer.

Era el Campo Militar, conocido como Campo Marte. Estábamos en los separos; en las noches ponían a un soldado para vigilarnos. Les llamaba la atención que siendo médico me hubiesen agarrado. Conversaba con ellos sobre las causas de la guerrilla y lo entendían, me los eché a la bolsa.

Un sargento me llevaba cigarros, tortas, me llevaba té, platicaba con ellos. Pude hablar con los que eran guardias. Uno de ellos era adicto al cemento, además tomaba pastillas con cerveza. Una vez llegó drogado, cortó cartucho frente a mí amenazándome, [luego] él se puso el cañón de la pistola en la boca. No pude dormir.

Un día pusieron a otro guardia. Lo pusieron a barrer junto a mi celda. Platicamos y lo convencí. Me dijo: “si quiere haga un recado a su familia, y también a quien lo puede ayudar”. Lo dudé, pero le escribí al Dr. Gámiz, quien era gobernador de Chihuahua, también al gobernador de Guerrero; lo conocía porque había hecho mi tesis de medicina. Le hice un recado a la familia diciendo que estaba en el Campo Militar y que estaba bien. Lo que hizo fue poner el recado en la puerta de mi casa. Mi mamá fue con un primo que estaba en el ejército: José Olea era teniente de sanidad, para que investigara mi paradero. Y él fue a preguntar a la administración.

- ¿Es tu primo? Pues a nadie le digas que lo conoces y que estuvo aquí, porque está metido en un lío muy gordo y en cualquier momento lo puedes encontrar muerto. Tú no te metas.

Mi esposa fue a las direcciones de los periódicos, pero ninguno quiso publicar nada; salvo el Excélsior. El presidente Luis Echeverría lo controlaba, y el Excélsior solo aceptaba publicar avisos opositores [solo] si eran pagados. Aun así, salió una nota sobre mi detención. En ese momento Luis Echeverría decía que no había presos políticos ni desaparecidos. [Pero] se enteró Amnistía Internacional.

Entonces llegó Miguel Nazar Haro y me dice: “Ya se va a resolver su problema”. Fue al baño, me llevaron al cuarto de interrogatorios con soldados y vi que metieron instrumentos de cables y sogas. Pensé que me iban a torturar. Pero en ese momento no había luz. No podían utilizar los cables eléctricos. Estaban dos abogados y dos secretarios Con Nazar e hicieron un acta para remitirme a un juez.

Nazar volvió a preguntar por el dinero. En ese momento ya habían detenido a Ismael Bracho Campos quién dijo que él me había entregado el dinero y que nos conocíamos. Nazar preparó un careo y pide que traigan a Bracho.

- ¿Conoce a este señor?, le dijo Nazar a Ismael.

- Si, doctor, ¿cómo está? Sí, lo conozco.

- Si lo conozco, rápido contesté, es el señor que me llevó el dinero.

- ¡Bola de cabrones!, dijo Nazar. Nos quieren engañar. Si por mí fuera los colgaría. Denle gracias a mi presidente.

Tardaron tres días más en los que estuvimos detenidos. Se [me] hicieron los más largos.

El 7 de septiembre de 1971 llegaron dos policías vestidos de civil, me llamaron y me ordenaron: “¡párese!, ponga las manos en la espalda”. Me encapucharon y con una corbata me amarraron las manos. Era de noche. Me subieron a un auto y nos llevaron a una cárcel de Chilpancingo. Durante diez horas nos llevaron tirados en el camión militar. Entrando a la prisión, nos enteramos que Genaro y su grupo secuestraron al rector de la universidad local Jaime Castrejón Diez.

Diario nos llegaban periodistas a entrevistarnos, querían saber si teníamos noticias. A mí me tomaron una fotografía donde estaba agarrado de las rejas. [Después] me contaron que Jacobo Zabludovsky la sacó en varias ocasiones en televisión.

El gobernador mandó a secuestrarnos de la cárcel a la gente de Genaro. La policía judicial, junto con el alcaide de la prisión, nos sacaron de la cárcel a Cliserio, Santos Méndez, Ismael Bracho, Zeferino Contreras y yo. Nos separaron del resto. Querían que les devolvieran al rector Castrejón.

El alcaide le pidió [al gobernador y a la policía judicial] que le entregaran la solicitud por escrito, pero lo obligaron, le dijeron que era “una orden de arriba”. Así que éste nos envió un recado que en la noche iban a sacarnos para asesinarnos.

