Juan Manuel de Rosas gobernó la provincia de Buenos Aires durante 23 años (1829-1832 y 1835-1852), ejerció de hecho la representación exterior de la Confederación Argentina y mantuvo una larga guerra diplomática y militar contra Francia, Inglaterra, Uruguay y los unitarios. Fue, al mismo tiempo, el organizador del orden federal, el arquitecto de la soberanía territorial argentina y el ejecutor de la Mazorca. Sigue siendo la figura más disputada de la historiografía rioplatense, con dos bibliotecas enteras contradictorias.
El estanciero del sur
Nació el 30 de marzo de 1793 en Buenos Aires, en una familia criolla adinerada. A los dieciséis años rompió con su madre por desacuerdos económicos y partió a administrar estancias del sur bonaerense. Durante los siguientes veinte años aprendió el oficio gaucho, la política de frontera y la economía ganadera en la que se basaba la provincia: trabajaba a caballo, comía carne asada, hablaba el español rural. Era la élite de Buenos Aires vista desde la pampa.
Sus estancias —»Los Cerrillos», «San Martín»— se volvieron modelos productivos. Rosas era, a los treinta años, uno de los mayores terratenientes del Río de la Plata, con vínculos diplomáticos con los caciques indígenas de la frontera que le permitían comerciar ganado sin malones.
Primer gobierno y «la suma del poder público»
Tras el asesinato del federal Manuel Dorrego en 1828, Rosas asumió el gobierno de la provincia de Buenos Aires en 1829 con amplios poderes extraordinarios. Su primer mandato (1829-1832) restauró el orden económico y firmó el Pacto Federal de 1831, estructura que mantendría unida a la Confederación durante dos décadas.
En 1835, tras el asesinato de Facundo Quiroga, la Legislatura bonaerense le otorgó una fórmula jurídica inédita: la «suma del poder público», que concentraba los tres poderes en sus manos. Rosas aceptó tras someter la decisión a plebiscito: 9.316 votos a favor, 7 en contra.
La Mazorca y el orden federal
El segundo gobierno (1835-1852) mantuvo un régimen dual: por un lado, modernización administrativa, disciplina fiscal, defensa del territorio contra bloqueos anglo-franceses (1845-1850) que Rosas derrotó diplomáticamente —la Vuelta de Obligado contra las escuadras de Francia e Inglaterra el 20 de noviembre de 1845 es todavía efeméride nacional—; por otro, persecución política sistemática a los opositores «unitarios» a través de la Sociedad Popular Restauradora y su brazo parapolicial conocido como «La Mazorca». Cientos de asesinatos políticos, exilios masivos a Montevideo y Chile (entre los exiliados estaban Sarmiento, Alberdi, Echeverría, Mármol), censura, uso obligatorio de divisa punzó.
La campaña al desierto de 1833-1834 —antecedente lejano de la de Roca— pacificó la frontera sur con una combinación de pactos con caciques aliados y represalia contra los resistentes. Rosas siempre prefirió negociar con los mapuches cuando era posible.
Caseros y el destierro
En 1851 Justo José de Urquiza, su aliado entrerriano, se pronunció contra él. El 3 de febrero de 1852, en la batalla de Caseros, el ejército de Urquiza, aliado con Brasil y Uruguay, derrotó al ejército federal. Rosas firmó su renuncia en el campo de batalla, huyó a Buenos Aires, se refugió en la residencia del cónsul británico Robert Gore y embarcó rumbo a Inglaterra.
Pasó sus últimos 25 años en la granja de Burgess Street, en Southampton. Cultivaba la tierra con sus propias manos. Se mantuvo con el producto de los alquileres de las pocas propiedades que le quedaban en Buenos Aires. Murió el 14 de marzo de 1877, pobre pero rodeado de sus colaboradores fieles.
La disputa historiográfica
Durante cien años Rosas fue la figura negra de la historia oficial argentina. La Historia de Belgrano de Mitre y la Historia de la Nación de Levene lo presentaban como dictador sanguinario, negación del proyecto civilizatorio. A partir de los años treinta del siglo XX, los revisionistas —José María Rosa, Arturo Jauretche, los hermanos Irazusta— lo revalorizaron como defensor de la soberanía nacional frente al imperialismo británico.
En 1989, Menem repatrió sus restos. Desde entonces reposa en el cementerio de la Recoleta junto a Belgrano y San Martín —un gesto político deliberado de reconciliación histórica. La Argentina contemporánea sigue dividida sobre su figura: héroe o verdugo. Probablemente ambos.