[Sin embargo,] los presos estaban a favor de nosotros, [pues] les había dado recetas y los atendía, [así que] los convoqué en la tarde. Eran setenta personas y les informé que iban por nosotros y que era ilegal. Les dije que los íbamos a esperar con los palos de las sillas y me dijeron: “no doctor, si a usted le van a hacer algo, nosotros nos ponemos enfrente. Que nos maten primero”. A las 21 horas llegó la policía y hablaron con megáfono pidiendo que saliéramos. El Mayor de la cárcel les dijo que no podíamos salir porque estábamos enfermos. Los policías se metieron, quisieron empujar la puerta, [pero] como nos vieron armados se fueron, [sino] hubiera sido una masacre.

A los tres días sacaron una noticia de Genaro Vázquez en la televisión [en] donde pedía la libertad de los presos políticos. El secuestro del rector estuvo encaminado a nuestra liberación. Fue entonces que los mandos policíacos me entrevistaron: ¿Dónde quiere irse? [refiriéndose] a otro país.

- Yo en este día no salgo de aquí, les dije.

- No es para hoy, tiene 72 horas para decidir. Ya conocen a Genaro, sino salen ejecutarán al rector.

Entre nosotros, los de la guerrilla de Genaro, nos pusimos de acuerdo y decidimos salir a Cuba. Hice una carta a mi esposa y otra a mi madre [contándoles] que nos sacaban de la cárcel. Ese día nos llevaron de Chilpancingo al Campo Militar de la Ciudad de México. Nos condujeron a las celdas, y no a los separos. Nos llevaron en un autobús del ADO. A través de las noticias de un radio nos enteramos de la persecución contra Genaro y la guerrilla.

 

El exilio en La Habana: libertad limitada

Al otro día nos dieron el desayuno a las 5 de la madrugada, solo café y pan. Nos llevaron a un avión militar que nos condujo al aeropuerto. Estaba rodeado de soldados tanto en los pasillos como en el estacionamiento y en [los] andenes. Estaban esperando un avión tetramotor del Ejército. Nazar Haro, por parte del gobierno, y el embajador de Cuba quien había aceptado el asilo fueron la comitiva de despedida.

Llegando a La Habana empezó otra aventura. Fue diferente el trato que nos dieron. A cada quien nos daban 50 pesos cubanos para nuestros gastos. Pero cuando llegaron los de la segunda camada de exiliados, no les dieron nada así que nos solidarizamos con ellos rechazando la ayuda, y después no nos dieron nada.

El primer grupo que llegó a Cuba era de la gente de Genaro [y se] agrupada en la ACNR [Asociación Cívica Nacional Revolucionaria], después se dividió en dos. Tres de ocho [formamos uno de los grupos]: Conchita Solís, Florentino Jaimes y yo. Los demás no estuvieron de acuerdo, querían vivir su vida tranquila. Después, llegó el grupo de Francisco Uranga del Frente Urbano Zapatista que secuestraron al cónsul de Estados Unidos y que pudieron salir de la cárcel, así como integrantes del Movimiento Armado Revolucionario (MAR) y de los Comandos Armados del Pueblo (CAP).

La llegada a Cuba fue bonita. Nos hicieron un examen médico y nos vacunaron. Nos dieron una bienvenida con daiquirí. Nos llevaron al hotel Riviera, de cinco estrellas, ahí estuvimos 20 días; comíamos y bebíamos lo que queríamos.

En esos días [en Cuba] hubo una competencia internacional de béisbol entre México, Estados Unidos y otros [países]. El responsable de la atención con el grupo de mexicanos [exiliados] nos invitó al juego Cuba-México; solo fuimos dos: Mario Menéndez y yo. Nos dieron un palco especial con lo mejor bebida y comida.

En diciembre nos llevaron de paseo a la ciudad La Trinidad, al mejor hotel. Dicen que desde ahí partió Hernán Cortés para el territorio de México. Luego nos llevaron a Santa Clara donde pasamos el fin de año y el inicio de 1972. Había un trío, me animé y me puse a cantar “amada navidad”. Me sentía libre. En Cuba pudimos sentirnos libres.

En Santa Clara nos pusieron en un estrado en el homenaje al Ché Guevara. Visitamos Santiago y cantamos canciones mexicanas. Nos trataron a cuerpo de rey. Hasta sacaron la vajilla especial.

Nuestra impresión de esos meses fue muy buena. Sabíamos que el gobierno mexicano tenía restringido a los cubanos, pero hubo un cambio diplomático porque tenían miedo de que nos entrenaran para la guerrilla. Mientras el gobierno mexicano se acercaba al cubano, éstos se alejaban de nosotros, sentimos una cerrazón.

Nos unimos al grupo de Lucio Cabañas: Modesto Trujillo, los hermanos Gámiz y Armando Carrillo del MAR. En grupo, pedimos entrenamiento militar al gobierno cubano, les planteamos que nos entrenaran para la guerra. Los mexicanos presos políticos formamos un grupo que insistió constantemente. Yo me puse a la cabeza pidiendo a los responsables de Cuba que deberíamos seguir lo que dijo el Che Guevara: “hacer uno y otro Vietnam”. Fuimos a hablar con el cónsul de Corea, pero no nos hicieron caso. Se hizo tensa la relación con los responsables de migración cubana.

Mientras eso se tramitaba, nos pusimos a trabajar en albañilería y en corte de caña. Nos fuimos integrando a la vida del pueblo cubano.

Hicimos trabajo voluntario [pues] en Cuba [pues] no éramos asalariados. La brigada donde trabajamos era del Instituto Cubano de Amistad con los Pueblos (ICAP); con ellos colaboramos en la construcción de un edificio. En ese trabajo obtuvimos el primer lugar, y en premio nos llevaron a cenar al centro nocturno Tropicana.

También fuimos al corte de caña con la gente del ICAP –una brigada formada con trabajadores del instituto– [a] un campamento que duró quince días en las afueras de La Habana. Ahí ya estuvo el grupo de Lucio Cabañas. Trabajamos en equipo, estudiábamos y hacíamos ejercicio.

Estudiábamos política, marxismo-leninismo, [aunque] esto era por nuestra cuenta. Teníamos todo el tiempo libre, el gobierno cubano no nos obligó a nada. A los tres de nuestro grupo nos llevaron a vivir al hotel Colina, y a los de Lucio a otro hotel.

[Debido a que] el gobierno cubano no nos dio respuesta a la petición de entrenamiento, Florentino Jaimes conoció a un piloto aviador que les dijo que había conseguido el permiso para entrenarnos. El piloto le dio a Florentino una clave que había usado un agente de la CIA que trabajaba para el gobierno de Luis Echeverría. El piloto lo había sacado [de Cuba] y regresado a México. Nosotros para que no nos involucraran, metimos la clave en el respaldo de una camisa [que] puse junto a mis otras camisas.

A los ocho días, estábamos durmiendo, cuando tocaron la puerta y entraron los de la policía de la seguridad cubana. Nos registraron, pistola en mano; dijeron: “No se muevan” y empezaron a buscar entre libros y papeles. También registraron la ropa, pero no vieron nada y se fueron. No encontraron la clave. Corrimos el riesgo de ser detenidos.

Los agentes me dijeron: “Ustedes nos tienen que acompañar” y me llevaron a una cárcel de seguridad en Cuba. La puerta se abría desde dentro. Me metieron a una oficina. Ahí estuve hasta las 14 horas, y de ahí me sacaron a interrogar por un teniente de la seguridad del Estado. Me dijo dónde había estudiado y trabajado, tratando de conocer mi clase social.

Yo había enviado una carta a mi mamá [en la que] le dije que calentara [el papel] porque había escrito con letra invisible, y ellos la descubrieron.
Me preguntaron:

- ¿Usted tiene comunicación con México?

- Sí, con mi familia.

- ¿Usted ha enviado cartas con letras invisibles?

[El teniente] sacó una carta del escritorio y [me] dijo: “Eso es un delito, hacer lo que hizo”.

-Cuando yo me metí en esto, pensé que me podría pasar cualquier cosa, hasta la muerte.

-Aquí estamos en un país revolucionario. Imaginé que si esa carta llega al gobierno mexicano, traería problemas a nuestro gobierno y país. Así que yo le aconsejo que no vuelva hacer eso.

-Mi obligación era ponerme en contacto con los revolucionarios mexicanos. Aún estaba en la Sierra Lucio Cabaña. Ustedes tienen la obligación de detectarme, así que hagan su trabajo y yo el mío.

 

Me regresaron a la oficina y a las 12 de la noche me regresaron al hotel en donde vivía. Ya nunca volvimos a insistir en el entrenamiento. Seguimos en el mismo grupo, pero también hubo diferencias inclusive expulsaron a Mario Carrillo del MAR por cuestiones de indisciplina personal.

Cuando mataron a Genaro en 1972 cada uno agarró por donde quería. El gobierno cubano tenía que alinearse con la política de la URSS de la convivencia pacífica. A la gente de México nos recomendaron que nos uniéramos a un partido político, pero yo no hice caso, siempre he sido enemigo de pertenecer a algún partido. Para entonces supimos del asesinato de Lucio Cabañas en diciembre de 1974.

Al no acatar las líneas de las políticas cubanas me empezaron a cargar la mano; así como a todos los que no siguieron esa línea. Por ejemplo, cuando Luis Echeverría visitó Cuba en 1975, a los mexicanos [exiliados en Cuba] nos sacaron de La Habana en dos grupos.

En ese momento ya había dos grupos [de mexicanos exiliados] bien definidos: uno que estaba de acuerdo con la política cubana, con Fidel Castro, y que se afiliaron al Partido Comunista [Cubano] (PCC), y el otro, que estaba en desacuerdo con la política cubana

 A este grupo me uní [e incluso] era su representante, [por lo que] siempre hablaba con las autoridades. Éramos reactivos, íbamos en contra de la autoridad.

[Al otro grupo] los llevaron de paseo a un centro vacacional, [y a nosotros] nos llevaron a la playa Caibarien. [Después] nos detuvieron porque se enteraron que queríamos protestar [porque] no nos dejaron subir a una montaña.

Llegaron los guardias [cubanos] y nos detuvieron a 20 personas durante dos semanas. [También] llegó personal de migración de Cuba y nos preguntaron: “¿Qué les hemos hecho?” Y respondí: “¿Qué les hemos hecho a ustedes?”. Dijeron que había sido por nuestra seguridad. “Nosotros los hemos tratado bien a todos, hasta a quienes disienten de nosotros no los torturamos. Ya no vuelvan a retar a los soldados, pórtense bien”. Cantamos la canción “cárcel de Cananea” parodiando lo que pasábamos. [Luego] hicimos una reunión [y les avisamos] “que íbamos a hacer una huelga de hambre”. En la noche tampoco comimos. Esa noche nos regresaron a La Habana. Desde ese día me reforcé como líder de los rebeldes.

Las diferencias de [quienes] venimos de la ACNR [con] el otro grupo no era de tipo político, sino de convivencia, [pues] se portaron con malas actitudes. No lavaban los platos ni la ropa. Concepción Solís en ocasiones les lavaba la ropa, pero se llegó a un límite por su indisciplina y hubo conatos de pelea, [por lo que] pedimos que nos cambiaran de lugar.

[Eventualmente] renuncié al grupo y a partir de entonces yo me manejé solo. Cuando se dio el aperturismo y el gobierno mexicano nos dio la amnistía, todos esperaban a ver que sucedía [pues] estaban dando una carta de tránsito para regresar a México. Fui a la Embajada mexicana [y] el embajador me dijo que no había problema. Le pedí un pasaporte mexicano y le dije que no pensaba regresar a México. Le dije que ése era mi derecho y haría lo que quisiera. El embajador me dijo que me daba el pasaporte siempre y cuando presentara los documentos.

Pedí a mi familia que me enviaran acta de nacimiento y cartilla; cuando llegaron regresé a la embajada y me extendieron el pasaporte. Mientras mis compañeros tuvieron ilusiones de regresar a México, yo pedí mi pasaporte para viajar a la República Popular del Congo en 1976, pero estuve poco tiempo. Ya que no fue aceptada mi visa, [así que] tuve que retornar a La Habana y solicité al gobierno cubano mi regreso a México. En migración me la hicieron cansada. Tenían que darme el vuelo de regreso. [Pero] intervino Florentino Jaimes y ya me dieron la autorización de salida.

En Cuba nos trataron relativamente bien, nos dieron casa, comida y cincuenta pesos. A los que llegaron después no les dieron dinero. En solidaridad renunciamos al apoyo económico. Un compañero me enseñó a hacer pulseras de chaquira que las vendía al turismo y tenía dinero para libros e ir al cine. El gobierno cubano nos dio todo para no morir de hambre. Algunos aprovechamos las oportunidades. Hice un curso de cirugía y ortopedia en el Hospital Nacional de La Habana. Iba yo sin la ropa adecuada, iba a las clases mal vestido, [así que] hacía trámites para que me dieran grasa para los zapatos.

En particular admiro a Fidel Castro y al Che Guevara. Estuvimos en Cuba y tuvimos muchos problemas, pero fue por el bien de Cuba. No nos dieron entrenamiento militar, yo los justifico ahora. Admiro la Revolución cubana, estoy de acuerdo que las carencias sociales son debido al bloqueo de Estados Unidos. No tuvimos ninguna diferencia ideológica. Ellos defienden su Revolución, nosotros la nuestra.

 

El regreso a México: la difícil adaptación

Fue en marzo de 1979 cuando llegué al aeropuerto, traía mis cosas y llevaba veinte pesos. A lo único a lo que me dediqué en los siguientes meses fue a preparar mi examen profesional en la Escuela Superior de Medicina del IPN, y fue hasta septiembre de ese año que me titulé.

Vi al país completamente diferente. [Cuando me fui] una torta valía un peso, [y] cuando regresé costaba tres. Era sorprendente el cambio de precios. No tuve problemas de incorporarme a lo laboral ya que cuando me fui había dejado una clínica para hacer cirugía general. Dejé que terminara el contrato con la persona que lo alquilaba. Tardó el medico medio año en entregarme el sanatorio.

Cuando empecé a laborar [en el consultorio] inmediatamente los vecinos me reconocieron y al otro día llegaron los pacientes. Yo no padecí por encontrar trabajo.

En lo político vi que se estancó el movimiento social. Habían acabado a la Liga 23 de septiembre y todos los grupos rebeldes. [Así que] me dediqué a trabajar. Nunca me interesé en ingresar a ningún partido. Me fueron a ofrecer la diputación por parte del Partido Popular Mexicano (PPM), cuyo líder era Alejandro Gascón, pero no acepté.

Luis Echeverría había aceptado partidos de izquierda para quitar fuerza a la guerrilla cuya demanda era que hubiera democracia en México. La verdad no existía [democracia], pero fue el principio del cambio.

Con los años tuve problema con mi esposa e hijos. La ausencia fue fuerte. Llegué y ya no fue lo mismo. Mi mujer vendía ropa en abonos y después ya no quería dejar su trabajo. En los ratos libres no convivíamos. Entonces encontré a mi segunda esposa y ahí se dio el rompimiento.

En el Distrito Federal había mucha delincuencia y eso me obligó a salir de la ciudad. Una banda delincuencial asaltó mi sanatorio, me amarraron, me golpearon la cabeza y buscaron el dinero. Con las manos atadas pude echar llave a la cerradura, los ladrones se fueron pensando que había llamado a la policía.

Con mi segunda esposa, Bernardina Alemán, decidimos salir de la ciudad. Nos fuimos a Tabasco, ahí conseguí una plaza en el centro de salud de un pequeño pueblo, Olcuatitán. Duré dos meses porque el sueldo era muy bajo; la enfermera ganaba más que yo.

La hermana de mi esposa tenía amistad con gente del sindicato petrolero fue así como llegué a Naranjos, Veracruz. Me dieron un trabajo eventual de médico en Potrero de Llano. Cuando se cumplió el contrato me dijeron ahora tiene que hacer “militancia”: era trabajo voluntario en la tienda sindical. Ya no regresé a PEMEX, me dediqué a trabajar por mi cuenta. Por suerte una persona quería poner una farmacia en Tamalin. Con los meses ahí construí mi casa y fabriqué con mis propias manos el mobiliario y puertas. Todo eso fue en 1987. Desde ese año fui generando prestigio para consultas, y recorrí pueblos de los alrededores para tener clientela.

Cuando estuve en Cuba me empezó a dar diabetes, me di cuenta porque fui a visitar amigos donde una señora se hizo la prueba y también me la apliqué, pero no le di importancia. Cuando llegué a México empecé a tener síntomas delicados y me empecé a medicinar. Llevo 25 años aplicándome insulina.

Pienso ahora en la lucha armada. En su momento fue necesaria porque no había libertades, se combatía a sangre y fuego, y en ese momento sólo era importante tomar las armas como camino. Nuestro movimiento en algo contribuyó a que cambiarán las cosas. Luis Echeverría fue forzado a hacer cambios, así abrió el panorama para nuevos partidos. Se fueron dando cambios.

 La llegada de Andrés Manuel López Obrador a la presidencia de la República en 2018, fue porque se respetó el voto de las mayorías. En 1988, ya estaba yo aquí, y fue un fraude con Salinas de Gortari y en 2006 López Obrador ganó y no se le reconoció, hicieron que perdiera.

Si la gente ve que hay beneficios, la izquierda tiene futuro.

 

A manera de conclusión

Los movimientos sociales de las décadas de 1960 y 1970 impulsaron la lenta transición política, pues forzaron a las estructuras del régimen político a tomar medidas de apertura democrática. Hicieron evidentes la decadencia y el agotamiento del viejo sistema político mexicano, precipitando su transformación.

La organización y movilización social de aquellas décadas buscó producir cambios y fomentar libertades civiles frente a la rigidez de las estructuras estatales. Pero también tuvieron un alto costo para las personas que decidieron enfrentarse al Estado. Cuando éste se sintió desafiando, respondió movilizando toda su maquinaria legal, policiaca, militar e inclusive extralegal con fue el uso de cuerpos paramilitares en acciones que violaron sistemáticamente los derechos humanos. En suma, estas fuerzas conformaron la llamada Guerra sucia.

En Guerrero, el primer movimiento armado fue el de Genaro Vázquez Rojas producto del agotamiento y el cierre de canales de participación política. La arena política era caracterizada por el caciquismo y el autoritarismo, así como por la carencia de opciones partidarias. De allí que la vía armada resultó ser una salida digna frente a una hegemonía opresiva. Por esta misma razón, logró la simpatía de diversos sectores de la sociedad mexicana.

Las y los rebeldes apostaron por un cambio político incierto de las estructuras del Estado. En este movimiento también se involucraron activistas, amigos y familiares de guerrilleros que creyeron en transformar la realidad. Lo hicieron con la determinación que en esa lucha se jugaban su libertad, patrimonio e inclusive su integridad. Muchos fueron secuestrados, desaparecidos y ejecutados. Algunos de ellos tuvieron que abandonar el país a través del exilio, y enfrentar condiciones adversas en otro país.

Es así como el testimonio de Rafael Olea Castañeyra adquiere una dimensión imprescindible en la reconstrucción de la memoria histórica de los llamados “movimientos sociales del pasado”. Este testimonio sirve para reconstruir a modo de “cedacería” algunos hilos de narración de lo que fue la violencia del Estado mexicano frente a los adversarios políticos del sistema, y cómo el Estado usó la barbarie contra los ciudadanos que pensaban diferente. También sirva este testimonio para generar conciencia social acerca de que el Estado debe romper con las prácticas violatorias a los derechos humanos, y generar, en conjunto con la sociedad, políticas públicas y medidas firmes de no repetición de estas formas de barbarie, así como de medidas de reparación del daño. Una de ellas es fomentar la memoria histórica (individual y colectiva) acerca de ese pasado represivo en el país y resaltar que los ciudadanos son parte creativa de la confección y proyección de la memoria colectiva de un país.

 

Notas:

[1] Profesor investigador de la Academia de Ciencia Política de la UACM. Cuenta con estudios de doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad de Guadalajara y CIESAS, y realizó un post-doctorado en América Latina Contemporánea en el Instituto Ortega y Gasset de la Universidad Complutense de Madrid. Su actual línea de investigación es “procesos políticos contemporáneos y reforma del Estado”.

[2] Véase: https://biblioteca.archivosdelarepresion.org/item/34885#?c=&m=&s=&cv=

 

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Cómo citar este artículo:

VARGAS GONZÁLEZ, Pablo, (2022) “Una voz de la guerrilla de Genaro Vázquez. Memoria histórica de Rafael Olea Castaneyra, el “doctor Roca””, Pacarina del Sur [En línea], año 14, núm. 49, julio-diciembre, 2022. ISSN: 2007-2309.

Consultado el Miércoles, 19 de Junio de 2024.

Disponible en Internet: www.pacarinadelsur.com/index.php?option=com_content&view=article&id=2077&catid=5